Buenos propósitos para el 2023
El 2022 fue tan flojo para mí, en lo que a realizaciones personales se refiere, que lo mejor que me pasó fue un triunfo ajeno de un país que no es el mío en un lugar remoto que quizás nunca llegue a conocer en la vida. Estoy hablando, por supuesto, del campeonato que consiguió Argentina en el Mundial de Fútbol de Qatar 2022. De mi parte, por puro mérito propio, no conseguí ningún título, campeonato, medalla, diploma, premio, reconocimiento, nada. Lo más cerca que estuve de lograr algo fue el accésit (es decir, una especie de mención de honor) que obtuve en el IV Certamen Internacional de Relato Breve "Ecoparque de Trasmiera", España, dotado con premios de 1000, 500 y 300 euros, de los cuales no me tocó ni un euro porque los accésit no tienen premio económico.
Cierto es que he disfrutado de momentos chéveres, aprendí a manejar moto y me compré una, viajé a la playa, conocí gente maravillosa; pasé muchos momentos agradables, día a día, con la gente bonita que ya conocía; jugué, bailé, compartí, conversé, leí libros geniales, vi series y películas increíbles, conseguí un nuevo gatito, puse en orden mis finanzas y viví una vida tranquila y equilibrada, todo el año. Pero así lo que se diga lograr metas y cumplir objetivos, no, no lo hice. Ni siquiera cumplí mi objetivo económico del 2022, que me había puesto siguiendo el consejo central que da Napoleon Hill en su libro Piense y Hágase Rico. Muy mal.
De alguna manera, lo que hice estos doce meses fue mantenerme de pie, nada más, y hacerlo con la mejor cara posible. En enero terminé una relación de tres años con una mujer a la que amé y con la que me soñé compartiendo el resto de mi vida, así que imagino que es normal que las cosas no me hayan salido del todo espectaculares y que el fútbol de la Scaloneta (que así se dio por llamar al equipo dirigido por Lionel Scaloni) haya sido lo único que me dio una alegría extraordinaria, más allá de las pequeñas alegrías cotidianas.
Podríamos decir que el fútbol es el nuevo opio del pueblo, que se trata solo de un negocio muy lucrativo sostenido por millones de idiotas capaces de dar su vida y su dinero para ver a once tipos en pantaloneta corriendo detrás de una pelota, etcétera. Pero yo creo que el fútbol representa mucho más. Hay lecciones de vida en cada campeonato, en cada fase, en cada partido; lecciones que, gracias al fútbol, se nos meten en el alma y la memoria de una manera más contundente, memorable, entrañable.
En mi caso, la vaina fue así: llegué al domingo 18 de diciembre, día de la final contra Francia, con el corazón en la boca. Gracias a mi amiga Emilce —una argentina a quien conozco desde hace siglos y que me mandó en cassette el himno de su país cuando éramos jóvenes—, la canción patria de los albicelestes me suena familiar. Dan las 10:00 en mi país, el árbitro pita el inicio del partido, se mueve el balón. En el minuto 20:51, Di María provoca un penal que es cobrado por Messi: gol para Argentina.
Por el minuto 35, apenas 12 minutos después de este primer gol, toque de Julián Álvarez a Mac Allister, pase de éste a Di María, entre los tres se comen media cancha y la jugada maestra termina en gol del Fideo.
Grito los goles como si hubiera nacido en Buenos Aires, pero sé que el tempranero 2-0 no es garantía de nada: este Mundial nos enseñó eso. Así que temo que pueda pasar lo mismo que le sucedió a la misma Argentina con Países Bajos o a Brasil con Croacia, que las tortilla se les vire en el momento menos pensado (lo cual no parece muy probable, pues Francia estaba siendo completamente dominada en este partido, pero podría suceder). Por un momento, me vuelvo creyente y ruego con total devoción que no se vire ninguna tortilla; sé que los goles del equipo que va perdiendo le ponen emoción a cualquier partido, pero yo ya no quiero más emociones, gracias. Además, ese día tenía que verle a mi hija a las 13:00, íbamos a salir con ella, mi hermana y mi mamá por el cumpleaños de ésta, así que me convenía que la cosa termine pronto.
En este punto, y ya que todo el mundo sabe lo que pasó después, voy a retroceder un poco en el tiempo para contar algo que probablemente a más de uno le parecerá raro, dada la pasión con la que he narrado los primeros minutos de "la mejor final de la historia de los mundiales": el día del partido de Argentina contra México, en la fase de grupos, tuve una reunión social con mis compañeros del grupo de investigación al que pertenezco. Argentina venía de perder 1-2 contra Arabia Saudita y México de empatar 0-0 contra Polonia, así que el partido era de vida o muerte para ambos, especialmente para Argentina. Durante todo el primer tiempo no hay goles, parece imposible penetrar el arco del Memo Ochoa. Entonces alguno de mis compañeros me pregunta: "¿a quién le vas, a Argentina o a México?" y yo me pego un confuso discurso retórico que decía que en realidad no sé bien, pues ambos son latinoamericanos y, aunque me gusta Argentina desde los tiempos de Maradona, considero que México es más cercano a nosotros los ecuatorianos por raza, ascendiente y contexto histórico.
¡Basura! En realidad yo le iba a Argentina, punto. He sido hincha de ese equipo desde que Salvador Bilardo lo llevó a ser campeón en México 86, bajo la capitanía genial de Diego Armando Maradona. Tenía yo nueve años en ese entonces, no sabía de retóricas ni de lógicas, de razas o contextos históricos: solo sentía, vivía, vibraba. Pero crecí y aprendí a engañarme a mí mismo cuando tengo miedo, cuando siento que no voy a poder ganar; aprendí a renunciar y a soltar a mis equipos —de fútbol o de cualquier otro juego de la vida— amparado por no sé cuántos argumentos razonables que me justifican. Pero, en el fondo y siendo muy, muy honesto, solo se trata de miedo. El omnipresente y poderoso miedo.
El golazo de Messi en el minuto 63' y el de Enzo Fernández en el 86' hicieron que todos mis velos se vengan abajo: festejé los goles como cuando era ese niño de nueve años, espontáneo, auténtico y libre, provocando el divertido asombro de mis amigos. Le iba a Argentina y estaba feliz de que le ganara a México 2-0, no había lógica en eso pero era verdad, una simple y llana verdad.
Y ya. Todo el resto del Mundial de Qatar 2022 lo viví bajo la piel del niño de nueve años que alguna vez fui. Gracias a ello, sufrí la eliminación de Ecuador como solo un niño puede sufrir y gocé sus goles como solo un niño puede gozar; me angustié hasta la exageración cuando Países Bajos empató a Argentina en el último minuto y provocó los alargues, y celebré como loco, ahí en mi oficina de profesor universitario serio, las dos atajadas del Dibu Martínez que llevaron al equipo a semifinales. Y, claro, casi me vuelvo loco cuando Mbappé marcó de penal y luego empató con un golazo al minuto 81', ya en la final. Era como una pesadilla, del tipo de pesadillas que solo un niño de nueve años puede vivir.
Para usar alegorías bíblicas, voy a imaginar el miedo como un demonio que nos paraliza o nos mueve a la huida, pero que nunca muestra su rostro: siempre usa máscaras muy hermosas, para desorientarnos. Por eso, por lo general no decimos: "no lo hago porque tengo miedo". Decimos: "no lo hago porque no lo considero correcto, porque no quiero, porque no es el momento, porque considero que México es más cercano a nosotros por raza, ascendiente y contexto histórico". Esas razones tan justificadas y loables, esas son las máscaras del miedo. Pero el fútbol puede ayudarnos a mirar tras las máscaras y descubrir la verdad. Yo escondía mi afición por Argentina porque tenía miedo de esto: de que no quede campeón, otra vez, y yo sufra por ello, o de que la gente se burle de mí. Lo que en efecto empezó a ocurrir, luego de los dos goles de Mbappé. Porque, dicho sea de paso, todo el mundo sabía ahora que yo hinchaba por Argentina: me había encargado de poner en mi estado de WhatsApp capturas de pantalla de cada incidencia del partido, con lo cual estaba gritando digitalmente a todos mis contactos cuáles eran mis sueños, cuál era mi equipo. Y ese, que parece un acto común y corriente, fue para mí un gran logro: le temo, muchísimo, a la burla de los demás, y eso me ha vuelto, demasiadas veces, un ser desleal. Ahora, por fin, estaba siendo leal conmigo y con los míos, y aunque el mundo parecía venirse abajo, seguí gritando mi filiación.
Quisiera contar ahora una anécdota muy interesante, que me ocurrió en el 2014. Estaba yo en ese entonces estudiando mi maestría en Londres, cuando recibí la noticia de que mi ex esposa saldría de gira con su coro, el coro Pichincha, a Alemania. ¡Y llevaría con ella a mi hija! Yo extrañaba tanto a mi pequeña —no la había visto en nueve largos meses—, que decidí armar el viaje a como dé lugar para ir a su encuentro. Después de sortear una serie de inconvenientes (entre ellos, sacar una nueva visa, pues el Reino Unido no está en la zona Schengen), logré llegar a Berlín, luego de una corta pero maravillosa visita a una amiga sueca en Estocolmo. Berlín era solo una escala, puesto que mi hija y su madre se encontraban en Múnich, que era la ciudad donde iban a efectuarse sus conciertos.
Lo que nunca pensé cuando planifiqué mi viaje de reencuentro era que mi último día en Berlín, antes de salir para Múnich, iba a coincidir con la final del Mundial de Fútbol Brasil 2014. Pero así fue: por una de esas enormes casualidades del destino, estuve yo en la mismísima capital del Tercer Reich nada más y nada menos que el día de la final entre Alemania y Argentina. He aquí unas cuantas fotos que tomé yo mismo, como prueba:
Era el domingo 13 de julio. En el huso horario de Alemania, el partido se iba a desarrollar en la noche; y puesto que yo debía tomar mi bus a Múnich precisamente esa misma noche, no pude ver sino una pequeña parte de aquella final en la que Argentina perdió 1-0, con un Messi que no celebró el ser nombrado el mejor jugador del torneo.
En fin, la anécdota es esta: en el bus conocí a un alemán (afortunadamente hablaba inglés, como casi todos los alemanes) que me contó que había ido únicamente de visita a Berlín y estaba regresando a Múnich porque tenía trabajo al siguiente día.
—¿Cómo? —le pregunté—. ¿Van a tener trabajo mañana, luego de haber quedado campeones del mundo?
—Sí, claro —me respondió, sin entender mi asombro.
El bus llegó con las primeras luces del alba a Múnich, y pude ver por la ventana una ciudad futurista con magníficos edificios, entre los que distinguí enseguida al de la sede de la BMW. Y sí, en efecto: no había una sola señal de que la noche anterior se coronaron campeones del mundo. Las calles estaban impecables y los autos y peatones se dirigían presurosos a sus trabajos. Era un lunes perfectamente normal y laborable.
Me parece curioso, ahora, que esta imagen haya sido mi referente durante todos estos años. La frialdad alemana me pareció admirable y por ello conté mil veces la anécdota en mis clases y alabé esa capacidad de mantenerse estables, de no envanecerse ante el éxito ni derrumbarse ante el fracaso, de continuar trabajando, siempre. Y la sigo alabando, es verdad, pero ahora me he vuelto más nacionalista, en un sentido muy latinoamericano de la palabra: valoro más nuestra forma de ser, así como es, con sus excesos y sus pasiones desenfrenadas, pero igualmente capaces de la disciplina y la cabeza fría necesarias para llegar a ser campeones mundiales.
Volviendo a la final de Qatar 2022, donde nos tocó por fin ganar: en los alargues vino un gol de Messi y luego, otra vez, Mbappé empata, esta vez de penal. ¡Dos genios que equilibran todo, para nuestra agonía! Y luego, en el minuto 123' —es decir cumplidos ya incluso los 3 minutos adicionales a los adicionales—, una tapada espectacular, quizás la más importante de la Historia del Fútbol, del Dibu Martínez (en mi captura de pantalla, tomada durante el desarrollo del partido, no se ve tan claro lo que sucede, pero esta jugada está registrada profusamente en el Internet y seguro será admirada, comentada y analizada de aquí a la eternidad):
Es curioso reflexionar en el hecho de que si las neuronas del cerebro del Dibu hubiesen tardado una milésima de segundo más en dar a su pierna la orden de moverse, o si el cálculo de a dónde debía dirigirse ésta para encontrarse con la trayectoria del balón hubiese fallado por solo un centímetro, ¡la historia habría sido tan diferente! Francia sería campeón, muchos argentinos se habrían suicidado, París, y no Buenos Aires, habría amanecido de fiesta el día siguiente (o quizás no, si los franceses son como los alemanes), yo no habría escrito esta entrada de mi blog. "Efecto mariposa", creo que le llaman. La realidad parece sostenerse en detalles tan mínimos y precisos que a veces creo, de verdad, que es cierta esa teoría de que todo está ya escrito de antemano, desde el principio de los tiempos.
Afortunadamente, lo que estaba escrito desde el principio de los tiempos era que Emiliano "Dibu" Martínez tape ese balazo. Gracias a ello, los alargues terminaron en empate y pasamos a la ronda de penales: las ejecuciones perfectas de Messi, Dybala, Paredes y Montiel y la labor enorme —¡otra vez!— del Dibu Martínez, que ataja uno de los penales, le dan el triunfo a Argentina. (En realidad, observando videos alternativos a la transmisión oficial, vemos que el arquero argentino hace una labor enorme no solo bajo su portería, sino también fuera de ella: palabrea a los franceses que van a cobrar, les arroja el balón a un lado, se comporta como todo un patán de barriada porteña para ganarles la moral, lo que sin duda jugó un papel importante para que uno de los franceses, Tchouaméni, la mande afuera).
Este es el momento en que, por fin, pudimos soltar la tensión de infarto: Montiel llora de felicidad luego de anotar el gol definitivo. Y llora Dibu, y muchos en la cancha, y millones de hinchas de Argentina alrededor del planeta...
Estas imágenes de hombres adultos llorando como niños pueden resultar quizás hasta cómicas, pero yo las entiendo perfectamente, ahora. Sin exagerar: las emociones que viví en este Mundial, y en la final específicamente, han sido de las más intensas que he experimentado en muchos años. Y me di cuenta de que esos momentos de felicidad (llamémosla así, con todas sus letras) habrían sido imposibles si aquel día del partido contra México no me hubiese declarado hincha, abiertamente, exponiéndome a las burlas, a las críticas, a la posibilidad de perder y sufrir. Entendí entonces que la felicidad verdadera es imposible sin una actitud de entrega total.
Es increíble como vamos por la vida casi siempre cuidándonos, blindados, guardando lo que tenemos para dar, y con ello nos protegemos del sufrimiento, cierto, pero también nos privamos de la felicidad. Todo por el miedo. Lo del fútbol es solo una metáfora, un reflejo: es muy probable que actuemos de manera similar en los otros juegos de la vida, en los que realmente importan. Por ejemplo, yo tengo el sueño de ser un escritor famoso, de ganar mucho dinero con las ventas de mis libros, pero lo digo en voz muy bajita, para que nadie me escuche, por si acaso fracase y todos se burlen de mi derrota. Y quiero encontrar una esposa, formar una nueva familia. Igual. ¡Ni siquiera yo quiero escucharme, no vaya a ser que se me ocurra entrar en una lucha que puedo perder y por la que podría llegar a sufrir!
Así que creo que para tener un venturoso 2023, en el cual lloremos de la felicidad por las realizaciones y sueños cumplidos, lo primero que debemos hacer es declararnos hinchas de esos sueños, sin miedo, y no soltarlos ni siquiera cuando todo parezca perdido. Es lo que me enseñó el 2022 con su Mundial vibrante, que disfruté como no había hecho con ningún otro desde hacía décadas, gracias a mi capacidad de lealtad recuperada. En este año, además, sucedió el paro de la Conaie, que reventó en junio y develó las profundas divisiones sociales que moran en nosotros y que aún no hemos sabido resolver. Puesto a decidir, entonces, tomé mi postura a favor de los indígenas y las izquierdas progresistas, incluso frente a mis amigos más reaccionarios: otro paso en mi camino hacia el ideal de la lealtad.
Empiezo el 2023, entonces, declarando bien en firme mis sueños, los que ya he mencionado: llegar a ser un escritor famoso y formar una nueva familia. Quiero, además, llegar a ser un bongosero profesional. ¿Qué necesito para todo esto? Trabajar día a día, enfocado en mis objetivos. Dice Vargas Llosa en una entrevista que su rutina contempla el escribir ocho horas diarias, la jornada típica de cualquier trabajo de oficina. Yo no tengo ocho horas diarias, pero sí puedo dedicar al menos tres, que podrían ser suficientes para alcanzar cierta maestría en el oficio. También deberé leer mucho, estudiar gramática, pulir mi estilo y mi ortografía...
En cuanto a lo de mi nueva familia, algo me dice que empiece por desarrollar un pequeño hábito cotidiano: el de detectar el miedo en cada uno de mis pasos y hacer justo aquello que desencadena ese miedo. Por ejemplo: veo en el supermercado una chica que me gusta y me para bola; mi miedo se disfraza de prudencia y me dice que no me acerque, porque podría ser una estafadora. ¿Qué hago? Pues precisamente eso, acercarme.
Vamos a ver, entonces, qué resulta de este experimento. Escribiré a finales del 2023 contándoles cómo me fue, quizás les pueda servir de inspiración o les dé ideas para hacer también sus sueños realidad. Eso, claro, si no he caído preso porque la chica del supermercado en realidad era una estafadora y terminé involucrado en alguna cosa ilegal. En fin, son los riesgos de vivir de verdad...











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