REPORTAJE SOBRE PANAMÁ

Por: Holger Ortega M. 

Escrito en el 2011 para la Revista notiUPS, pero esta vez en su versión original, sin el filtro de los editores...


Soy físico, enseño materias de ciencias básicas en las carreras de Sistemas, Electrónica y Civil en el campus Sur, y desde el 27 de enero hasta el 1 de febrero de los corrientes estuve en Panamá. “¿Y eso a mí qué me importa?”, dirá quizás usted, amigo lector. Pues debería importarle, porque se puede decir en parte que fui con plata que salió de su bolsillo.
Me encanta viajar gratis. Eso pensé en la cómoda furgoneta que nos trasladó desde el aeropuerto hasta el agradable hotel que nos había pagado la universidad. Mientras avanzábamos hacia el corazón de la ciudad de Panamá, los imponentes edificios que se levantaban agujereando el cielo a lo lejos empezaban a aparecer ante mis ojos, asombrándome con su lujo y su belleza. La arquitectura pequeña y simple de Quito es un chiste frente a estas obras de arte, pensé, mientras veía un edificio enorme en forma de D, otro que crecía en caprichosa espiral hacia el firmamento, u otro tan alto que sus diez primeros pisos eran sólo de parqueaderos.
Fuera de unas cuantas barriadas medianamente pobres y del pésimo sistema de transporte público, se podría decir que el nivel de vida de los panameños es relativamente alto, al menos para un país latinoamericano. Y no es para menos: los ingresos que percibe el país por la presencia de la banca internacional, por el turismo y por el canal de Panamá, debe repartirse entre apenas 3,3 millones de habitantes. Sin embargo, lo que me resultó un tanto chocante es enterarme de que, de alguna manera, Panamá es apenas un territorio prestado. Un país donde la moneda circulante es el dólar; donde el edificio en forma de D es de Donald Trump; donde el famoso canal es un logro del Primer Mundo; y donde la banca y el comercio son intensos, pero donde apenas es posible encontrar un artículo hecho en Panamá.
Hacia eso vamos, me imagino, pero aún estamos muy lejos. En nuestras capitales andinas aún es posible encontrar el pequeño local de cabinas telefónicas o la panadería de barrio donde venden bizcochos de Cayambe. En Panamá, no. Eso lo habríamos de entender ni bien llegados, mientras buscábamos bajo un calor agobiante un teléfono para llamar a Quito y un refresco para calmar la abrasadora sed. No los encontramos por ninguna parte. Tuvimos que entrar, necesariamente, a un mall. Porque, en cambio, si hay algo que no falta en Panamá es centros comerciales, muchos centros comerciales, uno más gigantesco que otro, y donde se pueden encontrar una infinidad de artículos extranjeros a precios convenientes. La oferta comercial es tan abrumadoramente grande que tenía que repetirme a mí mismo muchas veces la frase “no lo necesito”, para no terminar gastando el primer día todo el dinero que llevé para mi alimentación y mis gastos personales. Afortunadamente, viajé con un estudiante salesiano de psicología y filosofía, bajo cuya influencia recordé dos cosas que me sirvieron mucho: que mi mente es inmensamente vulnerable y que Sócrates exclamó un día ante un mercado lleno de artículos en Atenas: “¡tantas cosas que no necesito!”
Ese primer día, sin embargo, nos pusimos en contacto también con gente de verdad. En uno de los buses viejísimos, pintorescos y destartalados que surcan las calles a toda velocidad –y que la sabiduría popular ha bautizado, con justa razón, como “diablos rojos”– nos dirigimos hacia el barrio de Caledonia, en donde se encuentra la basílica de Don Bosco. En esos días, aquella importante iglesia de la ciudad se preparaba para un gran acontecimiento: la procesión de su santo patrono. “Pertenecemos a la Universidad Politécnica Salesiana de Quito, Ecuador, de donde nos han enviado para participar en la fiesta de Don Bosco”, repetíamos una y otra vez a cuanto cristiano nos parecía de importancia en la iglesia. Sin embargo, nadie había sabido que iríamos, y tampoco parecía importarles mucho. Más bien lo que les llamaba la atención es que fuéramos del país donde hace poco hubo una rebelión policial ante la cual el presidente se desabrochó la camisa mostrando su pecho desnudo. Con todo, logramos hacer amistad con un cooperador salesiano de nombre Jorge Luis, quien nos trató con gran aprecio y familiaridad; tanta, que nos invitó a trapear la basílica y, un par de días después, a cantar con él en una de las misas. No tuvimos ningún reparo: queríamos participar de alguna manera en la fiesta de Don Bosco, sabíamos trapear, nos gustaba cantar, y además por nuestra ayuda Jorge Luis nos invitaba al almuerzo, lo cual en medio de la escasez no se podía despreciar. (En este punto podría hablar un poco de la cuestión sueldos, pero creo que mejor lo dejamos para otro artículo).
También fuimos a la playa en Panamá, visitamos el casco antiguo, conocimos un poco de la música y el baile del país. Pero lo más interesante de este viaje fue para mí el Canal. Más allá de los aspectos técnicos y conceptuales, que son fascinantes, está el hecho de que la obra en sí es un monumento concreto, palpable, de la capacidad humana de hacer realidad los sueños más imposibles. Cortar un país en dos yéndose en contra de la montaña, enfrentarse al fantasma mortífero de los mosquitos tropicales, mover un río entero si es necesario para lograr el sueño, eso es lo que hicieron los gringos en ese territorio y debo decir, quizás a mi pesar, que les admiro mucho por ello. Allí, mientras los buques colosales eran bajados lentamente en la esclusa de Miraflores, envidié su temple y su carácter, su espíritu práctico y poderoso. Tenían que hacerlo ellos, claro. Nosotros hasta ahora estaríamos discutiendo las implicaciones morales, sociológicas y filosóficas de la obra; o estaríamos desangrándonos en luchas emocionales que echarían abajo el proyecto.
Para finalizar nuestro viaje participamos en la multitudinaria procesión de Don Bosco, un evento que paralizó media ciudad de Panamá, que salió en primera plana y que, según vimos, tiene una trascendencia inusitada en la sociedad de allá. Antes de volver, con mi nuevo cargamento de experiencias y emociones, pensé nuevamente en mi fortuna al poder viajar gratis, con dinero que de una u otra forma sale de su bolsillo, querido lector, porque mi viaje me lo pagó la UPS por haber ganado el concurso de ensayos sobre el pensamiento político de Don Bosco en la categoría docentes. Así que aprovecho para expresarle mi profundo agradecimiento a usted y a todos los que hicieron posible mi viaje, especialmente a la Diany Avilés, la entrañable amiga que inspiró el ensayo con el que gané el concurso. Irónicamente, hablando de viajes, aquel ensayo trataba sobre el brazo de Don Bosco, capaz de hacer magia, de trabajar por cumplir sus sueños más imposibles y de viajar luego por el mundo. E irónicamente, hablando de sueños, mi viaje me regaló uno más: porque regresé a estas tierras con la loca idea de construir acá mi propio edificio en forma de D.

Comentarios

  1. Hermoso reportaje, como siempre desde un punto de vista diferente al común...

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    1. ¡Muchas gracias, eres muy amable! Y bueno, si quizás tengo un punto de vista diferente es porque siempre decido hacer mis viajes desde un punto de vista diferente: subir a los buses, visitar las barriadas pobres, todas esas cosas que no se hacen en los tours de marca. ¡Y lo recomendaría!

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