Mi verdad sobre Correa

Espero haber atraído a alguien con ese título, aunque la verdad es que ¡cómo voy a saber yo "la verdad" sobre Rafael Correa! Al igual que la mayoría de ustedes, yo estoy separado de él, de su mundo, de su verdad, por una densa capa intermedia, un entramado complejo e impreciso de canales de información terriblemente sesgados y subjetivos. Los medios de comunicación se encuentran, como su nombre lo indica, en el medio, como una lente que se interpone entre el ojo y el objeto, en principio para enfocar, pero también con una capacidad enorme de distorsionar la imagen que queremos ver.

En el mundo físico, las lentes funcionan con la siguiente lógica: todas muestran, más o menos, la misma realidad objetiva. Digamos que quiero ver, por ejemplo, la luna. Con una lente quizás la vea más amarilla que con otra, o más o menos nítida; pero, en términos generales, ambas imágenes serán inequívocamente lunares. En el mundo de las sociedades humanas, en cambio, las lentes funcionan de manera rara: tomas una y miras la luna redonda, tomas otra y la ves cuadrada. Si fueras un astrónomo, ¿cuál sería tu conclusión acerca de la luna después de haber realizado las observaciones con ambas lentes? Si eres honesto contigo mismo, tu primera conclusión debería ser esta: al menos una de las lentes debe estar catastróficamente mal, por lo tanto, no puedo sacar conclusión alguna sobre la luna a partir de esas observaciones. Así que, antes de hablar de la luna, hay que hablar de las lentes.

En las pasadas elecciones, en el 2023, el candidato presidencial Fernando Villavicencio fue asesinado tras salir de un mitín político. Su viuda, la señora Verónica Saráuz, declara entonces que tras la muerte de su esposo está Rafael Correa. Hace cuatro días, el 8 de abril de 2025, declara que fue engañada por la Fiscal General del Estado, Diana Salazar, para aseverar tal cosa, y que los verdaderos culpables de la muerte de su esposo están siendo encubiertos por la fiscal y el presidente Daniel Noboa. ¿En cuál de sus versiones debemos creer? ¡Incluso una misma lente nos muestra una luna cuadrada un día, y una redonda, al siguiente!

En el 2016, adquirí un departamento en el sector de Quitumbe, al sur de Quito. Antes de decidirme por él, sin embargo, pedí la asesoría profesional de un arquitecto, quien revisó las estructuras, los acabados, etcétera. Tras realizar la inspección, dio el visto bueno, pero desaconsejó la compra: en ese entonces, la Plataforma Gubernamental del Sur, obra del gobierno de Correa, estaba en construcción, como muestro en la siguiente fotografía, que yo mismo tomé:


"Correa no va a poder terminar esa obra me dijo el arquitecto, con toda su buena voluntad–, porque no tiene plata. Así que va a ser una molestia para usted tener siempre esa construcción a medias ahí al frente". Yo le agradecí por su asesoría técnica y procedí con la compra. El tiempo pasó y, al contrario de lo que dijo mi buen arquitecto, la obra se terminó. Como puede verse en la foto a continuación, tomada también por mí mismo:


¿Qué pensaría ahora el arquitecto –me pregunté yo el día que inauguraron la Plataforma–, si viera esta obra así concluida? ¡Porque la realidad concreta de tremenda edificación no puede desconocerse, es algo que está ahí, frente a nuestros ojos, imposible de negar!

Pero entonces sucedió, cuando las obras empezaron a concretarse por montones: surgieron las denuncias de corrupción. Era, en cierto modo, una manera de negar lo innegable, de desconocer la realidad concreta de las obras que veíamos con nuestros propios ojos, sin lentes intermediarias. Obras enormes como el Hospital del IESS Quito Sur, por ejemplo, que cito ahora entre muchas otras porque tiene un significado profundo para mí: allí salvaron la vida de mi madre y de mi hermana durante la pandemia del Covid-19.

Las lentes que nos muestran a un Correa corrupto me resultan poco confiables, además, por un criterio que he escuchado varias veces: "con tal que no regrese la izquierda y el socialismo, todo se vale". En mi adolescencia –habré tenido unos 14 años–, leí El Príncipe, la famosa obra de Nicolás Maquiavelo. En ese entonces, las ideas expuestas en el libro me parecieron muy alejadas del horrible estigma que tiene la palabra "maquiavélico": eran solo consejos prácticos, razonables, lógicos, dados por un estratega brillante a su príncipe. Estaba claro que, si el monarca no seguía esos consejos, no podría mantener su buen gobierno. ¿Por qué, entonces, "maquiavélico" suena a "malvado"?

Muchos años después, y tras un divorcio en el que hice mucho daño a mi propia esposa y, por extensión, a mi hija, he llegado a la profunda convicción –una de las pocas convicciones de mi vida– que el maquiavelismo es, de veras, la fuente de toda maldad humana. El momento en que nos creemos capaces, por nosotros mismos, de decretar que algo es bueno en un sentido absoluto, a tal grado que cualquier acción está justificada en nombre de ese algo "bueno", es cuando se nos vuela la teja. El caso tan mentado de Hitler, que en verdad creía que estaba actuando por un bien mayor al asesinar a tanta gente, debería alertarnos sobre la enorme capacidad humana de creer cualquier pendejada y dar su vida (o cobrar muchas vidas) por ello.

Así que estoy totalmente en contra del "todo se vale". Cualquiera sea el objetivo, sin importar lo loable o necesario que nos parezca, habrá siempre algo mayor: los principios. Y uno de esos principios es –debe ser– la verdad. Si no, corremos el riesgo fácil de volvernos bestias salvajes: así de frágil es la naturaleza humana.

Haciendo un examen de conciencia colectivo, sin embargo, tendríamos que aceptar que, para una sociedad como la ecuatoriana, los principios son poco importantes, relativamente hablando. Por ejemplo: si tu hijo (hermano / padre / madre) choca su carro por manejar borracho y atropella a alguien, y tú conoces la verdad, ¿la dirías en el juicio? ¡Obvio que no! Si lo hicieras, te sentirías insoportablemente culpable, traidor, abominable, no "justo y honesto". Con tal de salvar a ese ser querido, te irías contra tus principios sin mayor problema, porque eres ecuatoriano: afectivo, querendón, sentimental. Para ti, "todo se vale", cuando se trata de salvar o impulsar en la vida a los tuyos. Sin querer y sin darte cuenta, tienes la semilla de la corrupción en tu alma, lista para germinar en el momento mínimamente propicio.

A Rafael Correa lo vi (directamente, sin lente alguna) solamente tres veces: la primera, en el ciclopaseo. En la Amazonas y Jorge Washington, estaba con un niño (imagino que su hijo), comprando algún refresco para hidratarse tras el ejercicio en sus bicicletas. La segunda, en una sabatina que hizo en el barrio de la Magdalena, cuando yo vivía por allá. Juro que no fui por los sánduches; es más, no me consta que hayan sabido repartir sánduches en las sabatinas. Correa no los necesitaba: se había encargado de volverse una especie de popstar, a quien la gente iba a ver por las mismas razones por las que va a ver a un artista o un influencer famoso.
Esto fue más evidente aún, para mí, el día en que lo vi por tercera vez. Fue en la ceremonia de entrega de las becas de la Convocatoria Abierta 2012, en el Teatro Nacional de la Casa de la Cultura. Llegué con mi madre, para toparme a la entrada con el primer recurso emocionalmente impactante: había un cartel enorme, que cubría casi toda la pared del vestíbulo, con el título "Estos son los jóvenes que cambiarán el país". Y abajo, los nombres de los que íbamos a recibir las becas en la ceremonia. Halé a mi mami para buscarme entre la multitud (habíamos muchos, llenando el cartel) y ahí estaba: Holger Ortega, mi nombre, inscrito gloriosamente en la Historia. ¡Al menos así lo sentí! Así que, en un estado casi eufórico, con la moral alta de cualquier persona llamada a cambiar al Ecuador, pasé con mi mami a los graderíos del teatro, a esperar el inicio del acto. El escenario estaba listo, había movimiento del personal de staff todo el tiempo, la música ambiente sonaba en los parlantes. De cuando en cuando, se escuchaba a alguien decir: “¡ya viene Correa!”, pero el rumor se apagaba enseguida y entonces sabíamos que había sido falso, volvíamos a nuestros asientos y seguíamos esperando. Así pasó varias veces, lo cual hizo crecer la expectativa de manera –yo diría– deliberada, hasta que la tensión nos volvió una masa humana expectante, dispuesta, lista. Entonces, y solo entonces, sucedió la entrada verdadera. Sabíamos que era la verdadera porque el rumor esta vez fue intenso, poderoso, incluso con algún grito femenino de –repito– concierto de música pop. Los acordes heróicos de “Patria, tierra sagrada, de honor y de hidalguía…” sonaron a todo volumen y entonces Rafael Correa entró por el corredor central. Pudo haber entrado directo al escenario, desde los camerinos, pero no: todo estaba calculado para provocar el máximo efecto emocional. Él estaba entre nosotros, cerca, la gente lo rodeaba y se tomaba fotos con él, le abrazaba, le agradecía, mientras seguía el himno del gobierno, “mía, como a mi madre, con infinito amor”, inundando el ambiente. Y luego vino el programa, con el inevitable y emotivo discurso del presidente, donde recibí simbólicamente los 70 mil dólares (aprox) que costaron mis estudios de maestría en Londres.

También a esos 70 mil dólares, por supuesto, los vi yo con mis propios ojos, sin lentes intermediarias. Había gente que decía que esas becas las entregaban solo a funcionarios del gobierno, a familiares, por palancas. Juro por Dios que no tenía a nadie en el gobierno, que vengo de una familia humilde, sin contactos, sin influencias. Y me gané esa beca a punta de estudio, rindiendo exámenes de infarto, en un proceso extremadamente profesional y bien organizado. Gracias a ello pude obtener el dinero (no préstamo, sino beca, regalo) para estudiar en una de las mejores universidades del mundo, la University College London. Los conocimientos de Machine Learning que adquirí, y la experiencia toda, en general, me cambiaron la vida. La única manera en que tuve que "devolver" ese beneficio fue trabajando en el país por dos años (ganando un sueldo, obviamente), tras los cuales no me sentí a mano. De hecho, me he sentido siempre en deuda, y eso ha hecho que ponga el alma en mis clases todos estos años, enseñando a mis alumnos, con mi mayor devoción, lo que aprendí en Inglaterra. En pocos meses, además, publicaré mi propio libro de Machine Learning con la Editorial Alpha, de Bogotá. Ese es uno de los mayores logros, aunque intangibles, del gobierno de Rafael Correa: haber fidelizado a gente como yo, que quedó para siempre con el deber que decía el cartel: "cambiar el país".

Son las 2:14 de la madrugada del domingo 13 de abril, día en que se desarrollarán los comicios por la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Yo podría estar durmiendo –de hecho, me muero del cansancio y el frío–, pero estoy aquí, escribiendo. Siento que con esto cancelo una vieja deuda: contar lo que el gobierno de Correa hizo por mí. Es una especie de propaganda por su candidata, Luisa González, sí, a manera de agradecimiento. ¿Se quedaría hasta la madrugada, escribiendo a favor de su candidato, un partidario de Daniel Noboa? Probablemente, no. Especialmente si el móvil de su voto es el odio o el miedo. A mí no me mueve el odio o el miedo. Me mueve uno de los sentimientos más bonitos que puede experimentar el ser humano: la gratitud.

Otro de los aspectos de Rafael Correa que yo he visto por mí mismo, sin intermediarios, es su faceta de scout. Tenía yo 16 años cuando recibí, junto con algunos compañeros de colegio, la invitación a un supuesto "paseo" a la montaña, por parte de un amigo a quien llamábamos "Pibi". Este era un alumno brillante, ganador del concurso de física del colegio Einstein, buen tipo, aunque un poco raro. Dispuestos a un día de relax y juegos, nos chocamos con la sorpresa de que se trataba, en realidad de un campamento scout. Si nunca has estado involcrado con el escultismo, déjame contarte un poco: la vaina fue fundada por un militar inglés, Baden-Powell, quien decidió que sería buena idea que los jóvenes jugaran a ser soldados. Así que formó grupos de chicos a los cuales invitó a vivir los valores y quehaceres de la vida militar. Entre ellos, la disciplina y el respeto a la jerarquía, el cultivo del cuerpo y del espíritu. Esto, que suena bonito en el papel, se traduce, en la práctica, en algunas situaciones de miseria que hacen que uno se arrepienta de haber nacido: por ejemplo, dormir (o tratar de hacerlo) en una carpa, tiritando de frío, para ser levantado por un silbato detestable a las 3 de la madrugada para trotar; o comer de lo preparado por los mismos compañeros, mocosos que (se nota) jamás han cocinado arroz en su vida. Cuando mis compañeros y yo tuvimos que pasar por esto en aquel supuesto paseo, maldijimos al Pibi por su engaño y, como es natural, juramos no volver jamás. Sin embargo, hubo uno que no cumplió su palabra: este humilde servidor. ¿Qué es lo que mueve a un chico en su sano juicio a sufrir hambre, frío y otras miserias, pudiendo estar cómodamente acostado en su cama, frente al televisor? Simple: es algo que se llama mística. Algo muy difícil de explicar, pero que todo el mundo puede experimentar por sí mismo en determinado momento. Yo, que lo estuve experimentando todos los sábados y feriados por unos dos o tres años, puedo especular que alguien con la mística de un scout difícilmente puede dejarse tentar por las banalidades del dinero.

Pero claro, puedo estarme equivocando. En parte, la culpa la tendrían los amigos que piensan lo que he dicho, que "todo se vale": si fueran más respetuosos del principio de la verdad, yo no tendría más remedio que creerles. A ellos les pido, para terminar y ya irme a dormir –por fin–: dejen el maquiavelismo. La idea de que el fin justifica los medios solo puede traer problemas, dolor y confusión; nos rebaja, nos quita la tranquilidad y nos priva de los grandes ideales a los que podemos aspirar los seres humanos.

Comentarios

  1. Siempre es bueno refrescar la memoria, y saber que uno vivió los mejores momentos de su vida sin saberlo, cuando aún era pequeño. Grande Holger 👏🏼...

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