Diarios de Motocicleta: Bellavista

Quien a los veinte años no es de izquierda, no tiene corazón,
y quien a los cuarenta no es de derecha, no tiene cerebro.
Winston Churchill

Hay algo que me gusta de la motocicleta más que cualquier otra cosa: su evocación de la libertad. Desde mis tiempos universitarios, en la segunda mitad de la década de los noventa, en que llevaba el cabello largo y soñaba con tener un día una moto y andar por el mundo como Lorenzo Lamas de El Renegado, hasta ahora que ya casi no tengo cabello pero sí -¡por fin!- una moto, la libertad ha sido mi tema preferido, mi concepto más amado. Debe ser por eso que mis películas, series y libros favoritos son títulos como Braveheart, Raíces, Bolívar, Juan Salvador Gaviota, ese tipo de cosas. Escenas como la ejecución del esclavo rebelde Macandal en una plaza de Haití, de La Isla Bajo el Mar de Isabel Allende, simplemente se me graban en la memoria, por siempre.
Quizás era ese mismo ideal, el de la libertad, el que inflamaba mi mente mientras Maholy me tomaba esta foto ahí en el Arco del Amor, cerca de Bellavista, Manabí:


Pienso ahora que en la cabeza de ella también revoloteaba ese ideal: solo así se explica que haya logrado capturar en su foto, con tanta precisión y belleza, la ilimitada libertad del mar, el cielo, las nubes... Y es que el haber llegado ahí los dos, un par de casi totalmente desconocidos, fue el producto de una suma de pequeños actos de libertad que empezó, quizás, en aquellos lejanos días en que yo llevaba el cabello largo y quería ser como Lorenzo Lamas.
Mi viejo amigo José Eduardo fue el que me dio el empujón final. Un día, hace no mucho, se compró una moto y sintió, me imagino, la sensación de libertad asociada a esos fierros sobre dos ruedas. Y le nació el deseo de compartir esa sensación con otras personas, así que empezó a formar parte de grupos de moteros con ese entusiasmo y esa pasión tan suyas por todos sus hobbies; y eventualmente dirigió sus esfuerzos a motivarme en la compra de mi propia máquina. Lastimosamente, para él, yo no comparto su instinto gregario, no me mueve la idea de ir en esas caravanas de motociclistas casi uniformados que a veces se ven en las carreteras. Quizás por eso mismo, José Eduardo -perceptivo como es de las particularidades del alma de cada persona de su entorno- decidió llegarme por otro lado: me comentó que Ernesto Guevara y Alberto Granado empezaron su famoso viaje por Latinoamérica en una Royal Enfield. Yo, que en mi vida había escuchado esa marca, empecé a investigar sus particularidades y su historia, y de pronto estaba embarcado en el proyecto de comprarme una Classic 350 para hacer realidad mi antiguo sueño de renegado.
Buena jugada, la de José Eduardo. Y es que uno de esos libros que siempre me olió a libertad fue precisamente Notas de Viaje, cuya edición de 1993 de la Casa de la Cultura Ecuatoriana aún conservo:


Este libro, en el cual se basó luego la película Diarios de Motocicleta (cuyo título he robado), me ha inspirado locuras como aquel viaje de mochilero que me llevó hasta La Paz, Bolivia, en el 2004; y terminó por darme también la última motivación que necesitaba para comprarme mi moto, recientemente. Cierto es que al fin no me compré una Enfield; cierto es que hasta ahora no he podido confirmar el dato de que haya sido esta marca la que usaron el Che y su amigo (de hecho, en todo el libro no encuentro referencias a marca alguna y en la película se habla más bien de una Norton 500); pero eso no importa. El punto es que ahora tengo mi moto, una modesta pero rendidora Pulsar NS200, y sobre su lomo he realizado ya mi primer viaje al estilo de los Diarios.
"Mejor cómprate una pistola", aconsejan aquellos que tienen muy presente que la motocicleta es un artefacto que entraña sus peligros e incomodidades. No es que viajar en auto, en tren o en avión no entrañe peligros e incomodidades, pero no se compara: aquellas máquinas ha sido diseñadas para dar mayor confort y seguridad, son burbujas metálicas, acolchadas y climatizadas, donde no llega el frío, el viento y otras miserias del mundo exterior. Para mí, eso es precisamente lo que me hace amar la moto: está abierta. Y al estar abierta, permite que entren todos los aspectos de la realidad.
Ese es el estilo de viaje que me gusta: abierto (volvamos a usar la palabra). ¡Como el del Che y Alberto Granado, que les saturó de realidad latinoamericana a tal punto que el primero terminó convirtiéndose en el ícono mundial de la revolución! Y así también, abierto, fue mi primer viaje a la playa en moto, por diversas circunstancias.
Todo empezó un par de meses atrás, en junio, durante una clase de Ecuaciones Diferenciales. Por esos días, el paro convocado por la Conaie había obligado a las instituciones educativas a suspender sus clases presenciales, por lo que habíamos regresado al horrible Zoom que aprendimos en la pandemia. La clase, entonces, estaba desarrollándose a través de esta plataforma, cuando el fondo virtual de uno de los estudiantes que participó ese día llamó mi atención. Era la foto de una playa soleada y limpia, de arena clara y mar verde refulgente. Bien podía haber sido una foto bajada de Internet, pero igual decidí preguntar: "oye Jordan, ¿qué es ese paisaje que tienes como fondo?". A lo que mi estudiante, Jordan Valdez, respondió: "es mi tierra, profe. Se llama Bellavista, le invito que nos visite...". Y así fue como germinó en mi mente el sueño de viajar allá.
La moto está abierta al cielo infinito que se despliega arriba, lo he dicho antes; pero eso no es suficiente para hacer que un viaje sea abierto. Los motociclistas casi uniformados que van en caravana, por ejemplo, no están en un viaje del todo abierto, considero yo. Su comunidad forma una burbuja invisible en la que la amistad y la camaradería -que es muy grande, yo lo he sentido- quedan confinadas a su gente, a sus compañeros de afición. Van por la carretera en grupo, se protegen unos a otros, llegan a un apartamento frente al mar en algún conjunto cerrado, disfrutan de la playa privada que les corresponde. Un viaje hermoso, ciertamente, pero no abierto. Un viaje realmente abierto se logra cuando un estudiante tuyo, que luego te enterarás ha sido pescador, te invita a pasar unos días en su tierra. Y más cuando, por algún capricho del destino o de la empresa de telefonía celular, te has quedado sin datos (y por tanto sin GPS) y no tienes otra opción que la de volver al viejo método de hablar con la gente y preguntar.
Mi primera escala fue en Los Bancos:


Pasé la noche en casa de mi hermana Xime, que vive ahí por motivos de trabajo, y así evité el impacto que tendría sobre mi espalda un viaje ininterrumpido desde Quito. Ahí, sentado sobre una gran roca en el río Blanco, traté de dispersar mi mente de las preocupaciones del viaje que tenía por delante: ¿me alcanzaría el dinero? ¿y si la moto se dañaba en algún punto de la carretera en medio de la nada? ¿qué tal si llovía en el trayecto? ¿me perdería en el camino sin GPS? Las típicas preocupaciones que suelen molestar a nuestra mente en estas circunstancias.
Mi estrategia con respecto a la falta de GPS fue la siguiente (a propósito, pude haber contratado algún nuevo plan de datos, es verdad, pero simplemente no me dio la gana): aprovechando el WiFi de la casa de mi ñaña abrí la ubicación que me había mandado Jordan y memoricé los lugares más importantes que señalaba el Google Maps como hitos del camino: Valle Hermoso, autopista E20, La Concordia, Ruta la Villegas, Puerto Nuevo, Pedernales, carretera E15. Además tomé una captura de pantalla del mapa, por si acaso, y me encomendé a la Virgen del Camino.
El día siguiente, día de mi partida hacia la aventura, era lunes de trabajo para Xime. Y como buen lunes de trabajo, amaneció lloviendo. Obviamente, la primera opción que surgió en mi mente fue la de aplazar mi viaje, pero la deseché de inmediato. Hice las últimas revisiones, cargué las alforjas sobre la moto, me equipé con la chompa, las rodilleras y el casco, puse la música en el Spotify y me dispuse a partir.
El viaje, en su primera parte, fue estresante. La lluvia era no más que tenue, pero la calzada estaba mojada y el visor del casco lleno de agua, por lo que tuve que levantarlo e ir lavando mi cara durante esa primera parte del trayecto. El clima se volvió progresivamente más caliente y más seco, para mi buena suerte, así que a la altura del recinto San Pedro ya pude bajar el visor y acelerar como es debido. El único peligro real que viví, en esta parte y en todo el viaje en general, fue un perro que se me cruzó como un rayo por delante y avanzó a salvarse por un pelo; afortunadamente porque, caso contrario, sangre de perro y de humano se habrían mezclado sobre el asfalto y yo no estaría escribiendo esto.


La llegada a Valle Hermoso fue para mí como un desfogue emocional. Quizás gracias al clima o al ambiente animado de este mediano pueblo ya costero, con su iglesia amarilla y su parquecito alegre, pude por fin soltar el estrés y disfrutar la experiencia. Me bajé a estirar las piernas y descargar mis aguas servidas, tomé algo en una panadería y le pregunté a la chica dependiente por dónde tomar la autopista a La Concordia. Ella me indicó un puente y yo por ahí fui hasta salir a la autopista E20, donde el viaje empezó a tomar su matiz político, como el del Che.
Las personas que me conocen saben que no soy un tipo dado a hablar de política, es un tema que desconozco mucho (especiamente en cuanto a sucesos de actualidad) y hasta cierto punto me duele, por lo que muchas veces, casi siempre, prefiero callar. Pero la verdad es que debajo de ese silencio la política bulle, mi mente se decanta hacia esa disciplina de manera espontánea, sin que nada la detenga. Entonces, ahí en la E20, no pude evitar que analice, que valore, que sopese, que reflexione en la enormidad de la obra sobre la cual giraban las ruedas de mi motocicleta: kilómetros y kilómetros, desde la salida de Valle Hermoso hasta el redondel a las afueras de La Concordia, de puro hormigón, dos carriles amplios por cada lado por donde se puede superar con suavidad los 100 km/h. ¿Es esta una de las carreteras de la red vial que hizo Rafael Correa, que sus detractores minimizan o devalúan, manchándola con acusaciones de corrupción o alegando que "solo hizo carreteras"? -me pregunto mientras disfruto, a plena intensidad, del recorrido en sí, de la homogeneidad de la superficie, del agarre perfecto de las ruedas sobre el hormigón, de la segura amplitud de la vía.
Lleno de esos pensamientos y con la música del Cuarteto de Nos sonando en el intercomunicador del casco, tomé hacia la izquierda para evitar mi entrada en La Concordia, y aguijoneé la moto por una carretera menos espectacular pero igualmente muy buena que desemboca a la vía El Carmen - Pedernales. En la "T" encontré una gasolinera con un minimarket en el cual atendía una chica de piel trigueña, bonita y en sus tempranos veintes, con quien conversé por un buen rato. De pronto me resultó curioso ver cómo la gente llegaba al minimarket, tomaba el producto requerido y se acercaba a pagar casi sin verla, para regresar enseguida a sus burbujas metálicas, acolchadas y climatizadas. Nunca supieron, por ejemplo, que el minimarket no pertenecía ni a la chica ni a nadie de su familia, que ella era solo una empleada ahí pero soñaba con estudiar ingeniería agrónoma (lástima que había reprobado el examen de admisión a las universidades por demasiadas ocasiones), que vivía en algun recinto cercano, creo que era el de Puerto Nuevo, el que da nombre a la gasolinera.
Solo cuando estuve sobre el asfalto de nuevo, y ya a varios kilómetros de ahí, se me ocurrió que pude haberle ofrecido mi ayuda: debería tener una tarjeta de presentación, pensé, en la que dijera "Holger Ortega - Resolvedor de problemas", con mi número de teléfono para que cualquier chica que quisiera prepararse mejor para un examen de admisión pudiera llamarme y recibir mis clases aprovechando de la existencia del Zoom. Punzado por el arrepentimiento me prometí pasar por allí a mi regreso, para ahí sí ofrecerle mi ayuda a la chica. En efecto, cuatro días después regresé por ahí mismo, pero entonces ella ya no estaba, no era su turno. No me quedó más que desear que le haya llegado mi consejo de que no se rinda, que vuelva a dar el examen, que lo apruebe y un día no muy lejano llegue a ser una buena ingeniera.
A eso de la una de la tarde llegué a Perdernales, tierra que visitaba por primera vez y que en mi memoria estaba asociada con el terremoto del 2016, cuando su nombre se hizo famoso por haberle correspondido el trágico honor de ser el epicentro. Sin embargo, en sus construcciones -al menos las que pude ver, claro-, no quedaba ni un solo indicio de que allí hubiera azotado un movimiento telúrico de magnitud 7.8, afortunadamente.
Mi llegada a Pedernales fue el feliz reencuentro de mis ojos con el océano, que me salió a recibir con la alegría de sus colores, sus olas y su infinito. No había visto el mar desde el 2019, cuando estuvimos en La Serena, Chile, con Karina Verónica (mi última novia) y su hija, para ver el eclipse total de sol. Si algo me había motivado a aceptar la invitación de mi alumno Jordan a visitar su tierra era precisamente eso: mi nostalgia del mar, mi necesidad espiritual de reencontrarme con él.
Luego de almorzar en un sencillo restaurante del malecón, y preguntando siempre a la gente (que había pasado a ser mi GPS), tomé la vía E15 con dirección a Jama. Antes de salir de Pedernales, sin embargo, me topé con las instalaciones de alguna dependencia de la Policía que llamó poderosamente mi atención, tanto que tuve que parar la moto y bajarme a fotografiar:


Sé que parece un cuartel abandonado en un pueblo fantasma, pero no: es un edificio funcional (la gente entra y sale) de una institución importante, en una ciudad viva y dinámica. ¡Más detonantes para que mi mente se desboque a pensar en política!
La vía que conduce a Jama es también de hormigón, aunque más estrecha y con fisuras, sin la perfección de la E20. Solo después me iba a enterar que se trataba de la famosa Ruta del Spondylus -cosas que suceden cuando uno no tiene megas en su teléfono. Por la Ruta del Spondylus, entonces, manejé una media hora hasta que en una parada de bus un muchacho me informó que me había pasado: Bellavista era en la anterior entrada. Cuando regresé y tomé esa entrada, me resultó lógico el porqué la había pasado por alto: junto a ella había una urbanización privada muy grande, con sus portones elegantes y cerramiento de moderno diseño arquitectónico, que prácticamente invisibilizaban al caminito estrecho pero bien asfaltado que bajaba hasta mi destino final.
Y así, al fin, llegué a Bellavista. Lo primero que hice, en medio de mi natural euforia por haber llegado con vida y estar frente al espléndido Pacífico, fue tomar esta fotografía:


En realidad, esas tres personas que aparecen en la foto son las únicas que habían en toda la playa. Incluso los negocios junto a aquella especie de malecón de tierra estaban desiertos, de manera que tuve que deambular un rato, huérfano de todo GPS, hasta que asomó una niña muy costeña a la que pregunté por el Hostal Fara, propiedad de un tío de Jordan, que era en el que tenía que hospedarme. Ella me guió con gran cordialidad hasta una estructura de bambú de dos o tres pisos, a la cual entré para encontrarme, otra vez, con un lugar desierto. Salí entonces de nuevo al malecón en busca de presencia humana -me empezaba a impacientar, pues de verdad deseaba establecerme luego del largo viaje- y a la salida de un negocio me topé, casi de frente, con una chica también muy costeña, alta (tanto que tenía que agacharse un poco para mirarme a los ojos) y de largas piernas bronceadas. Lo único que contradecía su apariencia perfectamente playera eran unos lentes de marcos negros más bien adecuados para una biblioteca.
Ella era Maholy.
Creo que lo primero que le pregunté es si conocía a un tal Jordan Valdez y, para mi sorpresa, sí, lo conocía. Es más, él era su primo, pero había salido de pesca desde muy temprano en la mañana y aún no había regresado. ¿De pesca? ¿Jordan Valdez, uno de mis mejores alumnos de Ecuaciones Diferenciales, el de las preguntas y observaciones brillantes que me exigían al máximo para salir del jaque casi todas las clases, el que inventó un nuevo método para calcular el instante en que un péndulo masa-resorte pasa por su posición de equilibrio a partir de su ecuación de movimiento... él era pescador?
Esa información me asombró profundamente, y así se lo comuniqué a la chica alta. Ella me miró complacida pero sin sorpresa: todos en el pueblo sabían que él era un talento. A todo esto, para cuando le conté quién era yo y por qué estaba ahí, ella ya lo sabía todo. En el Twitter había visto un hilo que a manera de conversación habíamos escrito Jordan y yo, donde él me informaba sobre la temporada de avistamiento de ballenas; y además él había contado a su familia que su profesor de la universidad iría de visita.
-Mire, allá están su hermana y su prima, venga se las presento -me dijo Maholy, dueña de una sonrisa perenne- y me llevó a una cobachita en la arena donde estaban dos chicas también muy costeñas y de clásica belleza manaba. Nayeli (la hermana) y Paola (la prima) me saludaron y me dieron la bienvenida con una cordialidad que me hizo sentir, desde ese momento y hasta el final de mi viaje, en familia. Paola me contaría luego que había tomado unos semestres en veterinaria pero que deseaba cambiarse de carrera (todo esto mientras limpiaba el apartamento de madera donde me habría de alojar las dos noches de mi estancia, pues resulta que sus padres eran los dueños del lugar). No era el Hostal Fara, porque Jordan nunca había confirmado mi reserva (¡maldición!); pero afortunadamente estaba disponible y el dueño podía ofrecerme un buen precio, ya que también era de la familia. No me quejo, porque además estaba justo al frente del mar y tuve la fortuna de amanecer tres veces con este espectáculo al frente de mi cama:


De hecho, Maholy me informó, muy divertida ella, que casi todo en esa playa era de sus familiares: la pizzería era de una tía, mamá de Sami (la niña que aparece en la foto con Correa que muestro más adelante); el restaurante era de su abuelita (también foto con Correa); la cobacha de los cocteles, "Caña Dulce", de otro tío; la tienda, del abuelito de Jordan; mi alojamiento y el Hostal Fara, de otros tíos -como ya he mencionado; y quién sabe qué más.
Tras establecerme en mi cabaña y dejar la moto en su estacionamiento de arena, salí a reunirme con Maholy, quien se había ofrecido (¿o yo se lo pedí?) a llevarme al sector de la playa desde donde quizás podríamos divisar a Jordan y avisarle de mi llegada. Así que fuimos caminando en dirección sur por la orilla del mar, descalzos, y nuestra conversación fue un disfrute mutuo que nos liberó de nuestras nociones de espacio y tiempo por un largo trecho. Solo ahora meto calculadora y Google Maps a esto y veo que caminamos alrededor de nueve kilómetros durante unas tres horas, más o menos, absortos en nuestra charla. Lo sé gracias a que marcamos un punto de llegada: la playa La División; y porque en nuestro recorrido nos soprendió la puesta del sol, al cual vimos encenderse al rojo vivo y perderse tras un mar negro, colmado de misterios, en un espectáculo precioso y magnífico. En nuestro camino de regreso, Maholy identificó la lancha de Jordan, estacionada frente a la favela de Don Juan, y allá fuimos a darle encuentro, por fin. Habrán sido cerca de las siete de la noche cuando llegamos ahí.
La denominación de "favela", por supuesto, no es oficial. Es solo un recurso más de Maholy para reírse en la cara de cualquier circunstancia. Ella, la licenciada en Marketing que ayuda a su padre con sus faenas de pesca, la chica de veintitrés años que a los nueve vio partir a su madre a buscar nuevas posibilidades en España y la espera hasta ahora, mira la vida con optimismo de coach motivacional y un amor tan inquebrantable y puro que conmueve, inevitablemente. En nuestro recorrido por la playa habíamos visto una casa hermosa en una de las urbanizaciones que se alzan en las privilegiadas partes altas de esa zona, y entonces ella me contó que desde esa casa la vista del mar era espectacular, maravillosa. Ante mi incredulidad y/o sorpresa al saber que ella había estado en esa casa, me contó que a veces hacía la limpieza en esas residencias, ayudándole a alguna de sus muchas tías. Y lo dijo con tanto agradecimiento y alegría, que la humilde palabra "limpieza" se diluyó bajo el poder de esa otra palabra, "maravillosa", ahí en la saliva de su boca.
Lo que Maholy llamaba favela es ese humilde barrio que se ve detrás de mí (se puede observar mejor en una foto que pongo más adelante, tomada en el día):


Aparezco yo sosteniendo uno de los mejores ejemplares de camarón producto de la excelente pesca de la jornada. Como a cualquier observador atento, me llamó la atención la disposición ordenada, geométrica, de las casas de aquel barrio; así que le pregunté a Maholy el por qué de dicha organización. La favela, dijo, fue construida para alojar a los damnificados por el terremoto. Yo no quise dar por hecho nada, así que pregunté quién lo había hecho.
-Fue Correa -me respondió Maholy-. El terremoto fue en el 2016 y ya para el 2017 estaban viviendo acá los que lo perdieron todo. ¿Usted cree que si el terremoto hubiese sido el año pasado, ahoríta tendrían un barrio nuevo donde vivir?
La pregunta era contundente y la respuesta obvia. Si el terremoto hubiese sido el año pasado, ya durante el gobierno de Lasso, esta gente estaría durmiendo en carpas donadas por organismos internacionales, pensé, mientras contemplaba la sonrisa de "no más preguntas, Su Señoría" en el rostro de Maholy. Era claro que teníamos un punto en común.
Volviendo al tema del camarón que tengo en la mano, debo aclarar que, en efecto, se trata de un camarón. Si bien en la materia de Ecuaciones Diferenciales Jordan fue mi alumno, en estos temas marítimos el alumno fui yo: me enteré que nunca hemos visto un camarón tan grande porque todo lo que hemos comido en la sierra es camarón de piscina, criado en cautiverio. Existe un camarón viviendo en libertad, en el fondo del mar, alimentándose de todo lo que un camarón debe alimentarse para alcanzar su esplendor natural. Para capturarlo, los pescadores deben salir a más de cuatro kilómetros mar adentro a tender sus redes, que se atan en serie, una a continuación de otra, hasta formar una especie de red de ecuavoley muy larga. Uno de los dos lados de la red debe hundirse hasta el fondo, por lo cual tiene atados pequeños pesos de plomo; mientras que el otro lado debe ser tirado hacia arriba, por lo cual tiene pequeños flotadores a todo lo largo. En esa red caen los camarones que se duermen y se los lleva la corriente, literal. Por ello, para tener una buena pesca es necesario conocer las corrientes submarinas, algunas de las cuales van hacia el sur, en determinada época del año; y hacia el norte, en otra.
Un momento: ¿cómo saben todo esto aquellos sencillos pescadores? ¿Acaso se han sumergido alguna vez con traje de buzo, submarinos e instrumentos de medición sofisticados para estudiar la fauna marina y las corrientes invisibles que influyen sobre ese ecosistema? Por supuesto que no. El enorme conocimiento práctico colectivo que tienen lo han ido adquiriendo por pura deducción lógica a partir de lo que observan desde sus lanchas, en la superficie. ¡Son como Humbolt, que logró determinar la existencia de la corriente que lleva su nombre, usando tan solo la rudimentaria tecnología de su tiempo -inicios del siglo XIX- y su fenomenal capacidad de análisis!
-¿Quiere verlo por sí mismo, profe, quiere acompañarnos a pescar mañana? -me dijo Jordan luego de observar mi rostro, que expresaba mi duda de quizás estarlo entendiendo todo al revés. Obviamente, yo quería ir. Le pregunté a Jordan si podíamos llevar a Maholy y, puesto que dijo que sí, me llené de expectativa por ese viaje, esa nueva aventura de descubrimiento. Seguramente Jordan lo notó, porque me dijo:
-Le advierto que no es fácil, profe. Podría sentirse mareado o cansarse. Pero tiene sus recompensas: podemos incluso ver las ballenas.
Con ese incentivo extra, me sentí todavía más emocionado, a pesar de las advertencias de mareo o cansancio: me imaginé a mí mismo vomitando en alta mar, exhausto y feliz. Solo cuando ya fuimos, tres días después, entendí en carne propia y en toda su magnitud lo duro del trabajo del pescador.
No, no nos pongamos dramáticos. Es cierto que es un trabajo duro, pero Jordan mismo confesó que se divertía mucho pescando; tanto que incluso hubo una época que dejó sus estudios para dedicarse de lleno a esa actividad y consideró la posibilidad de quedarse así por siempre, hasta que una afortunada coincidencia le hizo cambiar de parecer. En la cena que compartimos más tarde en la pizzería de su tía, nos contó a todos que un día le había escuchado a su hermana conversando con Maholy, diciéndole: "si yo tuviera el cerebro de mi hermano, hace rato que ya no estaría aquí". Lo más gracioso de todo es que Nayeli ya ni recordaba haber dicho eso, y por ende no estaba consciente del impacto que había tenido en la vida de su hermano, que ahora camina con paso firme a ganar su título de ingeniero eléctrico.
Durante esa cena en mi primera noche en Bellavista, donde compartí una pizza (sí, pizza en la playa) y una botella de vino con Maholy, Nayeli y Jordan, supe algunas otras cosas interesantes de mi alumno: estudió en un sencillo colegio de Jama, era cristiano (muy cristiano), no tomaba ni una gota de licor (apenas topó la copa que le extendí) y su único secreto para sacar notas excelentes era su capacidad para organizar su tiempo. "Yo nunca me he desvelado estudiando, solo hago las cosas cuando las tengo que hacer", nos dijo, como si fuera cualquier cosa, ajeno por completo a los desesperados esfuerzos que suele hacer su profesor por vencer la procrastinación, la impuntualidad, el dejar todo para el último -todos ellos defectos arraigados desde la infancia.
A la mañana siguiente, luego de trotar varios kilómetros por la playa (descalzo y apenas con mi terno de baño, aprovechando que no había nadie) fui a tomar el desayuno en el modesto restaurante de doña Albita, la abuela de Maholy y Jordan:


Modesto, sí, pero el comedor disponía de la más lujosa de las vistas al mar y la sazón de la señora era una cabal muestra de la famosa gastronomía manaba, así que me sentí plenamente contento de estar ahí. Para la tarde, Maholy y yo habíamos sido invitados a degustar un plato que el hermano chef de Jordan iba a preparar con la magnífica pesca del día anterior: arroz marinero con langostino gratinado, una exquisitez culinaria de restaurante fino en su humilde vivienda de Don Juan. Así que aquel día, el homenajeado sería mi paladar.
En realidad, no solo mi paladar. Nuevamente, mi espíritu se nutrió de historias -aquel alimento indispensable de todo escritor- gracias a que Maholy accedió a pasar conmigo buena parte del día, desde la mañana. Con ella tomamos un par de bicicletas descompuestas (la suya y la de su padre) y las subimos a una camioneta de alquiler para llevarlas a reparar a Jama, a uno de los pocos técnicos en varios kilómetros a la redonda. Cuando las tuvimos listas, nos montamos en ellas para emprender el viaje de retorno, y nuevamente fuimos hablando de mil cosas mientras pedaléabamos por las polvorientas calles de Jama, mientras pasábamos frente al abandonado museo que tenía cerradas sus puertas al público, mientras recorríamos el largo camino de tierra entre piscinas camaroneras que va desde aquella pequeña y desatendida ciudad hasta la casa de Jordan en Don Juan, donde nos esperaba la langosta gratinada.
Durante nuestras conversaciones, Maholy acuñó un término que conservo hasta ahora: la "lista de sueños". Y creo que fue ahí, en ese largo trayecto en bicicleta, cuando pusimos uno muy especial en la lista de ella: el de ser alcaldesa de Jama. Era un deseo remoto, con sabor a imposible, que ella abrigaba en su corazón. Muy entendible que soñara este tipo de cosas, porque incluso para un afuereño como yo, el abandono de aquel cantón resulta doloroso. Hay necesidad de infraestructura vial, de escuelas, de centros de salud, de todo. Esa misma mañana, para colmo, la hermana de Jordan me había contado su historia, en una conversación casual en la playa frente al restaurante de doña Albita: tenía dos hijas, gemelas, pero una padecía un serio problema de discapacidad física e intelectual, porque simplemente no había tenido una buena atención durante el parto. Allá en Guayaquil, adonde había tenido que ir a parar ante la falta de servicio en localidades más cercanas, se tuvo que poner en manos de la única doctora que había en la casa de salud: la profesional estaba tan cansada a esa hora que decidió apurar la intervención quirúrgica para poder irse a descansar. ¿Puedes no sentir dolor cuando sabes que esas cosas suceden en tu país? ¡Que una decisión tan básica de una profesional sobrexplotada en un día cualquiera termine afectando a un ser humano y toda su familia, por toda una vida! No es de extrañarse que una chica como Maholy sueñe con ser alcaldesa de su tierra.
La noche de ese mi segundo día en Bellavista fue como uno de esos días con los primos que recuerdas incluso cuando ya eres grande, porque con esos juegos sencillos y gratuitos fuiste simplemente feliz. Así mismo recuerdo yo el fútbol en la arena, descalzos, mi alumno, su prima y yo; o el juego de las canciones -que jugamos ya solo con ella cuando él se fue- en el que un jugador decía una palabra y el otro debía cantar una canción que contuviera esa palabra. Y recuerdo, y recordaré, que le gané una partida a Maholy cuando ella propuso "raíz" y yo canté:

yo te llevo dentro, hasta la raíz
y por más que crezca, vas a estar ahí...

Fue una de esas coincidencias que hicieron tan especial e inolvidable mi fugaz encuentro con esta chica. Pese a la oscuridad de la noche, que ocultaba la inmensidad de aquel mar que sonaba ante nosotros, pude ver su cara de sorpresa y entendí que mi canción era la misma que ella había pensado, y que no se esperaba que yo la supiera. De hecho, yo no la habría sabido, de no ser porque Natalia Lafourcade era una de las artistas preferidas de Karina Verónica, y entonces resulta que esto vendría a ser casi una comprobación de que uno se siente atraído siempre por el mismo tipo de personas, como si existiera una especie de "familia cósmica" que siempre estamos buscando y tratando de reencontrar.
Luego de amenizar la noche con un coctel en la cobacha de su tío, le fui a dejar a su casa y así terminó mi segunda y última noche en Bellavista. Para ese entonces, sin embargo, me resultó evidente que en mi pecho había crecido una sensación extraña, que creía perdida a mis cuarenta y cinco años: dolor por dejar un lugar. Y es que la madurez consiste en dejar de ser ese niño que lloraba cuando tenía que irse de la casa de los primos, para pasar a ser el padre que le dice a su hija que todo va a estar bien, que la vida consiste en una sucesión interminable de despedidas y que así es, que no hay nada que hacer, y no hay que llorar por eso. Pero ahí estaba: ese dolor infantil, ese deseo de no irme de aquel lugar jamás. ¡Al fin y al cabo no estoy viejo -me dije-: puedo soñar, puedo anhelar, puedo sufrir una despedida!
Hay algo bueno en estar ya terminando el primer tiempo del partido, no obstante: uno puede extender un poquito más sus momentos felices, con apenas un pequeño sufrimiento adicional de la billetera. Entonces decidí, apenas amaneció el miércoles, que me quedaría una noche más (y me habría quedado muchas más, de no ser porque me contactaron de Editorial Don Bosco para urgirme por unas fichas pedagógicas que debía entregar). El plan estaba hecho, entonces: me iría el día siguiente. Busqué al dueño del alojamiento -otro tío de Jordan, como he mencionado ya-, para preguntarle si mi cabaña estaba disponible y cancelar los valores correspondientes. Don Fernando Zambrano, que así se llamaba el tío, me indicó que no había problema y procedió a contarme la historia de su vida. Era otro de esos seres que abunda por ahí, que un día llegaron a Bellavista y no pudieron salir jamás. En el caso específico de este señor -que en realidad era tío político de Jordan-, la causa de que no haya podido salir jamás había sido la tía de Jordan en la flor de su juventud. "Le entiendo perfectamente, don Fernando", pensé yo para mis adentros. Luego procedimos a hablar de los otros dos temas recurrentes de conversación en ese pueblo: el terremoto y Rafael Correa. Todos tenían una historia que contar tanto de lo uno como de lo otro. En el caso de don Fernando -si no he mezclado ya en mi memoria todos los relatos-, el terremoto lo sorprendió en alta mar, luego de una calma extraña seguida de una especie de hervor del mar, sirenas que sonaban y después el navegar a todo motor hacia la orilla al darse cuenta de lo que estaba sucediendo. En cuanto a Correa, su historia tenía que ver con la vez en que el ex presidente visitó Bellavista de sorpresa, pues su hijo pequeño, que estaba de campamento en un hostal cercano, había sido reportado enfermo (o algo así). Dice don Fernando que la voz se corrió enseguida y todo el pueblo se volcó a la playa para tomarse fotos, incluída doña Albita (la del restaurante) que le invitó a almorzar en su local. Correa aceptó y almorzó, de hecho, en el mismo lugar donde yo había desayunado el día anterior. Un poco incrédulo, decidí que iría a desayunar ahí mismo ese día, para corroborar la historia.
-Luego fue a caminar con la gente y vio algo que le pareció un gallinero -continuó don Fernando-. Y cuando le dijeron que no era un gallinero, sino una escuela, mandó a llamar de inmediato al alcalde de Jama. ¡Ese man no se estaba con huevadas! Y cuando estuvo acá lo retó en frente de todos, ¡ese alcalde que ya era rojo de por sí, se puso más rojo todavía!
Reí de buena gana con el relato de don Fernando y me alegré con el final feliz de la historia: el lunes a primera hora había estado la maquinaria pesada del municipio reconstruyendo la escuela. Ojalá Maholy llegue a ser alcaldesa: seguro no necesitará que alguien le regañe para reconstruirlo todo.
Después de tan sabrosa conversación fui a desayunar, cual lo planeado, a la fonda de doña Albita. Me ofrecí a comprar yo mismo los huevos, que se le habían acabado, todo con tal de comer ahí. Y una vez establecida cierta confianza, por lo de los huevos y por mi papel de profesor en la vida de Jordan, le pregunté, como quien no quiere la cosa, sobre el terremoto y sobre Correa. En efecto, ella me contó una historia idéntica, y me hizo pasar a su casita de madera rústica para mostrarme la evidencia:


El resto del día lo pasé en una tranquilidad imperturbable. A media mañana (¿o a media tarde?), Maholy me agasajó con una de esas delicias que tanto extraño acá en la sierra: el batido de coco. Lo preparó en la casa de su tía de la pizzería, cuya cocina conocía como la suya propia, así como conocía la de Jordan y la de todo mundo. Ahí entendí esa manera tan peculiar que tenían los Valdez de concebir la propiedad privada: todo pertenecía a todos en la familia. De hecho, en el tiempo que transcurrió mientras Maholy preparaba mi batido, entró en esa casa todo tipo de primo e hijo de primo (supongo que eso eran) y usó los juguetes, la televisión, los muebles, todo, con la mayor de las confianzas y desenfados.
El plan estelar de ese miércoles -mi penúltimo día en Bellavista, ahora sí- era ir a algo que se llamaba "el Arco del Amor". Maholy era mi guía de turismo en esa playa, así que ella lo propuso y, sin embargo, ella misma decidió luego que no sería posible ir, porque la marea estaba muy alta. Sin querer entender porqué eso podía ser un impedimento, insistí en que lo intentáramos, como un niño encaprichado. Ante mi insistencia, Maholy aceptó y así emprendimos la caminata por la playa hacia el norte, no sé cuántos kilómetros, hasta que, en efecto, llegamos a unas grandes rocas que nos impidieron el paso, por lo alto de la marea. Descorazonado por nuestro fracaso, me dije a mí mismo que así mismo es la vida, una interminable sucesión de desilusiones; que hay que aprender a resignarse y no llorar por eso. Y entonces emprendimos el camino de regreso, resignados, cuando de pronto se me ocurrió una solución: ¡la moto!
En estas zonas del país, la motocicleta se mira de una forma completamente diferente que en la capital. Primero, tiene una importancia fundamental como medio de transporte, supongo incluso que hay más motos que carros; segundo, no se percibe como un arma mortal sino como una simple herramienta de trabajo. Quizás por ello, la gente toma de forma muy relajada su uso: no usan casco (peor elementos de protección más avanzada como rodilleras, botas especializadas o chompas con tecnología D3O), montan la moto más de las dos personas reglamentarias y circulan sin portar los documentos habilitantes, me imagino, porque no te encuentras allá con un policía ni para remedio.
Así que cuando le propuse mi solución a Maholy, a ella le pareció la cosa más natural del mundo y aceptó sin ningún problema (mientras en Quito habría resultado toda una muestra de valentía). Media hora después estábamos rodando por la Ruta del Spondylus hacia el Arco, obviamente al estilo costeño-playero: en camiseta, pantaloneta y sin otra protección para la cabeza que la gorra de sol.
Era la primera vez que viajaba yo de esa manera, y debo decir que lo disfruté un montón, especialmente el sentir el viento en mi cara: era la definición física, concreta, de libertad. Por otra parte, es posible que este estilo de viajar a la postre me haya salvado la vida, porque gracias a que no teníamos casco (el cual amortigua los ruidos externos, más cuando tiene un intercomunicador con música), pudimos detectar un sonido muy raro en el kit de arrastre. Bueno, en realidad quien lo detectó fue Maholy, y fue ella también quien me obligó a llevar la moto enseguida a un técnico para que la revise. Antes de ir al Arco, entonces, fuimos al técnico, y su diagnóstico fue inmediato: la cadena de la moto estaba a punto de ser chatarra. ¡No quiero ni imaginar lo que pudo haber pasado si no hubiéramos sabido esto a tiempo y la cadena se me rompía a 120 km/h en la autopista a mi regreso!
En fin, el punto es que sigo aquí, contándola; contando que llegamos al Arco del Amor sanos y salvos. La roca de forma caprichosa que da nombre a este lugar puede verse mejor en la siguiente foto, que tomé yo para capturar aquel encuentro entre humana y roca, el fugaz contacto temporal entre los veintitrés frescos años de aquella frente a los remotos milenios de ésta (me supongo que ya estaba aquí cuando floreció en estos lares la cultura Jama-Coaque, e imagino dos jóvenes enamorados de esa cultura precolombina mirando también la roca, tomados de la mano, y luego sobre la arena, haciendo su parte en la preservación de su raza).


El sol había caído ya detrás del horizonte y pronto se hizo la noche sobre nosotros, develando la existencia del infinito allá arriba. Como era un lugar tan solitario y aislado, teníamos una vista magnífica, y solo unas pocas luces domésticas y de alumbrado público nos impedían tener una visión totalmente perfecta del cielo. Gracias a ello pude mostrarle a Maholy las estrellas más importantes, la constelación de Escorpio, la franja lechosa de la Vía Láctea. Cuando estuvimos de regreso, sin embargo, pasamos por un sector donde había ocurrido un daño eléctrico y todas las luces de los postes al borde de la carretera estaban apagadas. Fue Maholy quien me hizo caer en cuenta de esto y quien, con su grito de "¡mire al cielo!", motivó que me estacione al borde del camino y apague el motor y las luces de la moto, para quedar sumergidos en una oscuridad total, gracias a la cual tuvimos, sin haberlo siquiera pedido, una visión ahora sí totalmente perfecta del universo sobre nuestras cabezas. Fue uno de los momentos más mágicos de toda mi vida.
Ese corto recorrido de regreso a Bellavista fue, además, lo más parecido a una escena de Diarios de Motocicleta que he experimentado: dos compañeros de viaje sobre una moto que sonaba a destartalada (el maestro no había reparado la cadena, solo había dado el diagnóstico y ciertas recomendaciones), rodeados por la sobrecogedora belleza de Sudamérica y discutiendo sobre las lacerantes realidades de nuestro continente: la pobreza, la desigualdad, los clasismos de toda especie. Debemos reconocer, sin embargo, que a pesar de las semejanzas, las cosas han cambiado mucho desde aquellos tiempos del Che. Sigue habiendo desigualdad y pobreza, cierto, pero ya ningún joven de estos días aceptaría una invitación a dejarlo todo y unirse a una guerrilla para dizque cambiar el mundo. Ellos tienen una mentalidad más empresarial, más capitalista incluso. Lo digo porque lo he visto muchas veces, y lo volví a ver en la pequeña y tranquila playa de Bellavista: estos chicos hablaban más bien de proyectos, de dinero, de superación personal y libertad financiera. Por ejemplo, en nuestros paseos por la playa podíamos ver -lo he contado ya- las lujosas casas que se levantaban sobre las colinas con vista al mar, y nunca escuché un comentario hostil contra eso. De hecho, Maholy calificó como "gente que ha sabido administrar bien su dinero" a los propietarios de dichas casas; y Jordan fue más allá: se mandó una frase que bien podría tener, sobre mí, el mismo efecto que tuvo sobre él la de su hermana cuando le punzó para que vuelva a estudiar.
-Si yo tuviera un sueldo de profesor universitario -dijo con malicia, mientras miraba a la urbanización privada allá arriba- ya me estaría comprando una de esas casas.
Era esa malicia típica de Jordan, que siempre intentaba encontrar fallas en mis clases, con la ambición de un buen aprendiz que reta a su maestro para extraer lo mejor de él. Es un chico brillante, pero además es el hijo de un pescador que ha sabido ver más allá: tuve la oportunidad de hablar con el señor, que es también dueño de un minimarket en Don Juan, y ahí me expresó cuán alto concepto tiene de la educación y la formación profesional, cosa que no es muy común en su medio.
Ese espíritu poco común, al parecer, se extiende a toda la familia: otro primo de Jordan, Jeremy, que aparece junto a Correa en la siguiente foto, es ahora un joven que estudia arquitectura, aunque también atiende la pizzería de su mamá; y Sami, su hermana, la niña de camiseta rosada y buzo negro, está por empezar su carrera de Negocios Internacionales en la UDLA, en Quito. Por poner solo dos ejemplos que conocí en mi estadía, aparte del de Maholy y Jordan.


El día siguiente, jueves 25, fue el de mi despedida, ahora sí. Me levanté muy temprano en la mañana para dirigirme a Don Juan, donde Jordan me esperaba para hacernos a la mar. Desde mi llegada a Bellavista me había ofrecido llevarme a pescar, y por fin su ofrecimiento se iba a ser realidad. A pesar de que la noche anterior se había malanochado, Maholy cumplió su palabra de ir con nosotros; cosa que reconocí y agradecí en mi interior. El equipo estaba completo.
El proceso es más o menos como sigue: la lancha (propiedad de Jordan, costo aproximado: tres mil quinientos dólares) se encuentra inicialmente en una especie de parqueadero de lanchas, en la arena, a unos cincuenta metros del mar. Entonces llega uno de los varios "camellos" que presta su servicio ahí y remolca la lancha hasta el agua (se llama así a una especie de tractor agrícola adaptado para este efecto). Una vez en la orilla, el camello da la vuelta y empuja con fuerza la lancha hacia el mar (con todos sus ocupantes ya adentro) de manera que alcance una zona con mayor profundidad y el piloto (Jordan) pueda bajar el motor fuera de borda (marca Yamaha, costo aproximado cuatro mil dólares) al agua.
Una vez lograda esta partida, que tiene su ciencia y su dificultad, viene un largo viaje mar adentro: largo en duración (se estima unos cinco kilómetros, que se cubren en quince o veinte minutos) y largo por lo tortuoso que puede resultar. Contrario a lo que yo había vivido en cualquier otro viaje por mar, el viaje en aquella lancha tan pequeña y liviana -en comparación con los ferris o los barcos turísticos- me sorprendió por lo violento y maltratador. La lancha se estremecía al chocar contra las olas, elevándose a veces muy alto para luego caer con toda la fuerza sobre un mar duro como el concreto; el agua espumosa y salada volaba en chorros por efecto de la forma hidrodinámica de la embarcación, de manera que al llegar al punto terminamos completamente empapados, de pies a cabeza.
En aquel punto, donde el instinto cuasi-científico de Jordan le indicaba podía haber buena pesca, colocamos la boya con bandera plástica que sirve de guía visual para saber dónde empieza la red. Luego ésta se va soltando poco a poco, desplazando la lancha por medio de estertores cortos del motor, hasta cubrir una distancia de unos cien metros. Ahí se suelta la otra bandera guía, y el arreglo todo se deja por varios minutos u horas a que realice su labor. Todas estas maniobras deben realizarse con las manos, de manera que es necesario tenerlas libres; por ello, la habilidad de mantener el equilibrio de pie sobre una lancha que se mueve todo el tiempo, mecida por el mar, es fundamental. Es una habilidad que los pescadores (en este caso Maholy y Jordan) dominan con maestría, pero que al resto de mortales nos parecerá casi imposible. 
Debo decir de una vez por todas que mi pesca fue muy decepcionante. Cuando recogimos la red (yo tomé parte activa del proceso, a pesar de mi deficiente equilibrio), nos encontramos con apenas un camarón, un único pez con valor gastronómico, y un par de otros pececillos que solo servían para alimentar a los pelícanos (Maholy regresó uno de ellos al agua, salvándolo de la red y de las aves voraces). Con esto me di cuenta de que el proceso todo depende de unos pocos factores que se controlan y de muchos otros que ni siquiera se conocen; de manera que la pesca puede ser abundante, como un golpe de suerte en el casino (así había sido el día en que yo llegué a Bellavista); o puede ser flaca y decepcionante como la que me tocó a mí. Por eso, cuando hay esos golpes de suerte, los pescadores pueden pasar un día entero en alta mar para no desperdiciar su oportunidad.
He mostrado ya el tipo de camarón que se captura mediante este procedimiento en el mar. Ese es el "verdadero" camarón, según Jordan: ¡ni punto de comparación con el "de plástico" que comemos en la sierra! (según Jordan también). En realidad, resulta que el valioso fruto de tan sacrificado trabajo va a parar sobre todo al extranjero, es un producto de exportación. Y aunque esta palabra, exportación, suene tan bonita, esconde un aspecto oscuro: el cotizado camarón ecuatoriano le significa una ganancia sustancial no al pescador, sino al intermediario, el que jamás ha puesto un pie en una lancha ni ha tensado con sus manos una red.
Que así es la vida, desde el principio de la civilización, todo el mundo lo sabe. Que sea o no justo, ese es otro tema. La humanidad se divide en torno a la respuesta a esta disyuntiva. Yo, por mi parte, pertenezco al grupo de los que piensa que no, no es justo. Reconozco el mérito que tiene el que comercia, el que logra los acuerdos y mueve los hilos que permiten que un barco gigante recorra medio planeta para llevar el producto a su destino, pero creo que sería ingenuo o hipócrita desconocer que una parte muy importante del éxito de su empresa se debe a los contactos, las palancas, los padrinos en el gobierno o las corporaciones implicadas, que a su vez se deben a una posición de privilegio ocupada desde el nacimiento (con sus muy honrosas excepciones). Y me van a disculpar, pero que un hecho tan fortuito y casual como el lado del mundo donde naciste determine con tanta importancia el valor que va a tener tu trabajo, no me parece justo y nunca me parecerá. ¡A la mierda la frase de Churchill que puse al principio de esta entrada de blog! A mis cuarenta y cinco, sigo siendo de izquierda, y eso no significa que no tenga cerebro: lo tengo, y mucho, y me preocupo siempre de nutrirlo con la información que, en el transcurso de la historia de la humanidad, han ido generando las mentes más brillantes que han pasado por este mundo. ¿Quién se atreve a tildarnos de tontos?
Luego de dejar la extensa red de ecuavolley en el fondo del mar para que haga su trabajo, Jordan se dispuso a cumplir otra de sus promesas: llevarme a ver las ballenas. Nos internamos entonces aún más adentro en el mar, siguiendo ese instinto tan refinado que tienen los lugareños para detectar cualquier cambio mínimo en el color del agua, imperceptible para el profesor de ciudad. Y sí, logramos ver algo: una ballena saltanto a lo lejos, chorros de agua señalando la presencia de otra, cosas hasta cierto punto insignificantes en relación a las expectativas que tenía. Pero entonces todo fue compensado cuando una de esas criaturas maravillosas nadó junto a nosotros, a no más de tres metros de distancia, coloreando el mar a su alrededor de un color azul intenso, luminoso. Yo observé el espectáculo con la boca abierta (literal), feliz, lleno de amor por ese criatura magnífica, hermana nuestra, que nos había regalado su compañía imponente.
Entonces se me vino a la mente -cosas raras del cerebro- el último libro que leí con mi hija Manuela: Moby Dick. En esta novela clásica, Melville narra la locura del capitán Ahab, un hombre obsesionado con la idea de vengarse de la ballena que le ha cercenado la pierna. Cuando la leíamos con Manu, no podíamos dejar de extrañarnos ante el punto de vista del capitán, que concibe a su "enemiga" como un monstruo terrible y maligno mientras comanda un barco ballenero capaz de dar muerte a estos animales de las formas más crueles. Es el punto de vista del hombre "civilizado" del siglo XIX, el de los imperios globales de una Europa que se repartió el mundo por la fuerza de su poderío militar y naval; y de la naciente potencia del norte, Estados Unidos -la tierra de Melville-, que empezó a seguir ese ejemplo con gran efectividad.
Mirando a la ballena que nadaba a tres metros de nosotros en su estela azul, me pareció totalmente estúpido que alguien pudiera preferirla ensartada en un hierro gigante antes que así, libre, viva, sublime. ¿Por qué los seres humanos han preferido tantas veces la muerte sobre la vida, la esclavitud sobre la libertad, el odio y todas sus formas (clasismo, racismo, machismo) sobre el amor? En el caso del tráfico de ballenas, me imagino que esas empresas hicieron grandes fortunas gracias a su predilección por la muerte, con lo cual sus dueños pudieron presumir ante sus amigos sus relojes de oro, sus tierras con negros para cultivar el algodón, sus mansiones ostentosas y grandilocuentes. ¿Me van a decir que eso sí es inteligencia? Ser indolente ante el sufrimiento y la muerte solo para que tu "alta" sociedad te alabe, elevarte sobre la espuma falsa de la vanidad y la soberbia, sin que te importe aplastar al resto, ¿eso es ser inteligente? Nuevamente lo digo: no estoy de acuerdo con la frase de Churchill, por muy brillante o muy Primer Ministro de Inglaterra que haya sido, al diablo con el man. Además, averigüé en Internet y parece que la frase nunca fue dicha por él. Igual, fuck Churchill!
La siguiente es una hipótesis probable, que se podría comprobar con un poco de datos y una computadora: la tendencia política de un individuo no tiene que ver tanto con su cerebro racional, como con su emocionalidad. En mi caso, reconozco que mi afinidad por la izquierda (e incluso por las alas más radicales de esta tendencia, como el socialismo) no se debe a que yo sea inteligente o tonto: se debe más bien a mi temperamento. Carezco de la codicia, me falta esa necesidad imperiosa de mostrarme ante la sociedad y recibir su halago, no me quema el deseo de tener un carrazo o una mansión en un barrio exclusivo. Tengo mis ambiciones, pero son muy diferentes: dejar una huella en el mundo, un legado, la semilla de un cambio; ese tipo de cosas. Con ese temperamento tan soñador e idealista, me sería bastante difícil dirigir una empresa o levantar un imperio. Dejo eso a mis amigos de derecha. Yo me dedico a mis vainas: dictar clases, hacer libros y canciones, escribir un diario de viaje en un blog que quizás nadie lea.
No, no quiero cambiar a nadie, por la simple razón de que no creo que mi manera de ser y pensar sea "la correcta". De hecho, reconozco que es en gran parte esa manera de ser y pensar la que me llevó a mi divorcio, hace más de diez años, y muchas veces he sentido, con lágrimas en los ojos, que cambiaría toda mi libertad y mis ideales elevados por la posibilidad simple pero preciosa de vivir con mi hija, la posibilidad de llegar a la playa no solo y no en moto, sino con una familia, mi familia. 
Mi manera de ser y de pensar no es la correcta, es solo mi manera. La tengo solo porque no puedo cambiarla, como quizás el empresario con mentalidad pragmática que engaña a su esposa para poder seguir viviendo con sus hijos tampoco puede cambiar su manera de ser y pensar, pues es su manera. No tiene sentido entonces que nos juzguemos, que nos odiemos o que querramos cambiarnos mutuamente, porque un mundo de iguales no es ni posible ni deseable. Bastaría con aprender un poquito uno del otro: yo podría ser más práctico y proponer tesis útiles en la universidad, como una app que ponga en contacto directo al pescador con el consumidor o un sistema de Machine Learning que prediga en qué lugar habrá más pesca el día de mañana (la única tecnología del siglo XXI que usan por ahora los pescadores artesanales es el localizador GPS que les permite volver al lugar donde tendieron sus redes). Y mi amigo empresario de derecha podría ser un poquito más romántico, sensible y abierto, mezclarse con la gente, hacer cosas inútiles como mirar una puesta de sol o jugar un juego de canciones. 
Cierto que eso de ser abierto tiene sus contras: es mucho más seguro y cómodo mantenerse en la burbuja. Y claro, es entendible que el mismo amor a sus hijos le lleve a mi amigo a mantenerlos protegidos del mundo; al fin y al cabo a mí también me aterra que algo malo le pudiera pasar a mi hija. ¿Qué sucedería -me pregunto-, si en unos años ella decide seguir mis ideales, comprarse una moto y largarse a viajar por el continente hasta la Patagonia? ¿Y qué tal si en esa aventura tiene un accidente fatal y se muere? El sentimiento de culpa sería insoportable, obviamente (lo sé porque incluso por mi amiga María Cristina, que al parecer se va a comprar una moto siguiendo mi ejemplo, me siento responsable... ¡y eso que solo es mi amiga!). Creo que aún así, sin embargo, mi respuesta a mi hija sería sí: que se vaya y que viva todo lo que tenga que vivir. Quiero que ella sea, sobre todas las cosas, una mujer libre: ¡no en vano se llama Manuela, por Dios!
Luego de nuestra jornada en el mar, Maholy, Jordan y yo regresamos a Don Juan para la despedida. Esta es la última foto que me tomé allá, con mi alumno de Ecuaciones y profesor de pesca (quien además me regaló un buen cargamento de pescado de su jornada milagrosa del lunes). Se puede apreciar, ahora sí con toda claridad, su "favela":


Con mi cargamento de pescado y de nuevas experiencias y sueños, trepé la cordillera en mi querida moto hasta Los Bancos y luego hasta Quito, después de cambiar la cadena apenas pude, claro (en Pedernales). Aquel viaje de regreso fue de lo más relajado: un paseo para contemplar el paisaje, comer, escuchar música, conversar con la gente del camino y entregarme a los pensamientos que bullían en mi cabeza y que ahora, por fin, he plasmado en el papel virtual de este blog. En ese viaje pensé en Sami, la niña de la foto con Correa que ahora va a empezar su carrera en Negocios Internacionales en la UDLA; pensé en Jeremy, el futuro arquitecto; pensé en Jordan y su camino brillante hacia la ingeniería eléctrica (que ojalá no se vea truncado por los problemas económicos de su familia, caso contrario tendríamos que intervenir de alguna manera). Y pensé, por supuesto, en Maholy, con una persistencia casi dolorosa, durante todo el camino. La despedida con ella había sido muy emotiva, y ahí me había ofrecido averiguar a un amigo suyo acerca de unos terrenos que planeaba lotizar ahí, en Bellavista. Y es que Maholy había escuchado también la frase de Jordan ("si yo tuviera un sueldo de profesor universitario ya me estaría comprando una de esas casas") y sabía del impacto que había causado en mí. Al respecto, yo le dije que en realidad no me gustaría vivir en una de esas casas de urbanización privada, pues no me gustan las burbujas; pero que sí me seducía, en cambio, la idea de vivir en la playa de Bellavista, con la gente común y corriente y maravillosa que ahí había conocido.
En mi viaje a Chile con Karina Verónica visitamos la casa de Neruda en Valparaíso y nos quedamos fascinados con la magia que se respira aún es esa casa-museo, donde se conservan hasta las pantuflas del maestro junto a su cama. Su dormitorio, de enormes ventanales, parece el puesto de mando de un buque que mira directamente al infinito del mar, con lo cual no es de extrañarse que haya podido escribir los versos más tristes una noche y ganar, con eso, el Premio Nobel de Literatura. ¿Qué tal si un día yo pudiera vivir de mi escritura, renunciar a la universidad e irme a vivir en Bellavista para mirar directamente al infinito del mar todos los días y seguir escribiendo hasta que se acabe todo? Para entonces, Jordan habría inventado ya una variedad de artefactos eléctricos para facilitar la vida de los pescadores, Sami estaría cerrando negocios para llevar el camarón a los mercados del mundo, destinando el grueso de las ganancias a los productores, y Maholy estaría coordinando todo desde el municipio de Jama, como una alcaldesa honesta y capaz, preocupada únicamente por el bienestar de su gente.
Soñar no cuesta nada. Y menos bajarse del Internet un modelo de la casa que uno quisiera construir en aquella playa en la que vivió momentos tan inolvidables, y en la que quedó parte de su corazón. Una casa que sería diseñada por Jeremy, por supuesto...

Comentarios

  1. Que Maravillosa trayectoria! Anhelando con ansias visitar y conocer la calidad de familia que tiene mi querida Maholy acompañada de aquella atracción turística ✨

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    1. Qué bueno haber generado ese efecto en ti, Melanie. Disfrutarás mucho tu viaje cuando vayas, si eres conocida de Maholy seguro te harán sentir en familia!!

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  2. Genial relato amigo Holger imposible no mirar lo maravilloso de la vida en este mundo caótico, la libertad en dos ruedas y los sueños

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    1. Mi estimado Mauricio, me alegra mucho saber que pudiste escapar de este "mundo caótico" en la moto de la imaginación, gracias a mi relato! Un abrazo...

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  3. Que bonito lectura, le dedique toda mi hora de almuerzo y un poquito más, gracias por generar estas historias reales que nos transportan a soñar y por qué no cumplir nuestros sueños. Saludos pana CSB

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    1. Me dejas en la intriga por tu identidad, mi pana CSB! Pero bueno, te agradezco mucho tus palabras, saber que dedicaste tu hora de almuerzo a leerme me motiva mucho a seguir en este camino de escritor, que es una certeza del alma pero una incertidumbre para el bolsillo jeje. Saludos, un abrazo!!

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  4. ¡Qué maravillosa crónica de viaje! Me transportó a la libertad sobre la moto, la noche estrellada, lo sublime de la ballena en plenitud y, sobre todo, a la amorosa acogida de mi gente manaba! Y sí…¡Fuck Churchill!

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