PRIMEROS DÍAS EN LONDRES - PARTE 2
Por: Holger Ortega M.
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| El St Pancras, visto desde mi ventana |
¡Era como para levantar el ánimo más caído del mundo! ¡Y como si fuera poco, a continuación otra torre, otro reloj, otra edificación hermosa: la King's Cross Station, todo en el camino al supermercado! Aquella legendaria estación de trenes, que yo había visto tantas veces en mi imaginación durante mis lecturas de los libros de Harry Potter, ahora estaba ahí frente a mis ojos, y podía ser divisada desde mi ventana como cosa de todos los días.
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| La legendaria King's Cross Station |
Pero si hablamos de subir los ánimos, nada como las noticias que vendrían en los siguientes días desde la universidad. Quizás pensando en el tipo de cosas como las que me pasaron a mí durante esos primeros días de adaptación, las universidades acá tienen una semana que llaman la "Fresher's Week", durante la cual lo único que uno tiene que hacer es asistir a un sinnúmero de charlas repetitivas, donde se habla una y otra vez de cosas como la seguridad contra los incendios -acerca de los cuales los londinenses parecen tener una especial paranoia-, las reglas de la universidad, etc. Pero esta vez, las autoridades de nuestra universidad tenían un tema adicional muy agradable del cual hablar: una prestigiosa institución norteamericana había "rankeado" no hace mucho a la University College London como la cuarta mejor universidad del mundo.
Ellos, por supuesto, lo repetían una y otra vez con toda su satisfacción y orgullo, como buenos británicos que son. Yo sin embargo, debo confesarlo, empecé a temblar. Jamás he sido un buen
estudiante, y aunque creo que tengo una capacidad un tanto especial para
entender a profundidad las matemáticas y la física, estoy consciente de que
necesito mucho tiempo para llegar a esa comprensión, quizás mucho más que aquel
que la cuarta mejor universidad del mundo me pueda conceder. Además, muchos profesores de cuyo nombre no quiero acordarme se encargaron a lo largo de mi vida, día a día y muy sutilmente, de convencerme de que no era bueno, y esa es una lección que se aprende
muy fácil y se borra muy difícilmente.
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| Un evento en la UCL durante la Fresher's Week |
Un buen día, sin embargo, en la fiesta de bienvenida organizada
por el staff de mi residencia universitaria, un señor relativamente joven,
británicamente elegante y altivo, se dirigió a todos nosotros y nos contó que
era un científico de cohetes, que trabajaba para la NASA, para el proyecto
espacial europeo, y para la UCL, por supuesto. Y con su nítido acento británico
y toda su elocuencia nos dijo un par de frases que jamás olvidaré: "esta
universidad no se ha ganado su cuarto lugar en el mundo por nada. Y ustedes,
créanme, tampoco están aquí por nada... No sé qué tengan, porque no puedo saber
su caso individualmente, pero sé con toda seguridad que tienen algo especial,
todos y cada uno de ustedes, y ese algo les ha hecho ganarse el derecho de
estar aquí".
¿A quién creer? ¿A mis viejos profesores o a este señor?
¿Es verdad que tengo algo de especial? No lo sé, incluso ahora. Pero lo sabré
cuando haya terminado mi año de estudios, y seguramente ese es el objetivo
fundamental de mi aventura acá. Volviendo atrás, a los días en que luchaba por
completar los papeles necesarios para firmar el convenio de mi beca con la
Senescyt, recuerdo lo que una señora que trabajaba ahí -a quien prefiero
mantener anónima- me contaba. Me decía que de los dos mil y pico ciudadanos que
habíamos ganado la beca el año pasado, yo era apenas el número seiscientos y pico que llegaba a firmar el contrato. "¿Y el resto?", le
pregunté con asombro. Su respuesta fue que había muchos que se arrepentían, que
pesaron mejor el asunto de la familia, o que simplemente una cantidad como 60 ó
70 mil dólares no les importaba gran cosa. Después de una semana terriblemente
estresante en la que había tenido hasta pesadillas por la posibilidad de perder
la beca -por algún papel faltante o cosas como esas-, aquella declaración
simplemente me pareció inaudita. Y entonces, ante mi expresión de desconcierto,
ella me explicó, con cierta tristeza inevitable: "no tiene idea cuánto me
duele ver cómo se desperdicia esa plata destinada a las becas... Porque la
mayoría de los que se las ganan son gente que tiene incluso más de un millón de
dólares como patrimonio familiar, y no les importa nada perder o ganar ese
dinero. En teoría esa plata debería destinarse a los que menos tienen, ¿cierto?
Pero la realidad es lo contrario, porque es hasta lógico: más posibilidades de
pasar el examen de la beca, con sus requerimientos de inglés y todo eso, tienen
los que estudiaron en colegios bilingües y luego en la San Francisco u otra universidad parecida, ¿no lo cree?"
Me quedé en silencio, sin respuesta, golpeado por el peso de esa
lógica contundente. Y mi alegría al firmar ese papel en el que el Estado
ecuatoriano se comprometía a entregarme casi 70 mil dólares con la única
condición de que yo apruebe mis estudios y regrese a trabajar por dos años en
mi país, se mezcló con un sentimiento de indignación difícil de expresar.
¿Indignación contra quién? Pues contra mí mismo, y contra todos aquellos que alguna o muchas veces, como yo, han dejado pasar las oportunidades por el simple hecho de creer mucho más en esa vocecita que te susurra todo el tiempo que no eres capaz, que en una voz que te grita con acento británico que no estás en la cuarta mejor universidad del mundo de gana.
CONTINUARÁ....



maldita vocecita... no eres capaz... hay que exterminarla por completo.
ResponderEliminarComo diría Nick Vujicic " El miedo es la mas grande discapacidad de todas " Hay que arriesgar y triunfar
Pues si, eres muy especial.... Eso jamás lo he dudado! De hecho, siempre lo supe! Y lograste vencer esa voz, felicidades por ello!
ResponderEliminarYo...no sé si algún día llegue a sentir lo que tú sientes ahora, pero tus relatos me sirven como inspiración...porque en mi caso, ya no es una vocecita sino un VOZARRÓN!!