REPORTAJE SOBRE PANAMÁ
Por: Holger Ortega M.
Escrito en el 2011 para la Revista notiUPS, pero esta vez en su versión original, sin el filtro de los editores...
Me encanta viajar gratis. Eso pensé en
la cómoda furgoneta que nos trasladó desde el aeropuerto hasta el agradable hotel
que nos había pagado la universidad. Mientras avanzábamos hacia el corazón de
la ciudad de Panamá, los imponentes edificios que se levantaban agujereando el
cielo a lo lejos empezaban a aparecer ante mis ojos, asombrándome con su lujo y
su belleza. La arquitectura pequeña y simple de Quito es un chiste frente a estas
obras de arte, pensé, mientras veía un edificio enorme en forma de D, otro que
crecía en caprichosa espiral hacia el firmamento, u otro tan alto que sus diez
primeros pisos eran sólo de parqueaderos.
Fuera de unas cuantas barriadas
medianamente pobres y del pésimo sistema de transporte público, se podría decir
que el nivel de vida de los panameños es relativamente alto, al menos para un
país latinoamericano. Y no es para menos: los ingresos que percibe el país por
la presencia de la banca internacional, por el turismo y por el canal de
Panamá, debe repartirse entre apenas 3,3 millones de habitantes. Sin embargo,
lo que me resultó un tanto chocante es enterarme de que, de alguna manera,
Panamá es apenas un territorio prestado. Un país donde la moneda circulante es
el dólar; donde el edificio en forma de D es de Donald Trump; donde el famoso
canal es un logro del Primer Mundo; y donde la banca y el comercio son
intensos, pero donde apenas es posible encontrar un artículo hecho en Panamá.
Hacia eso vamos, me imagino, pero aún
estamos muy lejos. En nuestras capitales andinas aún es posible encontrar el
pequeño local de cabinas telefónicas o la panadería de barrio donde venden
bizcochos de Cayambe. En Panamá, no. Eso lo habríamos de entender ni bien
llegados, mientras buscábamos bajo un calor agobiante un teléfono para llamar a
Quito y un refresco para calmar la abrasadora sed. No los encontramos por
ninguna parte. Tuvimos que entrar, necesariamente, a un mall. Porque, en cambio, si hay algo que no falta en Panamá es centros
comerciales, muchos centros comerciales, uno más gigantesco que otro, y donde
se pueden encontrar una infinidad de artículos extranjeros a precios
convenientes. La oferta comercial es tan abrumadoramente grande que tenía que
repetirme a mí mismo muchas veces la frase “no lo necesito”, para no terminar
gastando el primer día todo el dinero que llevé para mi alimentación y mis
gastos personales. Afortunadamente, viajé con un estudiante salesiano de
psicología y filosofía, bajo cuya influencia recordé dos cosas que me sirvieron
mucho: que mi mente es inmensamente vulnerable y que Sócrates exclamó un día
ante un mercado lleno de artículos en Atenas: “¡tantas cosas que no necesito!”
Para finalizar nuestro viaje
participamos en la multitudinaria procesión de Don Bosco, un evento que
paralizó media ciudad de Panamá, que salió en primera plana y que, según vimos,
tiene una trascendencia inusitada en la sociedad de allá. Antes de volver, con
mi nuevo cargamento de experiencias y emociones, pensé nuevamente en mi fortuna
al poder viajar gratis, con dinero que de una u otra forma sale de su bolsillo,
querido lector, porque mi viaje me lo pagó la UPS por haber ganado el concurso
de ensayos sobre el pensamiento político de Don Bosco en la categoría docentes.
Así que aprovecho para expresarle mi profundo agradecimiento a usted y a todos
los que hicieron posible mi viaje, especialmente a la Diany Avilés, la
entrañable amiga que inspiró el ensayo con el que gané el concurso.
Irónicamente, hablando de viajes, aquel ensayo trataba sobre el brazo de Don
Bosco, capaz de hacer magia, de trabajar por cumplir sus sueños más imposibles
y de viajar luego por el mundo. E irónicamente, hablando de sueños, mi viaje me
regaló uno más: porque regresé a estas tierras con la loca idea de construir
acá mi propio edificio en forma de D.
Hermoso reportaje, como siempre desde un punto de vista diferente al común...
ResponderEliminar¡Muchas gracias, eres muy amable! Y bueno, si quizás tengo un punto de vista diferente es porque siempre decido hacer mis viajes desde un punto de vista diferente: subir a los buses, visitar las barriadas pobres, todas esas cosas que no se hacen en los tours de marca. ¡Y lo recomendaría!
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