PRIMEROS DÍAS EN LONDRES - PARTE 2

Por: Holger Ortega M.


El St Pancras, visto desde mi ventana
Afortunadamente, y quizás por los efectos del jet-lag, mi hambre se vio sumida pronto en un piadoso sueño del cual desperté totalmente renovado... "¡Estoy en Londres!", me dije a mí mismo como para constatar que no estaba soñando, pero la prueba más fehaciente de esa realidad se desplegó esplendorosamente ante mis ojos cuando abrí las cortinas de mi habitación para saludar la mañana: una edificación preciosa e imponente, con una reloj en su torre principal, me habló de toda la belleza arquitectónica que me esperaba en esta ciudad. Aún medio adormecido, confundí la torre con el Big Ben, y la emoción me hizo despertar de golpe. Sin embargo, claro, yo estaba equivocado. Cuando salí a comprar mi tan esperada comida pasé junto a aquel hermoso producto de las locuras y ambiciones humanas y me enteré que se trataba del St Pancras Renaissance Hotel, un hotel de muchas estrellas, me supuse, a juzgar por el Lamborghini que vi entrar en sus dominios.
¡Era como para levantar el ánimo más caído del mundo! ¡Y como si fuera poco, a continuación otra torre, otro reloj, otra edificación hermosa: la King's Cross Station, todo en el camino al supermercado! Aquella legendaria estación de trenes, que yo había visto tantas veces en mi imaginación durante mis lecturas de los libros de Harry Potter, ahora estaba ahí frente a mis ojos, y podía ser divisada desde mi ventana como cosa de todos los días.
La legendaria King's Cross Station

Pero si hablamos de subir los ánimos, nada como las noticias que vendrían en los siguientes días desde la universidad. Quizás pensando en el tipo de cosas como las que me pasaron a mí durante esos primeros días de adaptación, las universidades acá tienen una semana que llaman la "Fresher's Week", durante la cual lo único que uno tiene que hacer es asistir a un sinnúmero de charlas repetitivas, donde se habla una y otra vez de cosas como la seguridad contra los incendios -acerca de los cuales los londinenses parecen tener una especial paranoia-, las reglas de la universidad, etc. Pero esta vez, las autoridades de nuestra universidad tenían un tema adicional muy agradable del cual hablar: una prestigiosa institución norteamericana había "rankeado" no hace mucho a la University College London como la cuarta mejor universidad del mundo.
Ellos, por supuesto, lo repetían una y otra vez con toda su satisfacción y orgullo, como buenos británicos que son. Yo sin embargo, debo confesarlo, empecé a temblar. Jamás he sido un buen estudiante, y aunque creo que tengo una capacidad un tanto especial para entender a profundidad las matemáticas y la física, estoy consciente de que necesito mucho tiempo para llegar a esa comprensión, quizás mucho más que aquel que la cuarta mejor universidad del mundo me pueda conceder. Además, muchos profesores de cuyo nombre no quiero acordarme se encargaron a lo largo de mi vida, día a día y muy sutilmente, de convencerme de que no era bueno, y esa es una lección que se aprende muy fácil y se borra muy difícilmente. 
Un evento en la UCL durante
la Fresher's Week
Un buen día, sin embargo, en la fiesta de bienvenida organizada por el staff de mi residencia universitaria, un señor relativamente joven, británicamente elegante y altivo, se dirigió a todos nosotros y nos contó que era un científico de cohetes, que trabajaba para la NASA, para el proyecto espacial europeo, y para la UCL, por supuesto. Y con su nítido acento británico y toda su elocuencia nos dijo un par de frases que jamás olvidaré: "esta universidad no se ha ganado su cuarto lugar en el mundo por nada. Y ustedes, créanme, tampoco están aquí por nada... No sé qué tengan, porque no puedo saber su caso individualmente, pero sé con toda seguridad que tienen algo especial, todos y cada uno de ustedes, y ese algo les ha hecho ganarse el derecho de estar aquí".
¿A quién creer? ¿A mis viejos profesores o a este señor? ¿Es verdad que tengo algo de especial? No lo sé, incluso ahora. Pero lo sabré cuando haya terminado mi año de estudios, y seguramente ese es el objetivo fundamental de mi aventura acá. Volviendo atrás, a los días en que luchaba por completar los papeles necesarios para firmar el convenio de mi beca con la Senescyt, recuerdo lo que una señora que trabajaba ahí -a quien prefiero mantener anónima- me contaba. Me decía que de los dos mil y pico ciudadanos que habíamos ganado la beca el año pasado, yo era apenas el número seiscientos y pico que llegaba a firmar el contrato. "¿Y el resto?", le pregunté con asombro. Su respuesta fue que había muchos que se arrepentían, que pesaron mejor el asunto de la familia, o que simplemente una cantidad como 60 ó 70 mil dólares no les importaba gran cosa. Después de una semana terriblemente estresante en la que había tenido hasta pesadillas por la posibilidad de perder la beca -por algún papel faltante o cosas como esas-, aquella declaración simplemente me pareció inaudita. Y entonces, ante mi expresión de desconcierto, ella me explicó, con cierta tristeza inevitable: "no tiene idea cuánto me duele ver cómo se desperdicia esa plata destinada a las becas... Porque la mayoría de los que se las ganan son gente que tiene incluso más de un millón de dólares como patrimonio familiar, y no les importa nada perder o ganar ese dinero. En teoría esa plata debería destinarse a los que menos tienen, ¿cierto? Pero la realidad es lo contrario, porque es hasta lógico: más posibilidades de pasar el examen de la beca, con sus requerimientos de inglés y todo eso, tienen los que estudiaron en colegios bilingües y luego en la San Francisco u otra universidad parecida, ¿no lo cree?"
Me quedé en silencio, sin respuesta, golpeado por el peso de esa lógica contundente. Y mi alegría al firmar ese papel en el que el Estado ecuatoriano se comprometía a entregarme casi 70 mil dólares con la única condición de que yo apruebe mis estudios y regrese a trabajar por dos años en mi país, se mezcló con un sentimiento de indignación difícil de expresar. ¿Indignación contra quién? Pues contra mí mismo, y contra todos aquellos que alguna o muchas veces, como yo, han dejado pasar las oportunidades por el simple hecho de creer mucho más en esa vocecita que te susurra todo el tiempo que no eres capaz, que en una voz que te grita con acento británico que no estás en la cuarta mejor universidad del mundo de gana.

CONTINUARÁ....


Comentarios

  1. maldita vocecita... no eres capaz... hay que exterminarla por completo.
    Como diría Nick Vujicic " El miedo es la mas grande discapacidad de todas " Hay que arriesgar y triunfar

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  2. Pues si, eres muy especial.... Eso jamás lo he dudado! De hecho, siempre lo supe! Y lograste vencer esa voz, felicidades por ello!
    Yo...no sé si algún día llegue a sentir lo que tú sientes ahora, pero tus relatos me sirven como inspiración...porque en mi caso, ya no es una vocecita sino un VOZARRÓN!!

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