PRIMEROS DÍAS EN LONDRES - FINAL

Por: Holger Ortega M.


Irónicamente, estudiar en una de las mejores universidades del mundo es un destino que traté de evitar a toda costa: cuando recién empecé mi búsqueda de universidades a las cuales podía aplicar, esquivaba aquellas que ocupaban un puesto demasiado alto en el ranking, porque daba por hecho que ninguna de ellas me aceptaría con mi historial de notas mediocres y rebeldías académicas. Así que pasé sólo de vista por las páginas web de universidades como Cambridge u Oxford, y llegué a la sencilla University College London -de la cual antes no había escuchado ni siquiera el nombre- atraído únicamente por lo interesante que se escuchaba el programa de estudios, perfecto para un físico buscando estudiar modelos matemáticos de la inteligencia.
El Camden Market, antes un establo, ahora una "Calle Ipiales" londinense.
Tampoco conocía en aquellos tiempos, a pesar de la enorme fama que la precede, muchos detalles curiosos acerca de esta ciudad, Londres, una de las capitales del mundo. No sabía, por ejemplo, que se trata de la ciudad más cosmopolita del planeta Tierra -incluso más que Nueva York-, con un enorme 40% de población extranjera viviendo en su territorio. Así, en los primeros días me topé casi únicamente con hindúes -que son quienes atienden los negocios en su mayoría-, chinos y de otras nacionalidades asiáticas, africanos, árabes, europeos y norteamericanos, además de uno que otro latino. Esto convierte a Londres en una moderna Babel donde se puede escuchar mil idiomas mezclados con el inglés en una variedad increíble -y muchas veces inentendible- de acentos, donde todos sus habitantes luchan diariamente por tratar de entender y ser entendidos por el prójimo. Esto afecta en un sentido muy sutil, pero profundo, a nuestras mentes, porque la frase de "tratar de entender al prójimo" se vuelve aquí verdadera en el más amplio sentido de la palabra, llevándonos a una vocación de tolerancia máxima: vemos pasar por la calle una mujer cubierta con una túnica negra que deja ver apenas sus ojos, un hombre con barba y turbante en la cabeza, una chica preciosa con maquillaje occidental, minifalda y velo islámico en la cabeza, un caballero de avanzada edad vestido con un terno impecable de color rojo, un joven disfrazado de leopardo que parece haber extraviado la fecha del Halloween, venerables ancianas con el cabello teñido de verde o púrpura, entre otras muchas cosas extrañas, y sólo pensamos: "seguramente esto es normal en su país". O, llegado cierto punto, ya ni siquiera pensamos nada, y cualquier extravagancia pasa simplemente desapercibida. La tolerancia se vuelve entonces indiferencia, y da lo mismo si uno es latino, australiano, negro, blanco o amarillo, o si simplemente no existe. ¡Y esto se aplica, para mi asombro, incluso a mujeres de una belleza inconcebible, que en el Ecuador serían seguramente el blanco de diez mil miradas!
Una obra de Guayasamín en el British Museum
En una de mis salidas al British Museum, sin embargo, descubrí que había algo que tenía el poder de llamar la atención inclusive en Londres: mi camiseta adornada con una pintura de Guayasamín. Seguramente hay algo en esa obra, una sinceridad dramática acerca de la naturaleza humana, quizás, que hace que la gente salga de su indiferencia y regrese a ver a alguien de su alrededor.
Una de las cosas que me ha llamado mucho la atención en Londres es precisamente la capacidad que ha tenido el Ecuador para ubicarse en un lugar visible en el mundo y llamar la atención, a pesar de su relativa pequeñez territorial y poblacional. Nueve años atrás, cuando tuve la oportunidad de visitar Italia, decir que soy de Ecuador era insuficiente, porque nadie sabía de la existencia de tal país. Había que acompañar el nombre necesariamente con las palabras "Latin America", o con "Galapagos Islands" para que la gente tenga una idea del lugar del planeta del cual uno provenía. Ahora, sin embargo, me he encontrado con la grata sorpresa de que aquello se volvió innecesario, en la inmensa mayoría de los casos. Sea porque lo estudiaron en sus clases de geografía, porque saben de "Antoniou Val-lenciou", porque ellos o algún conocido ha visitado o vivido en el país (!!!), porque les han contado sobre la "eterna primavera" del clima allá, o porque han escuchado de Correa o -por supuesto- de Julian Assange, el hecho es que casi absolutamente todos saben de la existencia del Ecuador.
Curiosamente, al menos entre las chicas asiáticas, el Ecuador es conocido por un tema que jamás se me hubiera ocurrido: el concurso de Miss Mundo. Más de una me ha expresado su admiración por la belleza de las ecuatorianas que han participado en ese concurso, ante mi perplejidad debida al hecho de que jamás he seguido ese concurso y por tanto no conozco a ninguna. De todas maneras, por supuesto, me he sentido muy halagado y orgulloso por el hecho.
Más halagado y orgulloso me he sentido, sin embargo, por otra de las causas por las que estamos empezando a ser conocidos: nuestra presencia estudiantil acá. Ya no se me hace muy extraño que en alguna conversación algún estudiante de la UCL me cuente que tiene un compañero o compañera del Ecuador, y yo mismo he tenido la oportunidad en estos ya dos primeros meses de encontrarme con algunos. Esto es un motivo de optimismo con respecto a aquello del cambio del que hablaba en mi artículo anterior, más cuando al menos dos de esas personas, dos hermosas chicas quiteñas concursantes en este Miss Mundo intelectual, me expresaron que su ambición más grande con respecto a sus estudios era regresar y "aportar al progreso del país". Con esas palabras, textuales.
Una de las estaciones del Tube.
Sé que algunos pueden pensar que no hay razón para cambiar, no tenemos porqué copiar el estilo de vida de estas personas del primer mundo, maniáticos del trabajo, indiferentes, fríos. ¿Para qué? ¿Acaso no vivimos una vida más tranquila y más saludable allá en nuestras plácidas y generosas tierras ecuatoriales, rodeados del cariño y el afecto de nuestra linda gente, sin este estrés que amenaza con reventarnos la úlcera a cada rato? Créanme que a ratos comparto su punto de vista, especialmente ahora que tengo un montón de deberes encima. Pero les cuento que, una vez agarrado cierto ritmo de trabajo, uno empieza a sentir a pesar del cansancio esa emoción peculiar en la naturaleza humana: la alegría de crear. Imagínense, por ejemplo, que este año el metro de Londres (o Tube, como le llaman acá) está cumpliendo ciento cincuenta años de existencia. ¡Ciento cincuenta años! ¡El tren era quizás apenas un sueño en la mente loca de un Eloy Alfaro de 21 años cuando los londinenses estaban ya inaugurando un sistema de transporte público por debajo de su ciudad! Y no sólo eso, sino que el suyo fue el primero en el mundo, adelantándose incluso al de Nueva York (les encanta compararse con Nueva York en cualquier terreno en que puedan ganarle), lo cual quiere decir que se trató no solo de una excelente obra de gestión, sino además de una enorme obra de creación. Crear el mundo, inventar el futuro, ¿no les parece eso emocionante?
El Shard, el edificio más alto de Europa.
En mi concepto de las cosas, la posibilidad de creación está muy cerca del concepto mismo de la realización personal y la felicidad. Y viceversa, la imposibilidad de expresar ese potencial creativo puede volvernos infelices, apagados. Y ese el problema nuestro, más allá incluso del problema práctico que significa el que se desperdicie el talento. Una persona nace con talento para la música o la actuación en el Ecuador, y se encuentra con que debe tener vocación de héroe para poder cumplir con su sueño, al menos si nació en la clase media o media-baja. Acá tendría que estudiar mucho, pero se encontraría con una cantidad enorme de oportunidades: es increíble la cantidad de musicales, conciertos y obras de teatro -¡más incluso que las mismas películas de cine!- que se presentan todo el tiempo, en una cantidad enorme de escenarios. La cultura acá es una industria fértil -el sueño dorado de un buen amigo mío del Ministerio de Cultura del Ecuador- así como lo es cualquier otro campo de la creatividad humana.
Para mí fue muy emocionante enterarme, por ejemplo, que en mi universidad -me voy a contagiar del orgullo británico a partir de este momento, si me lo permiten-, dio clases Francis Crick, el co-descubridor de la estructura del ADN; hizo sus estudios de derecho nada menos que Mahatma Gandhi; y Ramsey descubrió los gases nobles, es decir todo el lado derecho de la tabla periódica. Pero no sólo eso: acá se conocieron -en una residencia estudiantil, como aquella en la que yo ahora vivo- cuatro estudiantes que después formarían la banda Coldplay; y acá en las mismas aulas en que tomo clases estudió su carrera de literatura inglesa uno de mis directores de cine favoritos: Christopher Nolan. Y seguramente en su corazón se quedó muy metida la universidad, porque se dio el trabajo de traer a Leonardo DiCaprio y Michael Caine a una de las aulas para filmar la escena en que ambos personajes se reencuentran en Inception, además de que ha filmado acá una que otra escena de su trilogía de Batman.
Por último, déjenme contarles que he asistido a una conferencia dictada por uno de los investigadores de la IBM que crearon a "Watson" (el computador que derrotó a los dos mejores jugadores humanos de Jeopardy) y salí con la impresión de que al fin y al cabo lo que ellos habían hecho no era en principio algo demasiado diferente de los algoritmos que veíamos en clases de Inteligencia Artificial. Este mundo de creación y exploración, me convenzo de ello, es algo que no está fuera del alcance de nuestras manos, de nuestro talento, de nuestra capacidad, en absoluto. Sólo es necesario que aprendamos a potenciarlo, nada más.
En ese "nada más", claro, está la parte difícil del problema. Como dije hace un par de artículos, yo mismo no sé cuánto puedo hacer, cuál es mi potencial. Por eso, al escribir este blog para mi pequeño público de amigos, me he expuesto: quizás, al fin y al cabo, yo no sea sino uno de esos típicos ecuatorianos que hablan y critican mucho, pero al final no hacen nada, ¿cierto? Quizás en realidad yo tampoco sabré como potenciar mi talento, y entonces todo esto de los logros de "mi" universidad no son más que fanfarronerías vacuas, ¿verdad? Pues sí, es posible. Pero como dije en un principio, he venido acá al primer mundo, entre otras cosas, a descubrir de qué estamos hechos, al igual que todos aquellos compañeros que tuvimos el privilegio y la enorme responsabilidad de ganar una beca y aceptar el reto.
Sabremos las respuestas -las mías, al menos-, dentro de diez meses, durante los cuales no pienso volver por aquí. Les dejo hasta entonces con unas cuantas fotos más de esta intensa y hermosa ciudad. ¡Hasta la vista!

El Royal Albert Hall, a días de la presentación de Buenavista Social Club.
Fachada principal de la University College London
El parque adonde salgo a trotar, el Regent's Park, cubierto de amarillo por el otoño. 
Uno de los muchos teatros donde se presentan musicales todo el tiempo

El Parliament, o Palacio de Westminster
Parte moderna de Londres, a orillas del Támesis

El famoso London Eye. En cada cabina pueden entrar cómodamente unas 30 personas . 
Un actor callejero saca provecho a su notable parecido con un famoso personaje británico.

Parliament Square, con el Big Ben al fondo.


Comentarios

  1. Felicitaciones Físico Ortega, yo fui su alumno en la UPS, que Dios le bendiga y que le vaya bien en su nueva aventura en Londres.
    Por cierto, la foto del Royal Albert Hall, esta estupenda, es uno de los mejores teatros a nivel mundial, tengo muchos videos de grandes orquestas que se han presentado allí, no lo conozco fisicamente.

    En la UPS nos hace mucha falta su presencia en Matemáticas Superiores, Metodos Numéricos, Calculo e Inteligencia Artificial...
    Suerte...

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