Amor en tiempos de elecciones
Quienes hayan leído mi anterior entrada –titulada "Buenos propósitos para el 2023"– saben que empecé este año exponiendo a los cuatro vientos mis deseos más importantes. Puse: "[...] quiero encontrar una esposa [...] Empiezo el 2023, entonces, declarando bien en firme mis sueños, los que ya he mencionado: llegar a ser un escritor famoso y formar una nueva familia". Y mi estrategia, cuya lógica explico en la misma entrada, se resumía en esta frase: "en cuanto a lo de mi nueva familia, algo me dice que empiece por desarrollar un pequeño hábito cotidiano: el de detectar el miedo en cada uno de mis pasos y hacer justo aquello que desencadena ese miedo". Pues bien, habiendo pasado ya casi diez meses de aquello y poniéndonos a sacar cuentas, resulta que el saldo es muy positivo: ¡el hábito cotidiano de detectar el miedo propio realmente funciona!
Para recordar siempre mi propia estrategia, durante este año he repetido un mantra en ostinato: "Tengo miedo de hacerlo; por tanto, lo haré". Es una frase que llevé conmigo todo el tiempo como descripción personal en el WhatsApp, y que me repetí cada vez que olfateaba mi propio miedo, cosa para la cual me volví profesionalmente fino y perceptivo.
Un ejemplo concreto. A comienzos del año yo depositaba la pensión alimenticia de mi hija en una cooperativa de ahorro y crédito cercana a mi trabajo, y en esa agencia llegó a trabajar una chica cuya apariencia me cautivó de inmediato. Enseguida deseé acercarme y provocar un encuentro, pero supe de inmediato que aquel afán era ridículo: de seguro ella era unos veinte años menor a mí, su belleza estaba por encima de mis posibilidades, mi horario de trabajo haría imposible que yo pudiera verla al final de su jornada, etcétera, etcétera. Sin embargo, gracias a mi olfato ahora fino y perceptivo, pronto detecté que debajo de todos esos argumentos válidos, sosteniéndolos, estaba simplemente el miedo.
En efecto, ahí estaba, agazapado: era un miedo terrible y atroz al rechazo y al ridículo, bien disfrazado de razones y solemnidad. Así que me dije: "tengo miedo de hacerlo; por tanto, lo haré".
Detectar el miedo propio tiene una ventaja poderosa: te quedas tan expuesto, tan desnudo, que es imposible no moverse. Hay un dedo acusador apuntándote todo el tiempo, y una voz inevitable susurrándote al oído: "cobarde... cobarde... ¿eso quieres ser?". Entonces no te queda más remedio que buscar estrategias, imaginar soluciones, concebir jugadas que te permitan de alguna manera dirigirte a la chica bonita que atiende en una de las cajas de la cooperativa donde pagas la pensión alimenticia. Y entonces tu cerebro, empujado al abismo, se pone a maquinar, dinámico, febril, vivo: "¿qué tal si la próxima vez que vayas a depositar la pensión alimenticia, junto a la papeleta de depósito le pasas una papeleta extra con una nota de admiración invitándole a salir?". La idea te divierte y te aterroriza, pero no tienes escape, sabes que lo harás, porque no quieres ser un cobarde frente a tu propia conciencia. En efecto, luego de varios días de acercamientos deliberados a la agencia, en los cuales estudias las rutinas de las cajeras, la disposición de las cámaras, los movimientos del guardia, un día te sientes listo y te acercas con tu papeleta doble, con el corazón latiendo a mil pero lleno de determinación y coraje.
Bueno, lamento si les decepciono con el desenlace: la cajera de la cooperativa me rechazó de inmediato. Dolió, por supuesto, aunque me quedé con dos satisfacciones: la de haberme atrevido y la de haber experimentado, por primera vez, la adrenalina salvaje que debe sentir un asaltante de bancos. Ah, y la certeza de que, en efecto, ese era el camino.
No contaré mis otros fracasos –que los hubo– igualmente excitantes, dolorosos y satisfactorios. Pasemos directo a uno de los casos de éxito: mi flamante relación con Alejandra.
Ella es mi compañera de trabajo, hemos sido amigos y confidentes durante un par de años, y acabamos de cumplir dos meses de relación, recientemente. Una relación sorprendentemente bonita y llena de promesas de futuro; pero con un pequeño gran problema: ella es de derecha y yo de izquierda; ella piensa, siente y vive a la derecha y yo a la izquierda; ella votará hoy (estoy terminando de escribir esto en el día de las elecciones presidenciales anticipadas) por Daniel Noboa, a la derecha, y yo por Luisa González, la de la izquierda.
¿Es en realidad ese un gran problema? Cuando estuve en Venezuela, en el 2006, me contaron de parejas de años que se habían divorciado porque uno se había vuelto chavista y la otra anti, o viceversa; y acá he escuchado a gente de izquierda decir que jamás estaría con alguien de derecha, especialmente si se hallan en los polos opuestos de la dicotomía correísta-no correísta. Así que parece que sí, es un gran problema.
Quisiera ahora declarar algo en este escrito, con toda solemnidad: con Alejandra quiero cumplir mis buenos propósitos de año nuevo. Siento que estoy a un paso de ese sueño de familia, de hogar, tan largamente acariciado, con ella. Porque, a pesar de su derechismo, Alejandra parece ser una buena mujer, inteligente, sensible, solidaria, abierta, sencilla, chévere.
Tan chévere es Alejandra que fue conmigo al concierto de Cantos de Libertad, al que quise ir yo para ver a mis ídolos, los Inti Illimani, cuya música puede conmoverme hasta el escalofrío. Y es tan chévere ella que cantó conmigo, a todo pulmón, aquello de "el pueblo, unido, jamás será vencido", que coreamos un poco de locos para motivar a que ellos la canten (cosa que nunca hicieron).
Una mujer de derecha que canta una canción de izquierda: quizás eso sea el verdadero amor. Demás está decir que, en correspondencia, yo cantaría gustoso una canción de derecha, por ella. Un momento... ¿qué es una "canción de derecha"? ¿Alguien me puede dar un ejemplo? Yo puedo citar varios nombres de clásicos de izquierda, aparte de la ya referida: Playa Girón, Samba Landó, La Muralla, Solo le pido a Dios, Yo te nombro libertad; Por qué no se van, Muevan las Industrias o El baile de los que sobran, de Los Prisioneros; Matador, de los Fabulosos Cadillacs; u otras más modernas, como Latinoamérica, de Calle 13, y This is not America, de Residente; entre muchas, muchísimas otras. ¿Y tú, ya pensaste un ejemplo de canción de derecha?
Desde los tiempos de la Inquisición y las grandes pestes, la Humanidad ha aprendido que los demonios se conjuran mejor con conocimiento. Por eso, creo que vale la pena alumbrar un poco este oscuro tema de la política, que tiene el potencial de destruir mi relación con Alejita y el país entero. Comenzando por el comienzo: la izquierda y la derecha, como denominaciones políticas, se originaron en Francia, en la Asamblea Nacional instalada en plena explosión de la Revolución Francesa, allá en 1789. Un grupo de asambleístas se sentaba a la izquierda del presidente, el otro a la derecha; a la izquierda iban los representantes del tercer estado, que estaban hartos y querían que las cosas cambien, mientras a la derecha se sentaban los del primer y segundo estado –los aristócratas y los clérigos–, que hubieran preferido que todo quede igual, gracias. Creo que eso ya lo sabíamos, ¿cierto?, de nuestras clases de historia en el cole.
Ahora, aparte de las diferencias entre zurdos y diestros allá en los graderíos de la Asamblea Nacional francesa, ¿qué otras discrepancias pueden amenazar nuestra convivencia pacífica y armoniosa? Para buscar respuestas, yo suelo recurrir a un pequeño experimento mental: imagina que estás con tu pareja en un restaurant refinado y elegante. Hay suave música de fondo, el clima es agradable, la comida y el vino son exquisitos, el momento es mágico y te hace sentir que es bueno estar vivo. De pronto, un elemento discordante irrumpe grotescamente en esta escena: un niño con apariencia miserable aparece afuera del restaurante y te mira con su cara sucia pegada al cristal de la ventana. Es evidente que tiene hambre y frío. Está solo. Debe tener la misma edad que tu hija, que en este momento está durmiendo plácidamente en el calor de tu casa. La pregunta es: ¿qué haces en esta situación?
Existen varias posibilidades de respuesta. Hay quienes llaman al mesero y le piden, molestos, que saque al niño de ahí; los que piden simplemente que bajen las cortinas para no verlo; quienes creen en la reencarnación y el karma y piensan por tanto que la situación del niño es justa; quienes piensan que el pobre es pobre porque quiere; quienes no están de acuerdo y elevan su voz contra las desigualdades del mundo, pero no hacen nada; están los que salen y le regalan una moneda o algo de su comida; incluso podría haber alguien que en ese momento decida adoptar al niño y dedicar su vida a cuidarlo, o crear una fundación para ayudar a chicos como él.
Para mí, la respuesta a la pregunta de ¿qué haces en esta situación? es más importante que ¿por quién vas a votar en las elecciones de presidente? Nuestra actitud ante el problema de la desigualdad es una de las cosas que más nos define como personas y como sujetos políticos; porque es el problema que está en el corazón mismo de muchos problemas de la sociedad.
Para poder hablar de la desigualdad, permítanme primero explicar el concepto matemático de la distribución de probabilidad. Para ello, imagina una larga hilera de cajeros, como los de un banco. Llega la gente (hombres, adultos) y les pedimos que hagan fila en las cajas, donde se les va a regalar alguna cosa. Y digamos que, para facilitar la atención, hemos organizado el asunto distribuyendo a las personas según su estatura. En la primera caja irán los individuos cuya estatura esté entre 120 y 125 cm; en la siguiente, la que esté entre 125 y 130 cm; y así sucesivamente hasta la caja en las que irán las personas que están entre los 195 cm y los 2 m de estatura. Pregunta: si tomamos una foto de las cajas y las colas desde arriba, usando un dron, ¿qué figura veremos?
Dice Google que la estatura promedio de un hombre ecuatoriano es 164 cm. Eso quiere decir que la fila de la caja designada al rango de estatura entre 160 y 165 cm será la más larga. También habrá mucha gente (pero un poco menos) en las cajas 155-160 y 165-170; y así sucesivamente: mientras más nos alejemos de la caja central, tanto a la izquierda como a la derecha, menos gente encontraremos en las colas. La figura que se forma (y que veríamos en la foto tomada por el dron) es una especie de campana cuya cima está la caja de los 164 cm, una figura que recibe el nombre de "campana de Gauss".
La campana de Gauss está directamente relacionada con la probabilidad. Por ejemplo, la probabilidad de que una persona caiga en la ventanilla 120-125 es muy baja, mucho más baja que, digamos, la probabilidad de que caiga en la ventanilla 155-160. Al momento de ser concebidos por nuestros padres, todos jugamos en esta especie de lotería de estaturas. La mayoría cae en el rango 160-165, habemos muchos que caemos en la 165-170, muy poquitos los que van a la caja 195-200, y así sucesivamente. No toda posibilidad tiene la misma probabilidad de ocurrencia, existe una distribución de probabilidad (con su fórmula matemática y todo) que rige este juego.
Ahora, cambiemos un poco el experimento. Distribuyamos a la gente no por su estatura, sino por sus bienes materiales y/o sus ingresos mensuales. ¿Veríamos una campana de Gauss en la foto tomada por el dron? No. Al menos en Latinoamética, lo que veríamos es que hay muchísima gente en las ventanillas de ingresos más bajos, y que esa cantidad rápidamente decrece conforme nos movemos a las cajas de ingresos más y más altos. No es una campana: es una especie de tachuela, con una cabeza amplia y un cuerpo delgadito y que termina en punta. La punta corresponde, por supuesto, a las ventanillas de los millonarios, donde hay muy poca gente en la fila.
Recuerdo haber leído alguna vez una frase de Juan Montalvo (no me acuerdo en qué libro), en la que expresaba que es de maravillarse que tanta gente pobre sea dominada por tan pocos ciudadanos ricos. ¡Y eso que seguramente él no tenía los datos estadísticos que ahora tenemos, él no sabía lo de la tachuela! Pero sí, esa frase de Montalvo me puso siempre a pensar: es increíble que un monstruo tan gigante estadísticamente sea masacrado por un enano tan chiquito. ¡Increíble! Como en la imagen que me provoca la frase de El Mayor, de Silvio Rodríguez: "trotar sobre la espuma / seguido por un mar / de negros en machete / y sin encadenar".
Debería ser una cosa de la cual preocuparse, para una persona que viva en la punta de la tachuela: ¿y si algún día el gigante despierta? Pero no lo es, porque el mundo se ha planificado, desde el comienzo de los tiempos, de manera que la gente que vive en la cabeza de la tachuela se mantenga contenta de vivir ahí. En la novela futurista distópica Un Mundo Feliz (Brave New World), de Aldous Huxley, la sociedad ha encontrado un estado de tranquila modorra en el que nadie se cuestiona nada, en el que todo el mundo es feliz de ser quien es. Semejante maravillosa complacencia se debe a la ciencia, que ha desarrollado una droga llamada Soma, cuyo efecto es producir en el cerebro un estado de felicidad permanente y sin efectos secundarios. Además, los bebés (que son incubados en lugar de paridos, para evitar lazos afectivos incómodos) son sometidos durante su crecimiento a un proceso llamado "hipnopedia", en el que un parlante colocado debajo de la almohada les repite, durante el sueño, las cosas que el sistema desea que sean verdades incuestionables. Por ejemplo: "me gusta tener vestidos nuevos. Los vestidos viejos son feísimos. Nosotros siempre tiramos los vestidos viejos. Tirarlos es mejor que remendarlos".
Si recordamos que hoy en día el estadounidense promedio compra una prenda nueva cada cinco días, nuestra admiración por esta obra maestra de la literatura británica, publicada en 1932, se dispara a los cielos. El tipo era un profeta. En su novela se ha resuelto también el problema de la desigualdad: la gente está satisfecha con pertenecer a la clase social (casta) en la que le ha tocado nacer, porque eso le ha repetido su almohada noche tras noche, durante toda su infancia.
En nuestro mundo real actual, la gente de la cabeza de la tachuela se mantiene tranquila gracias a una idea que se le ha inculcado noche tras noche, día tras día, durante toda su vida: "la punta de la tachuela está ahí, accesible, todo el tiempo. ¡Nada te prohíbe la entrada a ese mundo! Si no has podido acceder a él es simplemente porque tu mente no está preparada, porque tu energía no resuena, porque no aplicas las técnicas de los millonarios o porque en realidad no lo quieres". En otras palabras: es tu culpa el no estar ahí.
En realidad, la frase de "la punta de la tachuela está ahí" no va, por la sencilla razón de que casi nadie se da cuenta que está en una tachuela, pocos saben de distribuciones de probabilidad o matemáticas, pocos miran la realidad estadística que nos somete. Si lo supieran, se darían cuenta de lo desoladoramente baja que es la probabilidad de pasar a esa punta de tachuela, y entonces dejarían de tener esperanza, ese "Soma" que nos mantiene tranquilos, sosteniendo la insostenible victoria de muy pocos sobre miles de millones.
Bueno, volviendo al tema de mi noviazgo casi flamante con Alejita: ¿han afectado nuestras diferencias políticas a la relación? ¿han sido causa de conflicto o pelea en estos dos meses? Creo que puedo darme el lujo de emitir una respuesta negativa, aunque motivos y razones no han faltado. Eso sí, siempre hemos podido manejar con precisión y amor esos momentos delicados, por lo cual nos merecemos una auto felicitación.
La primera cuasi discusión (Alejita le quitaría el "cuasi") fue cuando hablamos de la posibilidad de vivir juntos. ¿Dónde viviríamos? Como sería de esperarse, ella vive actualmente en el valle de los Chillos, tiene una preciosa casa dentro de un conjunto exclusivo, rodeada de gente de su clase. Es decir, una burbuja de esas que yo detesto. Y de entrada me dijo, con una determinación que me pareció chocante: "yo no voy a volver a Quito" (porque, de hecho, su familia empezó en Quito, en el sur para ser exactos, y apenas tuvo los recursos se movió al sector privilegiado). Para colmo, tenía un plan todavía más ambicioso: quería migrar al Canadá –tenía los recursos y las condiciones para ello–, con el objetivo ponerse a buen recaudo de la inseguridad y el subdesarrollo que nos aqueja en el Ecuador. Es decir, quería migrar a una burbuja aún más cerrada y segura, lejos, muy lejos de mi realidad.
Yo entre mí tarareaba la mencionada canción de Los Prisioneros: "por qué no se van/ no se van del país/ por qué no se van/ no se van del pai-i-ís".
Aún no llevábamos ni una semana de novios en aquel entonces, pero yo ya lo vi claro enseguida: esa relación no iba a durar nada. Porque yo, por mi parte, vivo en el sur de Quito, en el lado feo del mundo, rodeado de todo un poco, en contacto con la realidad muchas veces desagradable, y no tengo la más mínima intención de mudarme a una burbuja. Además, mi departamento es bonito y vivo cerca a mi trabajo, no tengo ninguna motivación para pasar a formar parte del tráfico y la contaminación de la ciudad, estoy contento con el tamaño de mi huella de carbono.
En este punto quiero recordar alguna conversación que tuve con el José Eduardo hace no mucho (otra vez aparece él en mi blog, por lo antiguo de nuestra amistad y lo mucho que me conoce). En esa conversación, él me hizo esta pregunta: "tú ganas XX dólares –me dijo–, pero siempre buscas estar rodeado de gente que gana mucho menos. ¿Por qué no te juntas más con gente de tu clase?". ¡Vaya pregunta interesante, siempre el José Eduardo con su puntería implacable! No me acuerdo qué le habré respondido yo, pero seguro recordé una escena que me marcó de por vida: luego de terminar la escuela (era una escuelita fiscal de barrio, tan pobre que yo era el pelucón del lugar por el simple hecho de que vivía en casa propia y mi papá tenía carro –una Datsun del 78), pasé a estudiar la secundaria en el colegio Benalcázar (donde, en cambio, yo era el pobre). Y un día, ya en mi nuevo mundo, salí con mis adinerados compañeros a dar vueltas por las instalaciones del colegio durante el recreo, instalaciones que me resultaban el colmo del lujo y la grandiosidad. Así llegamos a la puerta que daba a la avenida República del Salvador, una puerta de malla a través de la cual se realizaban las transacciones comerciales de la época. Afuera estaban los vendedores de canguil, choclomote, sánduches y otras cosas más que no recuerdo, y adentro, los ávidos adolescentes buscando nutrir su crecimiento con cualquier cosa. Y entonces, sucedió: junto a la humilde señora vestida de traje indígena que vendía sus choclomotes en un canasto, estaba un niño que había sido mi compañero en la escuela, seguramente su hijo (porque sí, mis compañeros de escuela eran hijos de albañiles, mecánicos, cerrajeros, choclomoteras...). Él me miró y yo lo miré, lo reconocí de inmediato... ¡pero no lo saludé! Rodeado de hijos de ingenieros, abogados, médicos, periodistas, a veces hasta concejales, sentí una enorme vergüenza azotando mi cara y me retiré enseguida del lugar. Estaba en otro mundo y, para ser aceptado, debía dar la espalda al que acababa de dejar atrás.
Sé que solo era un adolescente inseguro en ese entonces, pero no me siento menos miserable por ello: desprecié a uno de los míos por temor a las burlas de los chicos de aquel nuevo mundo, bonito, distante y ajeno, al que siempre traté sumisamente de agradar.
Pero claro, tampoco era "de los míos" aquel muchacho. Como he dicho, yo era el niño rico de la escuela, el mundo de ellos era casi tan distante y ajeno como el de mis nuevos compañeros. De manera que la respuesta a la pregunta del José Eduardo es compleja, empezando porque no sé bien cuál es "mi clase". Lo único que sé es que nunca jamás en la vida volvería a despreciar a una persona humilde por buscar la aceptación de quienes tienen más, y si en alguna clase tengo que inscribirme, elegiré la de abajo, por más que me acusen de falta de ambición. Y es que sí tengo ambiciones y sueños en mi vida, pero no van por ahí, simplemente.
Debe ser por esto que en aquella primera cuasi discusión con Alejandra me sentí irritado, y dejé que la ira se fermente en mi corazón para sacarla en una segunda cuasi discusión (también a esta la Alejita le quitaría el "cuasi"), en la que contraataqué con una posición también cerrada: "me dijiste que tú no volverás a vivir en Quito... Pues yo te digo que jamás viviré en el valle", le declaré.
Punto. Ahí pudo haber quedado esta relación dispar. Pero algo en nosotros, una voluntad bastante poderosa, nos ha incitado a buscar soluciones, desde ese mismo momento. Una de esas soluciones (tengo el orgullo de decir que la inventé yo) es la aplicación de la siguiente regla:
"Si en tomando una decisión conjunta, las dos partes se vieren en conflicto, ambas tratarán de acordar un punto intermedio. Si las negociaciones fueren infructuosas y no llegasen a acuerdo alguno, se procederá a decidir por el azar: una moneda será lanzada y quien gane será quien imponga su punto de vista inicial".
A ver, explico con un ejemplo: digamos que queremos establecer un presupuesto semanal para helados y la Alejita dice $7 mientras yo opino que $2. En tal caso, la regla nos invita a acordar un $4.5, que es el exacto punto medio. Pero supongamos que yo me encapricho y me mantengo en mis $2: no quiero saber nada de $4.5 y no podemos llegar a un acuerdo. Entonces, la regla nos ordena que lancemos una moneda. Supongamos ahora que ésta favorece a Alejandra; en ese caso, la regla manda que tomemos como decisión conjunta los $7 que ella propuso en un inicio. Moraleja: el que se empecina y no quiere moverse, corre el riesgo (con probabilidad p=0.5) de tragarse algo peor. La regla motiva el diálogo, la apertura y la negociación.
Dicha regla, propuesta por mí, fue aceptada por Alejita, y se encuentra por tanto en pleno rigor. Si hay algo que puedo destacar como una virtud enorme en ella, es su apertura al diálogo, su actitud humilde de eterna aprendiz (algo que trato de corresponder siempre, en igual medida). Gracias a esa actitud de apertura, aplicada al tema del lugar donde viviríamos una vida en pareja, hemos buscado el punto intermedio entre su mundo y el mío, un lugar que no sea ni Quito ni el valle, para que ninguno se sienta perjudicado en sus deseos (y hasta caprichos). Y entonces nos hemos dado cuenta de que tales lugares existen; el mundo está lleno de posibilidades, cuando nos abrimos a ellas.
Una segunda gran diferencia de criterios entre Alejandra y yo se puso de manifiesto, para mí, cuando estuve de turista en Panamá, el pasado septiembre. Había viajado allá por invitación de mi hermana Ximena, acompañando a mi mamá. Fiel a mi estilo –bastante compatible con el de mi propia madre–, planifiqué un viaje más estilo aventura que de placer. Gracias a ello, ambos nos metimos por los lugares que no figuran en los anuncios promocionales ni se encuentran en la agenda de los paquetes turísticos; por lo cual pude tomar fotos no solo de los paisajes emblemáticos:
Esta foto es la del desacuerdo. La publiqué aquel mismo día en mi estado de WhatsApp, con la expectativa de qué podría opinar precisamente ella, Alejandra. Y sí, en efecto, opinó algo: "yo no viajaría tan lejos para ver lo mismo que miro acá", escribió, palabras más, palabras menos.
Su comentario me chocó, en efecto. No hubo afinidad, ni empatía; no hubo reconocimiento ni halago a mis cualidades de reportero aficionado. Nada. Pero fue un punto de vista válido, aunque diferente a cualquiera de los que yo estaba acostumbrado a mirar. Y gracias a él, empecé a comprender mejor a mi novia derechista...
A saber: no es que ella sea indolente, egoísta, o que ignore de plano la realidad. Si ella fuera la refinada comensal del restaurante de mi experimento mental, no sería indiferente al niño hambriento parado afuera de la ventana. De hecho, le dolería profundamente esa existencia desprotegida. Pero le pediría al mesero que, por favor, cierre la cortina, para poder disfrutar de su comida; a diferencia de mí, que opinaría que esa cortina debe estar abierta, siempre. Ahora, ni el uno ni el otro estamos locos: ella desea comer en paz, yo deseo ayudar. ¿Existe algún punto intermedio, una media aritmética en la que ambos sintamos satisfechos nuestros deseos? Tal vez pedir al mesero que cierre la cortina pero que además diga al niño que espere, porque queremos ayudarlo; y luego salir y conversar con él, trazar un plan para ayudarlo, ejecutar el plan en el futuro. ¿Estaría Alejandra de acuerdo con un curso de acción así? Sí, sí lo estaría. Lo sé con seguridad, tras estos dos meses de relación. Me ha quedado muy claro que ella desea ayudar además de comer, y que yo deseo comer además de ayudar.
No sé si peque de optimista, pero creo que Alejita no es un caso aislado. Creo que todos los clientes del restaurante, a pesar de sus diferentes reacciones al problema, tienen algo en común: a todos les afecta aquella presencia desamparada afuera de la ventana. El mismo hecho de que busquen "razones" para aquella realidad (como que es producto del karma o que el pobre es pobre porque quiere), es un síntoma de aquel dolor, un mecanismo de defensa contra él. Si no les afectara, si les fuera indiferente en absoluto, no dirían nada. Solo seguirían comiendo, conversando de sus temas, riendo, felices y satisfechos, en paz, por muy abierta que estuviera la cortina.
Bueno, quizás si exista alguien así de indiferente; pero creo que sería la excepción. Cuando nuestros ancestros reptilianos evolucionaron y se volvieron mamíferos, pasaron de una estrategia de supervivencia basada en la cantidad (poner muchos huevos, de manera que tras el montón de bajas que se produzcan por causa de depredadores y otras amenazas, sobrevivan al menos unos pocos) a una estrategia de supervivencia basada en la calidad (parir unos pocos cachorros, pero cuidarlos a muerte para que sobrevivan todos). Para ello, tuvieron que incorporar a su repertorio de emociones reptilianas (ira, agresión, deseo sexual), una emoción completamente nueva y revolucionaria: el amor. En esa forma primitiva, el amor era eso: deseo avasallador de cuidar a esas bendiciones mamíferas, deseo de asociarse con alguien más para cuidarlos. Mucho, mucho tiempo después, los descendientes de aquellos primitivos mamíferos empezaron a adquirir inteligencia, por causa de un aumento exponencial de la cantidad de sus neuronas. Eso les permitió ser conscientes de sí mismos, y deducir que los seres que eran parecidos a ellos (sus "semejantes") debían experimentar emociones similares a las que ellos vivían. Así nació una emoción todavía más sofisticada: la compasión. En alguno de sus libros, Carl Sagan nos narra un experimento en el que un simio puede acceder a comida si presiona un botón que, a su vez, produce una descarga eléctrica a otro simio de la misma especie, que se encuentra en una cabina visible al primer simio. Los científicos registran entonces el tiempo que se demora él en presionar el botón, del cual concluyen que está sintiendo hambre: resulta que el buen simio prefiere sufrir él mismo, antes que provocar sufrimiento en otro. Y si él mismo ha estado antes en esa cabina y ha sufrido las descargas eléctricas, es capaz de aguantar casi hasta la inanición. Si se ponen a pensar en ello, lo que primero deducirán es la enorme inteligencia del simio, para ser capaz de imaginarse a sí mismo en la cabina, de relacionar cosas, de atar cabos; cosas que no pueden hacer, por ejemplo, los gatos, los perros o los toros (o que quizás puedan hacerlo, pero en mucho menor grado). Mi conclusión personal es que la compasión debe ser una de las más altas capacidades cognitivo-emocionales de los seres vivos. Irónicamente, tendemos más bien a avergonzarnos de ella, la ocultamos, la negamos. Así es la naturaleza humana.
Volvamos al tema del restaurante, por última vez, pero ahora pasémonos al otro lado del cristal. ¿Qué siente el niño? No me digan "hambre" o "frío", eso es lo obvio. Miremos en su corazón (en su cerebro, mejor dicho): encontramos esta otra emoción poderosa de la que también nos avergonzamos: la envidia. Es otra de las más capacidades cognitivo-emocionales tremendamente sofisticadas de los seres vivos, requiere la capacidad de autoconsciencia, necesita de una complejidad neuronal formidable. Por eso el niño, al ser inteligente, la está sintiendo ahora: razona, cuestiona, se pregunta: "¿por qué ellos están ahí adentro y yo aquí?" Y sufre al saberse en esa condición. Le duele.
Sí, nos avergonzamos de la envidia. Yo me avergüenzo de la envidia. Por eso se me hizo difícil reconocerla, cuando empecé mi relación con Alejandra. Pero un día, cuando ella se compró un carro nuevo, flamante, espacioso, de alta gama, se me hizo imposible ocultarla más. Pude haberla escondido detrás de consideraciones racionales: está mal que Alejandra se haya comprado un carro tan grande que atenta contra el ambiente, etcétera. Pero no, no pude. Ahí estaba, enorme, lacerante, real: mi envidia. Y esa envidia ha sido, con mucho, la prueba más difícil de superar, por mi parte, en esta relación.
No, no quiero seguir con Alejandra. Quiero terminar la relación lo antes posible. Pensándolo bien, si no me relaciono con la gente "de mi clase" (según el José Eduardo), no es tanto por amor a las clases populares como por envidia de las superiores. Por eso huyo de ellas. Por el mismo motivo por el que quiero huir de Alejandra: para no sufrir más esta maldita sensación que me lastima y me envilece.
He ahí la prueba. Mi amor a Alejandra tiene que ser tan fuerte como para hacerme resistir mi instinto de huida, debe moverme a vencer este demonio que se me enrosca en el cerebro. Y lo ha sido. Mi amor, atizado por el amor de ella, ha hecho que venza al demonio, gracias además a ciertas medidas astutas. Por ejemplo, el mismo hecho no solo de reconocer en mi corazón la envidia, sino de expresarla, de ponerla en palabras. Así es: un día le hablé a Alejita con mi mayor honestidad y le dije lo que estaba sufriendo. Y eso obró un milagro: en lugar de sentirme soberbio y poderoso (a estas alturas ya tengo el poder de dañarle, cosa que haría si salgo corriendo), me sentí humilde, bajé la cabeza y le pedí perdón. Ella me abrazó y me dijo que me ama, halagó mis virtudes, me valorizó como persona, y derritió con eso todo el hielo de mi corazón. Porque la envidia se siente primero como un cuchillo clavado en la carne propia, solo después quiere uno clavarlo en quienes estén más cerca. Y, gracias a ese carro, me he dado cuenta también que la envidia está hecha de recuerdos: cuando uno envidia, vuelve a ser el niño que alguna vez miró a otros a través de la ventana de un restaurante, o el que vio a su papá siendo humillado por un jefe déspota. Pero si a ese niño que siente hambre y frío, viene alguien y lo abraza, halaga sus virtudes y lo valoriza como persona, lo salva, lo redime.
Por eso, no ha sido en vano quedarme al lado de Alejita a pesar del instinto de huida. Siento el azote de mi lado oscuro de vez en cuando; pero si soy fuerte y resisto, tengo la infinitamente dulce recompensa de esa redención. Cuando soy capaz de amarla en lugar de hacerle daño, paso a ser grande, irónicamente, en mi humildad.
Estamos en tiempos de elecciones, hoy se elige nuevo presidente(a). Y me pregunto cuánto de nuestros odios izquierda-derecha, correísmo-anticorreísmo, no son solo una expresión de esas emociones que nos conflictúan: compasión, envidia, ambición, todo un cóctel poderoso que se ha venido preparando en nuestra memoria desde la infancia. De mi relación con Alejita puedo decir que el reconocerlas es un excelente primer paso hacia la convivencia pacífica y, si es posible, incluso el amor.
Obviamente, yo voy a votar por Luisa González, la candidata de la Revolución Ciudadana, de Rafael Correa. A su gestión como presidente le debo el haber estudiado una maestría en una de las mejores universidades del mundo, en Londres; el haber recibido un enorme aumento de sueldo como docente universitario, que ahora me permite no solo tener una mejor calidad de vida, sino una autoestima más alta al ser reconocido en mis capacidades y trabajo; le debo el tener a mi mamá y mis hermanas salvadas de la muerte en la pandemia de COVID-19, gracias a la existencia del hospital IESS Quito-Sur, que se contruyó en su gobierno; le debo hasta la plusvalía y la bonita vista de mi departamento, que queda frente a la Plataforma Gubernamental que él construyó.
Voy a votar por Luisa, decía; pero eso no quiere decir que voy a odiar a los que voten por Daniel. Específicamente, no voy a odiar a Alejandra, sino todo lo contrario: la voy a amar, a valorar, a proteger, con todas mis fuerzas. Ya he tratado mal –lo confieso con vergüenza– a otras novias derechistas (pensándolo bien, nunca he tenido una novia de izquierda, parece que no les resulto atractivo), y no pienso volverlo a hacer. Alguna vez le grité a una de ellas por insistir en llevarme en su auto hasta la casa, después de que yo le había manifestado mi deseo de ir en bus (por orgullo, obviamente), y me bajé del carro para no volverla a ver nunca más. Quizás, en ese entonces, ni siquiera reconocí que lo que me movía era la envidia.
Así que está bien, voten por quien quieran. Pero, eso sí, dejen de actuar de manera perversa. Karina, mi ex novia, era ornitóloga, y me contó –en todo su derechismo–, del caso de un video que circulaba en las redes, en el cual se veía a líderes de la guerrilla y el narcotráfico en una base en plena selva colombiana, expresando su apoyo al candidato correísta Andrés Aráuz. Ella, al ser ornitóloga, sabía reconocer la especie de las aves solo por el sonido de su trino, y así supo (como todos sus colegas) que el video no pudo haber sido filmado en Colombia, porque las aves que se oían eran endémicas del Ecuador.
¿Quiénes son capaces de montar semejante patraña perversa? Los que se sienten justificados, los que no han procesado sus propios demonios y creen que actúan en nombre de un "bien mayor". Maquiavelo, en quien creí alguna vez de adolescente luego de leer El Príncipe, es un mal referente. En realidad, el fin debe considerarse siempre inseparable de los medios: no se puede buscar un fin justo usando medios perversos; estos corrompen el fin y lo vuelven perverso en sí. ¡La Historia nos lo ha enseñado muchas veces!
Por causa de estas personas le toca a uno hacer de detective, tratar de identificar falacias en cada noticia que recibe: ¿por qué, si es tan corrupto Correa, es juzgado por "influjo psíquico"? ¿Es posible que un gobierno tan serio como el de Bélgica, otorgue asilo a un socio de narcotraficantes? ¿Puede corromper tanto el poder a un hombre que alguna vez fue scout? Esta última referencia la hago porque yo mismo fui scout en mi juventud, y sé la mística que caracteriza a cada uno de los miembros de ese movimiento. Porque el teniente-general inglés Baden-Powell creó el escultismo con inspiración militar para formar el carácter de los jóvenes; por eso tiene todos los elementos de la milicia, como ir a campamentos, aprender habilidades de supervivencia, cocinar tu propia comida, dormir en carpas en el frío inclemente de la noche, ser despertado a las tres de la mañana para trotar, izar y arriar la bandera, saber primeros auxilios, etcétera. Todas las habilidades de la milicia, excepto matar. ¡Por eso, de los casi diez compañeros que fuimos invitados a ser parte de un grupo scout (entre los cuales estaba el José Eduardo), solo me quedé yo, y por varios años! Esa vaina necesita mística, no hay otro motivo por el que te quedes ahí sufriendo. Y esa mística está representada, en pocas palabras, por la máxima scout:
Dejar el mundo en mejores condiciones de como lo encontramos
Dada la distribución de la riqueza, en forma de tachuela, resulta que un candidato de la derecha jamás podría ganar elecciones, si los pobres no votaran por él. Yo he hecho personalmente los cálculos: la probabilidad de nacer pobre, en el Ecuador, es de alrededor de 0.8. Si todos los pobres votaran por la izquierda, el candidato de la derecha solo podría tener un 20% de los votos. Por eso, es necesario que gane votos en el sector pobre. El cálculo de la probabilidad condicionada correspondiente me dice que, suponiendo que ningún "no pobre" vota por la izquierda, un 37.5% de pobres debería votar por el candidato de la derecha. Eso implica que este candidato debe convencer a toda esa gente, que no pertenece a su clase. Entiendo que eso es difícil, pero repito: el fin no justifica los medios. Nunca.
En pocas horas se conocerá el resultado de las elecciones, pero yo, quien les escribe estas líneas, aún soy ignorante de ese futuro. Solo pido que días mejores vengan para el Ecuador, gane quien gane. Porque en el fondo, lo que nos salvará –aunque suene de lo más cursi– es el amor. Por mi parte, yo ya tengo mucho: el amor de mis padres, de mis hermanas, de mi hija. Y el amor de Alejita, que me halaga y me hace sentir especial de muchas maneras, pero sobre todo con una frase que me encanta: "haces del mundo un lugar mejor". Porque creo que uno nunca deja de ser scout y siempre anhela lo mismo, en lo más profundo de su corazón. Yo quiero hacerlo: dejar el mundo en mejores condiciones de como lo encontré. Empezando por el mundo de Alejandra, por supuesto; ese mundo que se va uniendo al mío cada día, y que un día llamaremos hogar.


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