Diarios de Motocicleta: Guaranda

En una de mis listas de Cosas por hacer antes de morir, está el visitar los carnavales más famosos del mundo: Río de Janeiro, Barranquilla, Oruro, Venecia, New Orleans, Guaranda. Bueno, no sé qué tan famoso sea este último afuera, pero acá adentro de mis fronteras lo es, así que tenía que estar en mi lista. Fue por ello que el año pasado, justo por estas fechas, decidí agarrar mi moto, subir mis cuatro trapos en las maletas y lanzarme a la aventura de ir a experimentar, por primera vez en mi vida, lo que es el Carnaval de Guaranda.

No soy un tipo que planifique muy bien sus cosas: mi cerebro funciona con una cómoda fe en que "ya algo bueno pasará", de manera que decide dedicar el mínimo esfuerzo neuronal a la planificación, y el resto es sentarse a ver cómo se desenvuelve la historia, como si no se tratara de mi propia vida, sino de una película donde los protagonistas son personajes ajenos y ficticios. En esta ocasión, además, tenía un elemento tranquilizador adicional: mi buena amiga y compañera de trabajo, Jéssica Guamán, guarandeña de cepa, iba a estar allá en el carnaval, lo que me hacía sentir respaldado ante cualquier viscisitud. Por ello, ni siquiera tuve la prudencia elemental de reservar alojamiento con anticipación, y cuando quise hacerlo –recién faltando uno o dos meses para el suceso–, me encontré con que todo estaba ya ocupado para esas fechas, al menos dentro de la misma ciudad de Guaranda. Lo único que encontré disponible fue una habitación en Airbnb que se veía muy bonita en la foto, pero que estaba ubicada en la población de Salinas (la de Bolívar, no la de la Santa Elena), a unos cuantos kilómetros de Guaranda. Hablé con la host del alojamiento, Amelia, y ella me indicó muy amablemente que la habitación estaría perfecta para mis objetivos, pues Salinas estaba apenas a unos 20 minutos del centro de la acción y había suficientes medios de transporte, por lo que yo no tendría problemas en ir a Guaranda, disfrutar del carnaval y regresar en la noche a dormir en mi cómodo alojamiento. Hechas estas aclaraciones, pues, hice los pagos correspondientes y tuve mi habitación reservada para el gran acontecimiento.

La idea que engendró Amelia en mi cabeza, sin embargo, de un cómodo viaje entre Guaranda y Salinas, se me vino abajo desde la primera vez. El sábado 18 de febrero había salido de Quito en la mañana y luego de un viaje en medio de la lluvia –son los viajes más peligrosos, incómodos y divertidos en la moto– llegué a desayunar en casa de mi compañero de trabajo Tomás Ibujés, que muy amablemente me había invitado a hacer escala en su querida Latacunga. Luego de eso y de secar mis ropajes con la plancha –se habían mojado hasta mis calzoncillos–, seguí camino y llegué a Guaranda a eso de las 2 de la tarde, luego de un trayecto ya más benigno, aunque con un frío sostenido que se justificó solamente con la gloriosa vista del colosal Chimborazo, que pude ver desde la carretera al menos por un par de segundos. Cuando llegué a Guaranda, tuve noticias de Jéssica, que se había demorado en el tráfico, por lo que decidí ir a dejar el grueso de mi equipaje en mi alojamiento de Salinas y regresar más tarde, cuando ella ya estuviera. Así que tomé la moto y emprendí el camino que Amelia me había pintado tan fácil en la mente. Y no fue nada, nada similar.

Todo el camino, desde que dejé la carretera Guaranda-Ambato y tomé la vía que sube a Salinas, sufrí una lluvia pertinaz que parecía que iba a durar hasta el día del juicio. La carretera era buena, pero relativamente angosta y muy sinuosa, lo que representaba un peligro a pesar del poco tráfico que transitaba por ella. En la moto, además, el peligro se multiplica por diez con relación al que se tiene en un carro, por varias razones. Lo explico mejor para aquellos que no tienen la dicha de tener moto: en este medio de movilización, la llanta trasera, al ser la de tracción, se encuentra en constante riesgo de salir de contacto con la calzada. Una curva, un chapa acostado, una frenada mal calculada, una pequeña piedra, cualquier cosa puede hacer "patinar" esa rueda, llevándote al desastre. La lluvia aumenta este riesgo, más aun cuando tu visibilidad se encuentra disminuida en buen grado por las gotas que inundan el visor por fuera y el vapor de la respiración que lo empaña por dentro. Por eso resulta que un viaje de Guaranda a Salinas, que puede ser incluso agradable en auto, termina siendo un suplicio casi eterno en moto, más aún cuando con cada metro sobre el nivel del mar que se sube, la temperatura parece bajar por diez hacia el punto de congelamiento.

Los conductores de auto no tienen esos peligros y penurias, pero tampoco la sensación de estar volando (las manos sobre el manubrio recrean la misma posición que poníamos de niños para imitar a Superman, y la dirección de la moto puede ser influida simplemente por pequeños movimientos del cuerpo, pues la moto tiene un grado de libertad más que los autos, como los aviones). Tampoco experimentan –no tienen porqué– esa eufórica gratitud al universo que sentimos los motociclistas al llegar con vida a cualquier destino, más aún cuando el viaje ha transcurrido bajo la lluvia. Así llegué yo a Salinas, agradecido por estar con todos mis huesos en su lugar, a besar el piso de aquel pueblito que visitaba por primera vez. En el alojamiento de Amelia, que resultó ser un bonito hostal que llevaba por nombre "Kachi Yaku", dejé mis cosas y mi moto, porque se me reveló como una verdad prístina que regresarme por aquel trayecto indómito manejando en la noche y con tragos en la cabeza sería un suicidio.

El único medio de transporte público disponible para ir de Salinas a Guaranda eran unas camionetas de cooperativa que salían cada media hora o más, dependiendo de la demanda. Y a la hora que estaba yo saliendo para allá, la demanda era casi nula –yo era el único pasajero, de hecho–, de manera que me tocó pagar más de lo esperado por mi movilización. Como sea, y ya que el egreso era inevitable, decidí aprovechar el viaje para hablar con el chofer y recabar toda la información que pudiera con respecto a mi lugar de residencia temporal. Porque eso iba a ser Salinas para mí esa noche (sábado), el domingo y el lunes de carnaval.

Preveer que esa noche (y quizás el resto de mi estancia allá) iba a ingerir alcohol era algo completamente lógico, dada la legendaria fama del Carnaval de Guaranda: desfiles, bailes, conciertos, chigüiles, batallas campales con agua, carioca, huevos, harina y lo que se encuentre, coplas carnavaleras, hospitalidad; y, por supuesto, Pájaro Azul, el licor que es marca de identidad de la zona. Nada en esta leyenda resultó exagerado, ninguno de los elementos mencionados faltó ya en el momento de la verdad: estuvo todo ahí, en el momento y lugar exacto para hacer de ese el mejor carnaval que había experimentado en mi vida; e incluso hubieron tres cosas que superaron mis expectativas: la hospitalidad, los bailes y los desfiles, cuyo colorido y magnitud se expresan mejor a través de las fotos que pude tomar...









Pero volvamos al comienzo: luego de dejar mi moto en Salinas, bajé a Guaranda en la camioneta y me encontré con Jéssica (y su novio, también amigo mío). Para mostrarme la hospitalidad guarandeña, ella me invitó a merendar en el mercado, en la que sería la primera de mis comidas gratis en Guaranda (en realidad, todas las comidas y bebidas fueron gratis; lo único que terminaría poniendo yo de mi bolsillo fue una botella de Pájaro Azul que compré por dos dólares cuando llegué a la ciudad). Luego de merendar, fuimos los tres a encontrarnos con los familiares de Jessy, que estaban en alguno de los bailes que había en ese momento en la urbe. Porque, como en los mejores años de las Fiestas de Quito, en Guaranda se mantenía la tradición de los bailes en los barrios: casi en cada esquina había una tarima con luces y música, sea en vivo o con discomóvil, y una nutrida concurrencia bailando, bebiendo y jugando carnaval en la calle. En uno de esos bailes, entonces, conocí a la hermana y a la prima de Jessy, con las que nos tratamos desde el principio con una familiaridad de viejos conocidos: bailamos, bebimos y jugamos carnaval entre todos, con el desenfreno para el que fueron inventadas estas festividades.

Solo ya bien avanzada la noche recordé que mi alojamiento estaba a kilómetros en la montaña y empecé a preocuparme. Para todos mis compañeros de juerga yo era "el señor de Salinas", de manera que aquel pequeño pueblito montado sobre la lluvia y la niebla pasó a ser mi terruño por unas horas, al menos en la mente de ellos. Ahora, ¿cómo llegar allá, a mi hogar temporal, en las condiciones en que estaba? Esas preocupaciones mías se esfumaron en cuanto Jessy, que también sabía que yo era el señor de Salinas, hizo gala nuevamente de la hospitalidad guarandeña y me ofreció alojamiento en la casa de su abuela. Allá fuimos ella, su novio Cristian y yo, a lo que resultó ser el ambiente más rural y bonito que hubiese podido imaginar para pasar la noche. Dejo acá una foto del paisaje con el que me topé de frente cuando salió el sol del domingo:


Y acá está Jessy con su abuelita, y el desayuno que disfruté (obviamente gratis) esa mañana:



Chigüiles, fritada, café, mote y el aire más puro que se puede meter uno a los pulmones, fueron suficientes para ponernos a punto para la jornada. Ese día estuvimos temprano en una de las calles del centro de Guaranda para presenciar el desfile. (Ojo: es difícil encontrar una buena ubicación, hay que ir con tiempo o tener una amiga cuya familia ha sido comerciante en Guaranda y alquila banquitos y lugares en la improvisada tribuna). Cada comparsa era organizada por una institución particular, como hacen las escuelas de samba de Río de Janeiro, pero a escala bastante más pequeña, por supuesto, y había delegaciones incluso de otras provincias y creo que de otros países. Ya con unos tragos encima (el Pájaro Azul caía como maná del cielo, lo lanzaban desde los carros alegóricos en pequeñas botellitas de plástico, lo regalaban los conocidos y los desconocidos, lo ofrecían los vendedores ambulantes), me atreví a unirme a alguna que otra delegación aprovechando que habia llevado mi quena, con lo cual el suministro de Pájaro Azul se hizo aún más inacabable, en un círculo virtuoso (¿o vicioso?) de abundancia alcohólica, al son de los versos mil veces repetidos:

A la voz del Carnaval
todo el mundo se levanta
todo el mundo se levanta
qué bonito es Carnaval

De manera que llegué a la noche de ese domingo en un estado de ebriedad cercano al nirvana, en comunión con el todo. Pero no escribo más, porque una imagen vale más que mil palabras. En la siguiente fotografía, el lector puede ver mi expresión de feliz ausencia: soy un ser bendito que ha escapado, por unas cuantas horas, de las crueldades de su propia conciencia.

Sepa también el lector que las personas que me acompañan en la foto, tan cercanos, tan entrañables como se ven, son en realidad extraños. Son amigos y familiares de Jessy (y quizás algún transeúnte casual) a los que había conocido la noche anterior o esa misma noche, luego de que Jessy se había ido ya a casa de su abuelita. Pero claro, gracias al alcohol todos somos hermanos, miembros de una Humanidad fraterna y solidaria, obras preciosas de un solo poder creador universal.

Si no mal recuerdo, aquella noche dormí en mi pueblo. Seguramente amparado por aquel poder superior, encontré una camioneta y llegué hasta el hostal de Amelia. Al día siguiente, temprano en la mañana, regresé a Guaranda luego de desayunar en el hostal para seguir con las celebraciones de carnaval. Hubo otro desfile (las fotos iniciales corresponden a éste) y más oportunidades para que la hospitalidad guarandeña se manifieste de nuevo: ese día almorcé (gratis, claro está) en la casa de una tía de Jessy, que iba a preparar fritada y tuvo a bien invitarnos. Para recompensar un poco tanta amabilidad, me ofrecí a ayudar batiendo la fritada en su enorme paila de bronce, cosa que la anfitriona aceptó de mil amores, y así terminé siendo adoptado en otra casa.

En la tarde, en cambio, la agenda decía concierto en la recientemente inaugurada Plaza del Carnaval. Es la parte que menos disfruté, en parte por la decepción que me causó el ver sobre la tarima a los Latin Brothers –su presentación fue una de las causas por las que me decidí a ir a Guaranda por fin–, pero no a los que yo me esperaba, los colombianos de Sobre las olas o Las caleñas son como las flores, sino a unos Latin Brothers locales, pequeños y morenitos, que tocaban de todo menos salsa.

Para finalizar mi aventura en los carnavales de Guaranda, fui a visitar a mi compañera de universidad, Juanita Coloma, quien nos había invitado a ir a su tierra desde nuestros tiempos de juventud. Ahora por fin se había dado la ocasión, así que la visita era obligada. También en su casa comí y bebí gratis, e hice música y nuevos amigos al instante, además de que tuve una conversación larga y muy interesante con ella sobre la ciencia, la vocación y la felicidad, ese tipo de cosas, que quizás sean material de una próxima entrada.

En resumen: vayan al Carnaval de Guaranda. Todo lo que han escuchado sobre el Pájaro Azul y la hospitalidad guarandeña es verdad; los carros alegóricos son muy bonitos y jugar carnaval en batallas campales en las plazas y calles de la ciudad es muy divertido. Dejo otra foto como constancia, esta de la primera noche:

Sin embargo, y a pesar de que he escrito como si hubiese sido un promotor turístico pagado por la municipalidad correspondiente, mi motivación principal para escribir esta entrada de mi blog no fue hacer una apología del Carnaval de Guaranda ni de todos sus hermosos excesos. Mi verdadero motivo fue contar lo que sucedería después, el lunes, en mis últimas horas en Salinas antes de partir de regreso a Quito, cosa que paso a hacer a partir de aquí.

A ver, como debe haber quedado claro con lo narrado hasta el momento, resulta que durante mis tres primeros días allá fui una especie de hijo pródigo de Salinas. Salía de juerga todo el día y solo llegaba ya bien entrada la noche, cuando todo el pueblo estaba durmiendo. De manera que en todo ese tiempo no tuve oportunidad de ver siquiera el lugar en el que estaba hospedado. Y fue solo a último momento, el lunes en la mañana después del desayuno, ya listo para regresarme a Quito –quería salir lo más temprano posible, para evitar la lluvia– cuando una pregunta de Amelia me abrió los ojos:

–¿No vio usted los farallones? –me preguntó, en medio de nuestra conversación de despedida en la terraza del hostal, señalando con la mirada un punto en la lejanía, a mis espaldas. Entonces regresé a ver y mis ojos se abrieron en asombro: eran unas formaciones geológicas formidables y hermosas, que aparecían ante mis ojos como si nunca antes hubieran estado ahí y se acabaran de materializar. 

Obviamente, los farallones de Salinas habían estado allí siempre –o al menos durante los últimos dos o tres millones de años, me imagino–, pero yo no los había visto porque era la primera vez que estaba sobrio y a una altura suficiente, como la de la terraza de aquel bonito y moderno edificio de tres o cuatro pisos que era el hostal de Amelia. Y ahora, ¿qué más me había perdido por haber estado tan concentrado, en cuerpo y mente, en la celebración del carnaval? Amelia me llevó a otro borde de la terraza y me mostró, allá abajo y a lo lejos, unas formaciones rocosas cubiertas de blanco, sobre la extensa superficie de las colinas circundantes. 

–Esas son las minas de sal –me explicó, y solo entonces supe que el nombre del pueblo tenía un sentido.

Porque sí, todo tiene un sentido, una historia, una explicación. Y mi curiosidad, mi apetito por conocer sentidos, historias y explicaciones, se abrió en ese momento. Estaba claro que Salinas era mucho más que los productos lácteos, los chocolates y los dulces que yo conocía bien porque siempre nos regalaban productos de El Salinerito en las canastas navideñas de la universidad (trabajo en la Universidad Politécnica Salesiana, para los que no lo saben). Esos productos, que gozan de gran prestigio por su calidad gourmet, son fácilmente reconocibles por su logo, que seguramente el lector identificará:


Allá al fondo, detrás de la iglesia, están los farallones, ¿los ven? Son esas paredes verticales de roca coronadas por vegetación verde, caprichos de la geología esculpidos por millones de años de erosión. Generalmente, los farallones se encuentran junto al mar, y son las olas con su persistencia eterna las que van desgastando la roca golpe a golpe, día a día, era a era. ¿Será que alguna vez aquellas montañas estaban bajo el mar, será que por eso existen salinas en esas alturas? 
Más tarde, movido por la curiosidad y mi instinto explorador, subí a un lugar que se llama El Calvario, para mirar más de cerca los farallones; y desde allí tomé fotos de ellos y del pueblo de Salinas, que se despliega abajo:



De manera que el plan de salir muy temprano hacia Quito para evitar la lluvia se había trastocado. La conversación con Amelia me había abierto los ojos hacia Salinas, y ahora no podía cerrarlos. Aquel era un lugar especial, con mucho por contarme; y yo quería escucharlo todo, especialmente la historia del padre Polo, al que había visto alguna vez en un reportaje de televisión, hace mucho tiempo, pero del que no sabía ya nada más. Resulta que aquella mañana, luego de la conversación con Amelia, había salido yo a hacer mis compras –no podía regresar a Quito sin llevar productos de Salinerito para mis familiares– en el almacén junto a la plaza del pueblo:


Pueden ver ahí la iglesia, otro elemento del logo. Y en el almacén –que aparece a un lado de la foto– compré los productos que quería (incluyendo una botella de Pájaro Azul como líquido recuerdo para mis compañeros de trabajo); y cuando estaba ya pagando, sin pedirlo ni desearlo apareció un regalo de la vida para mí: un libro escrito por el padre Polo, listo para ser comprado, listo para contar su historia.


–¿Y el padre Polo aún vive? –le pregunté al señor de la caja con cierta imprudencia, mientras pagaba por el libro.
–¡Claro que sí! –me dijo él– Si quiere puede ir a visitarlo, debe estar acá en el despacho parroquial. Con gusto le firmará el libro.
Así que fui y entré en el despacho, una edificación de techos de madera cálida y acogedora, pero muy sencilla, cuya única ostentación era una pared llena de diplomas de reconocimiento a la labor del padre Antonio Polo, sdb. Luego de recorrer varios ambientes desiertos, encontré a un grupo de personas que me informaron que el padre aún dormía a esa hora, y me invitaron a visitarlo más tarde. Por eso trepé a El Calvario para hacer tiempo hasta que el padre despierte; pero tardé tanto que al volver al despacho ya no lo encontré: había salido al pequeño museo del pueblo, adonde me dirigí enseguida, porque no me podía ir sin esa firma en mi libro. Gracias a ese desencuentro, entonces, terminé conociendo la historia que motivó esta entrada de mi blog, porque de otra manera solo habría hecho firmar mi libro, habría subido a la moto y habría metido acelerador sin pausa: ¡se estaba haciendo tarde y la lluvia amenazaba con hacerme pesadilla el viaje!
En realidad, y adelantándome un poco a los hechos, aquel viaje resultó una pesadilla. En uno de mis viajes en camioneta hacia Guaranda o de regreso, el chofer me había contado que aquella carretera no terminaba en Salinas, sino que seguía de largo, y se podía salir a la carretera Ambato-Guaranda, pasando por el pueblito del cual él era originario, Pachancho. Aquel nombre me pareció casi un castigo para un pobre pueblo y sus habitantes (¿pachancheños?), por lo cual se me ha quedado grabado en la memoria como una mancha imposible de borrar, ahora un año después. Esa fue la dirección que tuve el desatino de escoger para mi regreso. No sabía que, una vez pasado Salinas, el estado de la carretera se volvía más y más deplorable, hasta convertirse en un campo minado de baches que, gracias a la lluvia, eran invisibles a los ojos empapados de este humilde servidor. Caí tantas veces en los baches que temí romper la moto, cosa que habría sido catastrófica en aquellas heladas soledades andinas, donde no se veía un solo automotor en kilómetros a la redonda (al menos en lo que la niebla permitía avisorar). ¡Imagínense quedarse varados con la moto bajo esa lluvia y con ese frío, sin señal de celular, sin nadie que los socorra! El temor a que eso ocurra me obligó a disminuir la velocidad hasta niveles absurdos, con lo cual el viaje se hizo eterno y tortuoso, pero con la moto a salvo. Lo que sí se destruyó con el rigor de los baches fue el sistema de maletas o alforjas que llevaba en la moto, que tuve que atar con sogas como bien pude, con las manos engarrotadas por el frío.
Por fin, luego de un tiempo que pareció mil horas, llegué a Pachancho y pude ver rostros humanos, aunque escasos, porque aquella era una población campesina de muy poquitas casas y habitantes, todos con esa mirada desconfiada y como perdida en una espera eterna que los pobladores de los Andes suelen tener. De aquella ruta implacable que tomé cual una mala decisión me queda esta selfie, que me hice como evidencia de todo lo inclemente y hermosa que la Naturaleza puede ser:


No se me nota pero estoy tiritando y empapado, temiendo no salir vivo de esa. Pero sí, salí vivo a la carretera amplia y asfaltada, donde me sentí nuevamente a salvo y feliz de poder acelerar. Más adelante, antes de llegar a Ambato, me topé con una hilera de vendedoras de choclo asado al borde de la carretera, y a una de ellas le pedí me permitiera calentar mis guantes en su parrilla al carbón. Volverme a poner los guantes, ahora abrigados y secos, luego de devorar un choclo con mayonesa, constituyó uno de los momentos más felices de mi travesía. 
Pero volvamos a Salinas por la mañana. Ya con la lluvia casi sobre mi cabeza me dirigí al pequeño museo en el que me habían indicado estaría el padre Polo, dispuesto a tener su firma en mi libro. Y allí, en una humilde choza de techo de paja, paredes de adobe y piso de tierra, con una paila al fuego en el centro, lo encontré, por fin:


Estamos sentados ahí, en medio de otros visitantes al museo, luego de que él firmara mi libro, conversando sobre nuestro factor común, la salesianidad (porque él es un sacerdote salesiano), y sobre la muy interesante historia que lo llevó de su natal Venecia a este pueblito perdido en los Andes ecuatorianos. ¡De los majestuosos museos de su ciudad, del Palazzo Grassi, la basílica de San Marcos, el Palazzo Ducale, a este museo que empezaba en una choza pobre con piso de tierra y bancas de madera rústica! ¿Por qué?


Quizás el lector se esté haciendo la falsa idea de que la pobreza de esta choza-museo refleja el estado del pueblo entero. Se equivoca: en Salinas se encuentran locales de primer orden como una pizzería italiana que elabora sus platos con los quesos locales; la fábrica de productos El Salinerito, que elabora productos que se exportan hasta al Japón; el almacén asociado; los hostales modernos y grandes, como el de Amelia; las bonitas casas de estilo campestre; los edificios como el de la cooperativa CoopSalinas, con el único cajero automático que he visto en mi vida que se puede configurar en kichwa:


Y así por el estilo. ¿Por qué, entonces, no pueden mejorar el museo? Pues porque quisieron dejar intacta en la memoria de todos cómo era Salinas antes de la llegada de la misión salesiana en la que vino el padre Polo hace más de 50 años. ¡Porque así, como esa choza, eran todas las viviendas del pueblo! Esa construcción es la original, la dejaron intacta para dimensionar la magnitud del progreso que se ha gestado bajo la batuta del padre Antonio Polo.
Sentados frente a la paila humeante, que estaba ahí para mostrar cómo se hervía la piedra salina en agua para extraer la sal, él me contó sobre su amor a primera vista con Salinas. Había sido enviado por monseñor Cándido Rada desde Guaranda; la carretera de la que tanto me he quejado no existía, el camino debieron hacerlo no en moto, sino a lomo de caballo o de mula, no quiero imaginar bajo qué penurias ni por cuánto tiempo. Y lo primero que el entonces joven padre Polo divisó a lo lejos fue un grupo de chozas como aquella en la que estamos sentados en la foto, pero con una peculiaridad que la volvía una escena de realismo mágico: había columnas de humo altísimas que salían de ellas, de cada una de ellas, y llegaban hasta el cielo, cual hilos de comunicación entre las chozas y Dios.
Y buena falta que hacía esa comunicación. Porque las columnas de humo que el padre Polo vio provenían de la leña que se quemaba para extraer la sal, el producto que constituía el único sustento de aquellas gentes que vivían en esas mismas chozas, trabajando de sol a sol, respirando humo año tras año hasta morir; no para su propio progreso, sino para la prosperidad de los dueños de esas tierras, que aún consideraban, en pleno siglo XX, que los indígenas eran parte de sus posesiones. Y es que una sola familia (blanca, por supuesto) era la que dirigía los destinos de medios de producción, animales y trabajadores... hasta la molesta llegada del padre Polo. En otra parte del museo (en la construcción ya moderna) se muestra esta imagen que ilustra lo dicho, junto con utensilios usados para la producción de queso, uno de los primeros productos alternativos a la sal que se empezaron a fabricar bajo la influencia salesiana:


Pero la súper síntesis gráfica de toda esta historia la encontré yo en las siguientes fotos, que también se pueden mirar en el museo. La primera:


Se trata de la señora Otilla de Ramírez, que viene a representar la realidad que encontró el padre Polo cuando llegó a Salinas. Doña Otilla –nos dijeron en el museo– no hizo otra cosa, en toda su vida, que extraer sal de las piedras salinas: extrajo sal de niña, extrajo sal de adolescente, extrajo sal de joven, adulta y anciana. Y murió en la pobreza, como era la costumbre antes de la llegada de la misión salesiana.
En las siguientes fotos aparece su hijo, Gustavo, que vendría a representar el cambio:


Atrás de Gustavo niño se puede ver el pueblito de Salinas como lo conoció el padre Polo, con las chozas de las que salían las columnas de humo cuando se cocía la sal. Y atrás de Gustavo mayor, cincuenta y un años después, el pueblo pujante que conocemos ahora, en el que la gente sonríe con esperanza y ya no muere en la pobreza. De la foto de Gustavo niño, tomada en 1970, algún sacerdote salesiano realizó un dibujo, y tras darle unos cuantos retoques le quedó algo tan bonito que decidieron incorporarlo al logo de El Salinerito. Así es, el niño indígena que aparece en las etiquetas de aquellos productos que ahora se exportan hasta al Japón, es Gustavo Ramírez, hijo de doña Otilla, que murió en la pobreza.

Como ven, esta es una historia de transformación de vidas tan radical que bien vale la pena dedicarle una o mil entradas de blog. Por eso es que, en primera instancia, me puse a escribir sobre ella, aunque sea un año tarde, pero con la esperanza de que su ejemplo nos servirá de inspiración a muchos. En cuanto al libro, cuya primera página luce con la dedicatoria del padre Antonio Polo a mi persona, debo confesar que no lo he leído aún. Pero, por medio de la presente me comprometo no solo a leerlo, sino a hacerlo públicamente: transmitiré mis lecturas por Facebook Live, como hice últimamente con el libro Crear o Morir, de Andrés Oppenheimer. Podrán parecer lecturas opuestas, dada la ideología de derecha de Oppenheimer, pero creo que no lo serán tanto así. Algo muy importante tienen ambas en común: uno y otro libro narran historias de éxito de personas cuya profunda preocupación por los problemas sociales de nuestra América Latina los llevó a encontrar soluciones prácticas que transformaron vidas e hicieron de nuestro mundo un lugar mejor. Invitados, pues, desde ya, a la lectura de La laguna de los sueños, del padre Antonio Polo, sdb.











 



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