PRIMEROS DÍAS EN LONDRES - PARTE 3

Por: Holger Ortega M.


Mis "primeros días en Londres" se han convertido ya prácticamente en dos meses, contados con rapidez desesperante desde aquel 18 de septiembre en que llegué acá. Valga la oportunidad para recordar nuevamente aquella profunda sensación de novedad, la sensación de que en medio de cosas tan futuristas como el tren Express o el aeropuerto Heathrow, elementos simples como la luna o como la gravedad (que de pronto, una vez afuera de los ascensores, cayó con toda su contundencia sobre mis enormes maletas), eran completamente anticuados y fuera de lugar.
Con el tiempo, todos aquellos elementos anticuados han vuelto paulatinamente a su lugar en mi cabeza, y si bien esta costumbre peculiar de la Tierra de rotar con su eje inclinado crea situaciones curiosas como que la luna aparezca acá en una posición errónea -¡flotando sobre el horizonte con sus cuernos alineados en sentido vertical, cosa rara!- o que la luz del sol sea cada día un recurso más y más escaso, lo cierto es que he llegado a una etapa en la que siento que, al menos la gente, no es demasiado distinta de un lugar a otro de este globo.
Si tuviera que encontrar, sin embargo, una frase que defina a un ecuatoriano -o, en general, a un latinoamericano-, esa frase sería: "los ecuatorianos son personas que se dan la mano". Sí, es cierto, aunque no se dan cuenta por lo acostumbrados que están al asunto, se dan la mano, cada vez que se encuentran o se despiden. ¡Y no sólo eso: también se abrazan y se besan en la mejilla, en casos especiales! ¡Qué costumbre más exótica y hermosa, más especial y querida!
Damas y caballeros, eso no sucede aquí. Es cierto, nos prepararon mucho: en una charla preparada por la Senescyt, la presidenta de la comisión Fulbright nos advirtió del choque cultural, nos advirtió del sentido de espacio personal que tenían las personas del primer mundo, nos dijo que cualquier intento de acercarnos a menos de medio metro de distancia sería tomado prácticamente como acoso sexual. Sin embargo, nada podía preparar a mi corazón -lo entiendo ahora- para no sentirse al menos un poquito golpeado por el hecho de estar en un lugar y que alguien llegue y apenas emita su frío "hi" a dos metros de distancia, y que llegado el momento de su partida solo tome su camino y salga sin decir absolutamente nada. "No son maleducados, no tienen nada contra ti, sólo es que esa es su costumbre, así les enseñaron sus papás de chiquitos", me repito a mí mismo todo el tiempo, pero el corazón es un órgano que muy pocas veces entiende de razones, esa parece ser la verdad.
Sin dejar de valorar entonces -y extrañar, por supuesto- aquella rara costumbre de mi tierra, declaro que no existen diferencias fundamentales entre estos seres insaludables y nosotros. Damas y caballeros, ¡en principio somos iguales! Tenemos iguales miedos y defectos -algunos de los de acá incluso llegan tarde a clases, o hacen sus deberes a último rato-, tenemos las mismas necesidades básicas y no básicas -comer, ir al baño, tomarnos unas cervezas de vez en cuando-, y, sobre todo, tenemos las mismas capacidades, el mismo talento innato. ¡Es verdad!
Estando en el Ecuador, sin haber tenido quizás la oportunidad de haber salido nunca y comprobarlo con sus propios ojos, uno intuye la verdad de esta sentencia y se para entonces en los graderíos del estadio a gritarle a todo pulmón que "sí se puede" al individuo de raza negra y camiseta amarilla que espera a su contendiente extranjero allá abajo en la cancha. Aquel hombre -a veces un muchacho de apenas veinte años- se adueña de la frase, sí se puede, y entonces ya en medio del partido ve que su contendiente sale disparado detrás de un balón, y trata de seguirle. Pero no se puede, las cosas pasan demasiado rápido y de pronto toda aquella microhistoria de diez segundos termina en un gol del adversario. ¡Y no han pasado cinco minutos de iniciado el partido!
Hemos visto esta historia algunas veces últimamente, dejen a un lado por un momento la alegría por la clasificación y recuérdenlo. Y en esos momentos, debo confesarlo, yo he experimentado también ese "patriotismo pasajero" (como dirían los de enchufetv) seguido súbitamente por un sentimiento de indignación contra aquellos jugadores que se distraen con facilidad y pierden la fe y la ambición sublime de ganar y de levantar en alto los colores del tricolor nacional. Ahora, sin embargo, sé que nunca lo volveré a hacer, no volveré a arremeter contra aquellos muchachos, porque entiendo ahora que cada uno de ellos es un héroe; porque he experimentado en carne propia lo que se siente pararse frente a un gigante y ver sencillamente que, a pesar de lo que digan las barras, no se puede.
El ritmo con el que juega la gente acá sus partidos es desesperante. Los profesores avanzan a velocidades vertiginosas y las horas del día se quedan cortas al intentar seguirles, en un sistema de estudios para el cual aquello de la "evaluación continua" es simplemente una broma tercermundista: en algunas materias, hasta el 80% de la nota la constituye un solo examen, y solo el 20% los deberes, cada uno de los cuales puede tomar varios días enteros de trabajo. Yo he sentido entonces la desazón de no poder correr a ese mismo ritmo, el nudo en la garganta de ver un gol en contra y sentir que las ambiciones sublimes de ganar se ahogan en el desconcierto, mientras la vocecita del no se puede asume nuevamente su cruel gobierno en mi cabeza. 
Uno de esos días fui al grupo a capella de la universidad, al cual habíamos sido aceptados unos ocho nuevos miembros entre cincuenta y tantos aspirantes (los ecuatorianos tenemos talento). ¡Por fin -me dije en el camino hacia aquel primer ensayo- una actividad en la que soy realmente bueno! Orgulloso de mi paso por Clone y otros grupos vocales en el Ecuador, llegué al salón de ensayos del grupo, y las notas de una melodía preciosa y endemoniadamente complicada, provenientes del piano, me salieron al encuentro. Supuse que aquel chico al piano era el director -obviamente-, pero luego supe que era mi compañero de cuerda, nada más. El director llegó después y tras una breve introducción y felicitaciones por haber sido aceptados nos repartió las partituras y nos conminó a cantar. Entonces del grupo empezó a brotar enseguida una armonía que allá en el Ecuador habríamos logrado siquiera en tres ensayos. ¡Todos allí -simples estudiantes de medicina, de ingeniería, de neurociencia- leían partituras con una fluidez impresionante!
El Emirates Stadium, la futurista sede del Arsenal
Aquel día, entonces, gracias al toque de gracia de aquel ensayo, mi ánimo se terminó de desplomar. Para colmo, en la charla que siguió al ensayo mis compañeros de grupo -en su mayoría británicos- hablaban con una velocidad y fluidez absurdas, por lo que habían frases enteras que yo no entendía en absoluto. ¡Yo, que en el Ecuador sacaba las notas más altas en cada examen de inglés que se me ponía en el camino; yo, que siempre me había sentido orgulloso de saber al menos los principios de la lectura musical sin ser un músico de carrera, en este momento me sentí simplemente el último de la clase! Así debe ser como se siente -pensé- un muchacho que creció en la humildad medieval del valle del Chota y siempre fue el mejor en su mundo, y de pronto se enfrenta a un gigante formado en las instalaciones futuristas del Arsenal de Londres (de las que les comparto una foto para que tengan aproximadamente el sabor).
De las profundidades de mi amargura surgió entonces un deseo quemante: el de cambiar las cosas en mi país. ¿De qué nos sirve a los ecuatorianos tener talento, si no le damos valor agregado? Talento tenemos todos, aquí o allá, pero lo que hace la gran diferencia es el valor agregado que le damos a ese talento, y ese valor agregado se llama educación. Mi compañero de cuerda, Craig, a quien yo había confundido con el director, sabía tocar piano desde los 5 años, esa es la diferencia. ¿Cómo es posible que nosotros hayamos tenido durante años unas clases de música en las que, tras semanas y semanas de práctica, lo único que habíamos aprendido era "cantar" sin faltas el Himno Nacional? ¿O una enseñanza de inglés que tras doce años -¡doce años!- de estudio te arroja al mundo sin el conocimiento para desenvolverte en la conversación más elemental?
Esas son las cosas que sentí poderosamente que había que cambiar. Me imagino que parte de la intención de este programa de becas era llevarnos a sentir este fuego, esta necesidad imperiosa, fundamental, de cambiar esa realidad en el país, la realidad de la educación. La intención estuvo cumplida ese momento, entonces, porque esto pensé, con toda mi rabia: mil veces bienvenidos los cambios fundamentales en el sistema educativo, mil veces bienvenidas las clausuras de las universidades mediocres, mil veces bienvenidas las becas para los profesores de inglés a los Estados Unidos, mil veces bienvenidas las políticas de admisión restringida a las universidades, mil veces bienvenidas las políticas que se tengan que implementar, por cualquier medio, y los gastos (inversiones, con mayúscula) que se tengan que hacer, a cualquier costo, para cambiar esta realidad, mil veces bienvenidas las acciones que todos y cada uno de nosotros podamos tomar para aportar a ese cambio, desde nuestro propio campo de trabajo, mil veces bienvenidas las políticas de excelencia y exigencia en todas las instancias educativas.
Y, por supuesto, mil veces bienvenido también el aumento de sueldos -¡urgente!- a los profesores de ciertas universidades...
CONTINUARÁ...

Comentarios

  1. Estimado Físico Holger, el reto en el que usted se encuentra, me da la motivación para continuar y querer terminar mi humilde carrera universitaria, pero uno tiene todas las ganas de aprender y no sólo sacar un título, sin embargo la personalidad extraña, poca capacidad o mala gana de ciertos profesores me hacen pensar mucho (y muchas veces despechar), pero cómo usted dice es urgente que logremos un cambio, y bueno yo creo que el cambio se debe empezar desde uno mismo, tratando de buscar mejorar el sistema relajado en el que hemos crecido.

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  2. Es una gran realidad... pero hasta cierto punto no es perfecto, tienen casi todo, pero algunas personas del primer mundo no son felices, existe una gran tasa de suicidios en esos países. En Ecuador no gozamos de sistemas de calidad pero están cambiando las cosas, pero nuestra cultura, inteligencia y principios nos puede impulsar a ser mucho mejores, que otros.
    Como diría Santiago A. El Cambio empieza por uno mismo antes de criticar a los demás.
    Los Blogger de Holger Ortega, nos ayudan a conocer, reflexionar y crear conciencia, cambios, gracias Holger por este gran mensaje espero que los jóvenes que lean este blogger haga conciencia y perdure un cambio, bendiciones

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    1. Un hombre famoso dijo yo solo se que nada se y mi hijo Andrés dice las posibilidades son infinitas , muestra mente nos limita ,los prejuicios, la msldad el egoísmo , la injusticia nos ata ,nos encadena, rescatemos nuestro espíritu que es muy fuerte y seamos dignos mereedores de este mundo , que tu experiencia holger inspire a nuestros jóvenes ecuatorianos

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