EL CUENTO GANADOR

Por: Holger Ortega M.


Enviado para el Concurso de Poesía y Oratoria "In-sur-gente", (des)organizado por la ADAUPS-Quito en diciembre del 2011


Adela Narváez se acomodó en su silla y bebió otra vez de su taza de café, intentando ahuyentar de sus ojos el sueño que empezaba a apoderarse de ella. Su esposo se había acostado ya –era pasada la medianoche–, y no había idea más dulce para ella en aquel momento que ir a acostarse a su lado y arrullarse en la calidez infinita de ese cuerpo que amaba. Los chicos –incluso Diego, que solía quedarse hablando con su novia por teléfono hasta tarde– se habían dormido ya, y toda la casa se mecía en un idílico silencio. Pero se había propuesto terminar de leer al menos ese último cuento por hoy, y así iba a hacerlo: no había placer posible si no estaba antecedido del cumplimiento del deber. Así era ella: firme, fuerte, responsable, eficiente y fiel a su palabra hasta las últimas consecuencias, incluso en tareas relativamente insignificantes como esta, la de ser miembro del jurado calificador en un concurso interno de cuentos organizado por su universidad.
Cuando terminó de leer y calificar el cuento que se había propuesto, Adela guardó sus cosas en el maletín que llevaría al día siguiente a sus clases y se levantó de la silla para ir a dormir, llena de aquella deliciosa paz que encontraba en la satisfacción del deber cumplido. Sin embargo, un fugaz e indisciplinado impulso de curiosidad le obligó a abrir el siguiente sobre cerrado, movida quizás por el seudónimo con que lo habían rotulado: Artemisa. Por alguna razón, aquel seudónimo le resultaba interesante, y por ello sacó las hojas con extraño entusiasmo y empezó a leer, aún de pie.
No pudo parar hasta terminarlo. Al fin, una sonrisa de satisfacción se quedó dibujada en su rostro, incluso cuando ya se hubo acostado y se encontraba disfrutando del dulce calor de su esposo antes de terminar de conciliar el sueño. Era indudable: para ella, ese cuento debía ser el ganador. Estaba bien escrito, lleno de humor y frases ingeniosas y, además, en él su anónima autora había cometido la osadía de decir públicamente las cosas que tantos de sus compañeros sólo murmuraban en voz baja en los corredores. Era un cuento valiente.
En un gesto audaz de su autora, el cuento empezaba con una escena en la que el rector de su universidad recibía la visita de un ángel en sueños. El ángel le hablaba entonces de la necesidad de subir el sueldo a los profesores, en atención a unas demandas que a él le parecían justas; pero el rector le refutaba diciendo que simplemente no había el presupuesto para ello. “Las puertas están abiertas: ¡quien no quiera trabajar aquí puede irse!” –terminaba diciéndole al ángel en su sueño.
Adela sabía que la autora del cuento había sacado esta última frase de la vida real. La había escuchado de los labios del mismo rector, en una asamblea de docentes hace poco más de dos meses; no podría olvidarlo. Le había causado molestia, al igual que a sus compañeros,  pero como casi siempre sucede en la vida real, todos se habían quedado callados, igual que ella. ¿Qué podía decir? Tenía tres hijos que mantener, una hipoteca ya en sus últimos años pero aún por cancelar, un auto nuevo cuyas cuotas no sabían de conceptos elevados como justicia y libertad. Era irónico –Adela lo había pensado muchas veces en medio de la frustración de su silencio– que los medios de comunicación hablaran tanto de libertad de expresión: acá todos tienen la libertad de expresar sus ideas y pensamientos, ¡pero todos callan! La moderna sociedad occidental, paradigma de la libertad y la democracia mundial, estaba sumida en la discreta esclavitud del miedo a perder.
Eso era en el mundo real. En el cuento, sin embargo, las cosas eran distintas: el ángel, indignado por el comentario del señor rector, había decidido interferir. No estaba autorizado por Dios a desviar los caminos de los hombres, así que lo único que iba a hacer era quitarles algo que tenían demás: el miedo. Se dio el trabajo, entonces, de visitar a cada uno de los docentes de la universidad en sus sueños, y allí les fue quitando esa mancha del corazón. El resto sería ya cosa de Dios.
El resto del cuento era, en resumen, una ficción de lo que sería un mundo sin miedo. La universidad se iba quedando de a poco sin sus mejores elementos, que se atrevían a salir y a confiar en sus capacidades para conseguir mejores empleos; y la crisis se empezaba a apoderar de la institución. Muchos profesores simplemente renunciaban a la docencia y se dedicaban a lo que en realidad habían anhelado toda su vida, dando lugar a un mundo de quimérica felicidad. Tanta libertad, sin embargo, degeneraba en actos que empezaban a entrar en contradicción con la voluntad de Dios expresada a través de su Iglesia, por lo que el ángel era devuelto a la Tierra para restaurar el miedo, ese gran equilibrador.
Cuando Adela Narváez, entusiasmada, comentó a su esposo sobre aquel cuento la mañana siguiente, recibió de él una respuesta más bien fría.
–¿Tienes idea de lo que va a pasar con la autora de ese cuento? –le dijo él–. Si gana, su cuento será publicado y llegará a conocimiento de las autoridades. ¡Ganará el viaje a Cuba para dos personas, pero luego sufrirá las consecuencias de haber hablado tanto!
–¡Pero merece ganar! –le respondió Adela–. Además, sabía bien lo que podía pasarle si ganaba, y aun así envió el cuento. ¡Ella ha escogido su destino, mi amor, deja que su voz se escuche y nos represente! ¿No te has sentido muchas veces indignado cuando ves que gente sin tu talento sube en la institución, mientras tú por tus benditos principios sigues abajo?
Era cierto. Adela misma había aprendido de su esposo –a quien admiraba– muchos de sus valores: su dedicación, su responsabilidad, su lealtad; pero consideraba que en él muchas virtudes eran tan exageradas que simplemente pasaban a ser defectos.
–Tienes razón –le respondió él, pensativo–. Quizás no dejarle que se estrelle contra el pavimento sea atentar contra su libertad. Además, es probable que su valor tenga consecuencias también para nosotros y el ángel de su cuento se vuelve real y nos viene a visitar a todos, y todos nos rebelamos y nos duplican el sueldo…
–¡Ya, payaso! –le dijo ella mientras le tapó la boca con su mano cariñosamente–. Aunque puede que tengas razón en lo del ángel, y este se vuelve real, metafóricamente hablando, claro…
–¡Oye, un momento! –siguió él– ¡Artemisa es el nombre griego de la diosa Diana! Y es el seudónimo que usa la autora, ¿cierto? ¿No se tratará de tu amiga Diana Peña? Tú me has dicho que ella es buena escritora…
Él tenía razón. ¡Era posible que la autora de ese cuento fuera su amiga! Y en ese caso, las cosas cambiaban un poco. La rebeldía y la libertad ya no se escuchaban tan dulces ahora. Por ello, esa misma mañana, ya en el trabajo, Adela abordó a su amiga Diana y le preguntó frontalmente si ella había enviado un cuento para el concurso. Diana se negó con asombro convincente, una y otra vez, pero Adela nunca le creyó del todo. Diana era una persona honesta hasta el punto del cinismo, pero era capaz de mentir si de defender una causa se trataba. ¡Era posible que fuera ella, definitivamente! Además, podía darse el lujo de ser una heroína, pues era soltera y no tenía hijos que pudieran pagar las consecuencias.
Adela entonces se ratificó en lo que le había dicho a su esposo: la autora del cuento había escogido su destino. Por tanto, no había otra cosa que hacer que dejar que los hechos se sucedan. De manera que procedió a calificar con la mejor puntuación al cuento rebelde, e incluso se permitió hacer algunos buenos comentarios sobre él a sus compañeros del jurado, repitiéndoles aquello del destino. Al final, cuando en la reunión final del jurado las cuentas fueron sacadas y aquel cuento fue declarado ganador, lo único que le quedó fue rogar que su amiga no haya sido la autora del cuento; de manera que mientras el presidente del jurado abría el sobre que contenía el nombre correspondiente al seudónimo de Artemisa, Adela cerró con fuerza los ojos. En ese momento de enorme tensión emocional ya no quería que se tratase de su amiga, por nada del mundo, y se arrepentía de haberle permitido aquella extrema libertad. Sin embargo, un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando el presidente leyó el nombre: ¡era el nombre de su esposo! ¡El muy desgraciado había escogido un seudónimo de mujer para despistarla, para jugar con ella y sus convicciones, para salirse con las suyas con y sin su permiso a la vez! Resignada, Adela abrió los ojos y observó a los otros miembros del jurado, que la miraban sin saber cómo reaccionar. Y entonces pensó con vago entusiasmo que viajaría con su esposo a Cuba, irónicamente el último bastión del comunismo, porque después de esto ella misma iba a tener que vivir en un comunismo forzado, pues no iba a tener para pagar las cuotas de su auto nuevo. “Adiós auto”, pensó, mientras se ratificaba en su idea de siempre: los principios de su amado esposo eran tan exagerados que simplemente pasaban a ser defectos.

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